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Política

Detrás de Escena: no es solo ropa, es la mujer que vemos cuando nos miramos


Durante mucho tiempo nos hicieron creer que hablar de ropa, de imagen y de cómo nos vemos era algo superficial. Como si preocuparse por la propia imagen fuera incompatible con tener cosas más importantes de las que ocuparse. Pero ¿y si no fuera así?

La ropa está presente en prácticamente todos los momentos de nuestra vida. Nos acompaña a una entrevista de trabajo, a una primera cita, a una reunión importante, a una salida con amigas y también a esos días en los que necesitamos sentirnos un poco mejor con nosotras mismas.

Entonces, ¿Cómo podría ser superficial algo que forma parte de nuestra manera de habitar el mundo? La ropa comunica. Pero, sobre todo, también puede influir en cómo nos sentimos cuando la usamos. Hay prendas que nos hacen caminar diferente, levantar la cabeza, sentirnos cómodas, seguras, poderosas, lindas o, simplemente, más nosotras.

Y esto adquiere todavía más sentido a medida que pasan los años. Porque las mujeres cambiamos. Cambian nuestros cuerpos, nuestras actividades, nuestros vínculos, nuestras prioridades y también la manera en que queremos mostrarnos. Sin embargo, muchas veces nuestro guardarropa queda detenido en el tiempo.

Seguimos guardando prendas que pertenecieron a una versión anterior de nosotras. La mujer que fuimos. La que tenía otro trabajo, otro cuerpo, otras responsabilidades o incluso otros deseos. Por eso, a veces, abrir el placard y pensar “no tengo nada que ponerme” no significa que nos falte ropa.

Puede significar que nos cuesta encontrar en ella a la mujer que somos hoy. Revisar nuestra imagen no debería ser una nueva exigencia. No se trata de perseguir un ideal de belleza, de esconder aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo ni de vestirnos para cumplir con lo que otros esperan.

Se trata de algo mucho más interesante: conocernos. Preguntarnos qué queremos comunicar, qué nos representa, qué nos hace sentir cómodas y seguras. Y permitirnos evolucionar también en nuestra manera de vestir. Nuestra imagen personal no es – o no debería ser- una máscara que usamos para parecernos a alguien más. Es una herramienta para reconocernos.

Quizás por eso la ropa tiene mucho menos de superficial de lo que creemos. Porque no cambia quiénes somos. Pero puede ayudarnos a mirar al espejo y reconocer, finalmente, a la mujer en la que nos hemos convertido.

Y vos, cuando abrís tu placard y te mirás al espejo, ¿sentís que tu imagen refleja a la mujer que sos hoy o todavía estás vistiendo a la mujer que fuiste?

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