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Un instante para la emoción: cómo es el faro que Julio Verne bautizó como «del Fin del Mundo»

Estremece esta réplica de aquél que en los mares inhóspitos de nuestra Patagonia significaba un luz de guía y esperanza para los marinos pioneros.
Impacta hasta lo más profundo conocer la historia, la intimidad, el valor que tuvo este faro para los navegantes del Fin del Mundo. Fotos de la autora.
En esta nueva edición de El Diario de Vanesa, te invito a visitar el Museo Marítimo de Ushuaia, a internarnos en una geografía de historias donde el tiempo parece detenido entre mares, naufragios y silencios. Allí, casi como una aparición detenida en la memoria, se alza la réplica del Faro San Juan del Salvamento, ese faro que Julio Verne bautizó con la potencia de la imaginación como el “Faro del Fin del Mundo”.
No es una estructura más: es un símbolo. Un eco de otro tiempo. Una promesa de luz en medio de la nada.
La historia de su rescate parece, en sí misma, una travesía. A mediados de 1994, el contralmirante Horacio Fisher decidió devolverle presencia a aquel faro perdido. Convocó entonces a dos guardianes de la memoria: el licenciado Carlos Pedro Vairo, director del Museo Marítimo, y el especialista Oscar Zanola. Entre los tres, en una reunión que parecía más un conjuro que un plan, nació la idea de ir a buscar los restos del faro original, dispersos y olvidados en la Isla de los Estados, para devolverlos a la mirada del mundo en forma de réplica.
Porque el faro verdadero había sido levantado en 1884, en una isla inhóspita, azotada sin descanso por los vientos y las lluvias. Separada de Tierra del Fuego por un estrecho embravecido, aquella porción de tierra era el límite de lo conocido. Más allá, el misterio blanco de la Antártida. Como alguna vez relató Vairo, la isla era el “Cabo Cañaveral de la época”: desde allí partían expediciones hacia lo incierto, y hacia allí arribaban barcos de distintos rincones del mundo, antes de internarse en las aguas del sur.
El faro era, entonces, mucho más que una torre: era la única luz en el vasto Mar Austral. Un punto de orientación para navegantes que se enfrentaban a corrientes traicioneras, rocas ocultas y tormentas capaces de quebrar voluntades. Bajo su guía, muchos lograron abrirse paso hacia el océano Pacífico; otros, sin embargo, sucumbieron ante la furia del mar, obligando a los hombres de la prefectura a arriesgar sus propias vidas en rescates desesperados.
En 1995, el proyecto tomó forma institucional. El Museo Marítimo, el Museo del Fin del Mundo y la Armada Argentina firmaron un convenio para llevar adelante un relevamiento histórico y humano del sitio original. Los trabajos se desplegaron entre el cementerio, el muelle, la subprefectura y el propio faro: huellas dispersas de una vida dura, persistente, casi invisible.
Dos años después, en febrero de 1997, los restos del faro emprendieron su último viaje. Llegaron a Ushuaia a bordo del rompehielos ARA Almirante Irízar, que regresaba de la Antártida y se detuvo en la Isla de los Estados para recogerlos, como quien rescata fragmentos de una leyenda.
La reconstrucción comenzó entonces desde la imaginación y el rigor. Con apenas algunas fotografías antiguas y los relatos del periodista Roberto Payró como guía, el ingeniero Miron Gonik diseñó una maqueta en escala real. Así, pieza a pieza, el faro volvió a levantarse, no solo como estructura, sino como experiencia.
La réplica no se limita a mostrar: evoca. Recrea la vida de los torreros, aquellos seis hombres destinados a habitar la soledad. Meses enteros en una isla cubierta de bruma, de espaldas al mundo, vigilando el horizonte, siendo testigos mudos de naufragios y tempestades. Su existencia era una vigilia constante, una lucha silenciosa contra el aislamiento.
El faro original dejó de brillar en 1902. Su luz se apagó cuando ya no fue necesaria. Pero su historia —como tantas en el sur— se negó a desaparecer.
El 3 de octubre de 1997, la réplica fue finalmente inaugurada. Desde entonces, permanece allí, en el museo, como un faro que ya no guía barcos, pero sí memorias.
Pararse frente a él es sentir algo difícil de nombrar. Es comprender que, en el extremo del mundo, donde todo parece terminar, también comienzan las historias más intensas. Y que esa torre, erguida contra el olvido, sigue siendo —de algún modo— el punto de partida hacia lo desconocido.
Espero que les haya gustado esta nueva edición de El Diario de Vanesa y ¡será hasta la próxima!