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El ex Hotel de los Inmigrantes y una historia entre miles: la del abuelo Alfred

El ahora Museo de la Inmigración es un complejo histórico ubicado en puerto Madero Buenos Aires, donde funcionó entre 1911 y 1953 para alojamiento de miles de inmigrantes que llegaban al país.
Una visita, la recuperación de la historia familiar, la carta manuscrita que nos dejó el abuelo. Una edición muy especial de El Diario de Vanesa. Fotos: autora
Cada vez que pienso en estos encuentros de todos los domingos en El Diario de Vanesa, siento que hay lugares que uno visita y lugares que uno siente. El Museo de la Inmigración, ubicado en el ex Hotel de los Inmigrantes en pleno Puerto Madero, Buenos Aires, es de esos segundos. No es solo un edificio de hormigón armado con más de un siglo de historia: es la puerta de entrada de miles de familias argentinas, la mía incluida.
Qué es el Hotel de los Inmigrantes y por qué visitar el museo
El Hotel de los Inmigrantes funcionó entre 1911 y 1953 como alojamiento transitorio para los recién llegados a nuestro país. Hoy, ese mismo edificio alberga el Museo de la Inmigración, un espacio donde se puede recorrer, palpar y comprender la enorme historia migratoria argentina.
Su construcción comenzó en 1905 y se desarrolló en distintas etapas:
- 1907: se termina el Desembarcadero, con oficinas de Aduana, Prefectura y Dirección Nacional de Higiene, además de comodidades para pasajeros de 1ª, 2ª y 3ª clase.
- 1908: se construye el edificio de Administración y Dirección.
- 1909: se levantan la Enfermería, los Lavaderos y los Baños.
- 1911: se inaugura el edificio principal, con comedor y dormitorios.
El edificio fue uno de los primeros de la ciudad realizado en hormigón armado, y respondía a las normas de higienismo de la época: paredes azulejadas, ventanales amplios para la ventilación, corredores anchos y escaleras de fácil limpieza. Todo pensado para frenar la propagación de enfermedades infecciosas entre los recién llegados.
En la planta baja funcionaban el comedor, la cocina, la panadería y la carnicería. En los tres pisos superiores había dormitorios —cuatro por piso—, con capacidad para 250 personas cada uno.
La vida cotidiana dentro del Hotel de los Inmigrantes
La rutina dentro del Hotel era estricta y organizada. A las seis de la mañana las celadoras despertaban a los huéspedes, y el desayuno se servía por turnos de mil personas a la vez. Mientras las mujeres se ocupaban del lavado de ropa y del cuidado de los niños, los hombres se acercaban a la oficina de trabajo para gestionar su colocación laboral. Todos podían entrar y salir libremente.
Se calcula que, a lo largo de su historia, alrededor de un millón de personas se alojaron en este edificio. En 1990, mediante el Decreto Nº 2402, fue declarado Monumento Histórico Nacional.
En busca de la raíz familiar: la historia de mi abuelo Alfred
Un día decidí ir a este lugar a buscar algún certificado de arribo de mi abuelo, que había llegado desde Polonia. No imaginaba lo que iba a encontrar.
Poco después llegó a mis manos un mapa y unas 23 hojas escritas en polaco por mi propio abuelo, Alfred Mrozowski. Ese hallazgo despertó en mí una curiosidad inmensa. Allí, de su puño y letra, él contaba su viaje. Encontrar esas líneas fue, para mí, oro puro.
Con esas páginas armé esta edición especial de El Diario de Vanesa, como un pequeño homenaje al abuelo Alfred, que se animó a soñar con conocer las Américas con apenas unos 30 dólares en el bolsillo.
Estoy segura de que mi historia familiar se repite, con variantes, en muchísimas familias a lo largo y ancho de la Argentina: la de todos aquellos que alguna vez buscaron un nuevo camino.
La carta del abuelo: de Polonia a la Argentina
Gracias a la traducción del polaco al español, pudimos reconstruir su historia. El abuelo Alfred nació un 25 de mayo de 1909 en CheÅ‚m, una ciudad del voivodato de Lublin, en Polonia, a apenas 25 kilómetros de la frontera con Ucrania.

En su relato cuenta que empezó el colegio a los 9 años y que no faltó ni un solo día a clases. Lo que más le gustaba era dibujar —y no puedo evitar pensar que ese don, de alguna manera, llegó también hasta mí.
Con esos 30 dólares como todo capital, Alfred emprendió el sueño de llegar a la Argentina. Antes de zarpar, pasó unos días en el Hotel de los Inmigrantes de Varsovia, y desde ahí comenzó un recorrido en el que fue conociendo el mundo, siempre con un mismo destino en mente: la Argentina.

A la vez que soñaba con llegar, también soñaba con poder volver algún día a su Polonia natal para contar su aventura. Ya instalado en el país, llegó a ser jefe de taller en Ford, practicaba boxeo, era un gran bailarín y un trabajador estricto. Con el tiempo construyó su propia casa, abrió su taller mecánico y formó su familia.

Aventurero, con miedo pero con mucha ilusión, hizo su maleta y se lanzó a descubrir el mundo, como tantos otros inmigrantes que llegaron a la Argentina buscando una vida mejor en medio de un mundo en guerra.
Por qué el Museo de la Inmigración emociona tanto
Entrar al Museo de la Inmigración es, literalmente, viajar en el tiempo. Es revivir lo que sintieron nuestros antepasados al llegar al puerto, sin nada más que la promesa de un pedazo de tierra si eran agricultores, o de un trabajo si eran obreros o comerciantes.
La llegada e integración de estos inmigrantes dejó una huella profunda en nuestra cultura, nuestra identidad y nuestras costumbres. Visitar el ex Hotel de los Inmigrantes es, de alguna manera, visitar las raíces de buena parte de las familias argentinas.
Sin dudas, visitar el ex Hotel de los Inmigrantes fue una experiencia muy conmovedora para mí. Hubo un momento en el que cerré los ojos y pude imaginarme al abuelo Alfred ahí mismo, recién llegado, con sus 30 dólares y toda una vida por delante.
Espero que les haya gustado esta edición de El Diario de Vanesa y ¡será hasta la próxima!





