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El eclipse | Perfil

El eclipse oscureció buena parte del hemisferio norte y en especial el sur de Europa. En Madrid, casi al final de la tarde, miles de personas nos reunimos para observar el paso de la luna sobre el sol en un balcón natural orientado hacia el oeste, donde está emplazado el templo de Debod. Esta construcción egipcia del siglo II a. C., obra de un rey nubio, acabó aquí como agradecimiento de aquel país por el apoyo español cuando fue salvada de las aguas por la construcción de la represa de Asuán. Un eclipse total es un fenómeno astronómico que cruza toda la línea de la historia y se enraíza en el pasado común de los humanos, quizás, como el hábito primitivo de encender el fuego y asar la carne. Claro que el asado al ser un rito cotidiano pierde peso ante la historia y no compite con la atracción que despierta un satélite pequeñito capaz de cubrir el sol. La liberación de dopamina de la multitud esa tarde fue importante pero también lo fue el vínculo comunitario, sobre todo en tiempos de disrupción. Otra cuestión, más allá de la conciencia, aunque sea por unas horas, de ocupar un lugar en el mapa celeste, ese paso lento de la luna que, poco a poco, cubre la masa fulgente hasta opacarla, ¿no es de algún modo un trailer de nuestra propia peripecia? Con final feliz: así como entra, poco a poco sale y el brillo eterno está ahí otra vez. Un espejismo, desde el punto de vista vital, como lo representa el templo de Debod salvado de las aguas (otro eclipse).
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En estos días, en Madrid, hay una retrospectiva de Carmen Laffón en el Thyssen. Laffón, quien falleció hace unos pocos años, es una de las grandes figuras de la plástica española entre los dos siglos. Adscripta en su juventud a los realistas de Madrid, se acercó al grupo de vanguardia El Paso y se expresó a través de una figuración de la que poco a poco se fue desprendiendo, dejándola evaporar en favor de la luz. En los cuadros tempranos expuestos en la gran exposición del Thyssen, aferrados al realismo, ya se observa un intento de fuga en el uso del color pero, sobre todo, un estudio de las formas de un período, en el que hay, además, una prolífica obra escultórica con la que mira el mundo de Giorgio Morandi, donde aparecen mesas, vasijas y botellas en las que el color se desvanece y despierta un presagio de lo que vendrá. En la década de los años ochenta comienza a pintar una serie de cuadros que se extenderá hasta el final de su vida. Esta larga secuencia se llama El Coto y es un plano fijo que la artista observa desde su casa familiar, en Sanlúcar de Barrameda, frente al estuario del río Guadalquivir. Se trata de formatos grandes, en los que la imagen representa el espacio del cielo y el agua separados por la línea vegetal del Coto. Según pasan los años, el mismo encuadre se repite una y otra vez pero cambia, una y otra vez más, la mirada de Laffón. El color va devorando la figuración y al final, las piezas ya son de un expresionismo extremo, en el que los espacios de color tienen algún eco de Turner pero terminan muy cerca del territorio de Mark Rothko. La traca final, al contrario de Rothko, está dedicada a la cal y a la sal. Tal vez, por ser del sur, donde la blanca luz cenital ilumina pero también enferma, Laffón sale de su eclipse del Coto, abandonado en la oscuridad de los azules, para desarrollar una serie al borde de la abstracción en la que diluye las salinas andaluzas. Rothko fue avanzando en su obra hasta opacar el lienzo. Su último cuadro, Negro sobre gris (Black on Gray), una pintura en la que la masa negra oprime una base lunar gris, fue encontrada junto a su cuerpo sin vida en el estudio: el suicidio, de algún modo, es un fade out trágico. Un eclipse en la dirección contraria de Laffón que eligió huir hacia la luz. * Escritor y periodista.





