{"id":13118,"date":"2026-04-17T21:34:43","date_gmt":"2026-04-18T00:34:43","guid":{"rendered":"https:\/\/noticiasdeangostura.com.ar\/?p=13118"},"modified":"2026-04-17T21:34:43","modified_gmt":"2026-04-18T00:34:43","slug":"una-tarde-con-lluvia-y-sin-celular","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/noticiasdeangostura.com.ar\/?p=13118","title":{"rendered":"Una tarde con lluvia y sin celular"},"content":{"rendered":"<p> <br \/>\n<br \/><\/p>\n<p>\t\t\t\t\t\tHay escenas que pasan\u2026 y otras que, sin ruido, te cambian el rumbo.    A las seis de la tarde, con el cielo deshecho sobre Buenos Aires, todo promet\u00eda lo de siempre: apuro, agua, nadie mirando. Un charco abierto en la vereda. Pero el colectivo no irrumpi\u00f3: se acerc\u00f3. Lento. Preciso. El chofer eligi\u00f3. Se peg\u00f3 al borde con un cuidado raro y, en ese gesto m\u00ednimo, pas\u00f3 algo enorme: alguien pens\u00f3 en otro.    Y entonces apareci\u00f3 eso casi olvidado: no era solo no mojarse, era recordar. La empat\u00eda \u2014gastada de tanto nombrarla\u2014 volvi\u00f3 a pesar. Sin anuncio. Sin premio. Un cent\u00edmetro de cuidado y el cuerpo afloja, la mente baja la guardia. La ciudad deja de empujar\u2026 y sostiene.<\/p>\n<p>        Esto no les gusta a los autoritarios<\/p>\n<p>                El ejercicio del periodismo profesional y cr\u00edtico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los due\u00f1os de la verdad.<\/p>\n<p>    \u00c9ramos pocos. Hab\u00eda espacio, tiempo, silencio. Y en ese permiso, lo m\u00ednimo se volvi\u00f3 visible. Yo miro \u2014no es h\u00e1bito, es pulso\u2014. Y el viaje se volvi\u00f3 un mapa: lo que somos cuando creemos que nadie ve.      \u00c9l, inclinado hacia el agua, la recib\u00eda con una fascinaci\u00f3n \u00edntima, casi infantil. Como si el momento fuera suyo. Como si el resto fu\u00e9ramos fondo. No hab\u00eda maldad, tampoco registro\u00bb      Pero no qued\u00f3 en un gesto. Se encaden\u00f3.    Subieron dos mujeres. Una cerca de los cincuenta; la otra, mayor, con esa dignidad silenciosa de quien viene de la lluvia. Se sentaron frente a m\u00ed. Todo segu\u00eda en calma\u2026 hasta que la m\u00e1s joven subi\u00f3 los pies: zapatillas mojadas, con barro, firmes sobre la baranda.    No fue descuido. Fue elecci\u00f3n.    Y ah\u00ed aparece lo invisible: el circuito de las consecuencias. Esa baranda es un cruce. Por ah\u00ed pasan manos que luego van a la boca, a los ojos, a la cara. Nadie lo piensa. Ni quien apoya, ni quien se agarra. Y en ese cruce mudo, la empat\u00eda no solo se apaga: se propaga el descuido. La escena gira. Lo que era cuidado se vuelve riesgo. Lo que era v\u00ednculo, corte. La empat\u00eda \u2014que crec\u00eda\u2014 se repliega de golpe, como si lo com\u00fan dejara de importar.    Diluvio: \u00bfde d\u00f3nde viene el \u00abolor a tierra mojada\u00bb que anticipa la lluvia?    Porque es as\u00ed de fr\u00e1gil: un gesto la construye\u2026y otro, igual de simple, la ensucia.    El siguiente gesto no fue sucio ni brusco. Fue casi l\u00edrico\u2026 si no hubiera otros. Subi\u00f3 un hombre, treinta y pico, de esos que encajan en cualquier escena. Se sent\u00f3 detr\u00e1s m\u00edo y, sin mirar, abri\u00f3 la ventana. No un poco: toda. Afuera la lluvia insist\u00eda. Primero un hilo, despu\u00e9s gotas que entraban y me tocaban la nuca, finas, constantes. Me di vuelta.    \u00c9l, inclinado hacia el agua, la recib\u00eda con una fascinaci\u00f3n \u00edntima, casi infantil. Como si el momento fuera suyo. Como si el resto fu\u00e9ramos fondo. No hab\u00eda maldad. Pero tampoco registro.       Empat\u00eda&#8230; Un cent\u00edmetro de cuidado y el cuerpo afloja, la mente baja la guardia. La ciudad deja de empujar\u2026 y sostiene\u00bb      Lo que para uno es experiencia, para otro es fr\u00edo, invasi\u00f3n. Y ese c\u00e1lculo no apareci\u00f3. No hubo pausa, ni pregunta. Solo deseo propio en espacio compartido. Y la empat\u00eda falla de otra forma: no por descuido, sino por absorci\u00f3n. Porque a veces no grita.    A veces\u2026 no mira. Y en ese no mirar, la lluvia deja de ser paisaje y se vuelve frontera.    El tercer acto no fue descuido. Fue c\u00e1lculo. Hab\u00edan pasado veinte minutos. El colectivo iba en ese silencio blando de la lluvia. Subi\u00f3 ella: negro sobre negro, unos cincuenta, y una timidez fuera de tiempo. Murmur\u00f3 su destino; el chofer no oy\u00f3. Repiti\u00f3. Pag\u00f3 y se sent\u00f3 de espaldas, ocupando lo m\u00ednimo, como si existir pesara.    Despu\u00e9s subi\u00f3 \u00e9l. Empapado, firme. No pidi\u00f3 lugar: lo tom\u00f3.    \u2014Par\u00e1\u2026 ya vengo- dijo al conductor.    Mir\u00f3\u2026 y eligi\u00f3. A ella.    \u2014Dame tu tarjeta. No tengo plata.    No fue pregunta. Fue orden. Ella dud\u00f3 \u2014ese segundo sin defensa\u2014.    \u2014Dale, d\u00e1mela.    Y cedi\u00f3.    Pag\u00f3 un tramo largo. Volvi\u00f3.    \u2014Gracias, che.    Le devolvi\u00f3 la tarjeta\u2026 y se fue hacia el fondo del colectivo, ya sin mirarla, como si nada quedara pendiente.    Ella no era discreta: estaba desarmada. No tuvo frase, ni excusa, ni tiempo. No pudo negarse. Mir\u00e9: hab\u00eda otros hombres, grandes, firmes. \u00c9l no fue hacia ellos. No fue azar. Fue lectura. Y la escena cambia de idioma: el otro como recurso. La vulnerabilidad como oportunidad.    Ella qued\u00f3 inclinada, la mirada en la cartera, buscando una l\u00f3gica que no iba a aparecer. Nadie dijo nada. Las peque\u00f1as injusticias no hacen ruido: se cierran solas\u2026y dejan eco.    Porque cuando alguien usa a otro as\u00ed, no solo rompe la empat\u00eda: rompe lo com\u00fan.    El cuarto acto lleg\u00f3 sin aviso. Sin ruido.    Nos acerc\u00e1bamos a mi parada \u2014ese lujo m\u00ednimo: bajar en la puerta\u2014. Afuera, la lluvia insist\u00eda; adentro, yo ya confiaba. Pasamos la pen\u00faltima. Me levant\u00e9 antes, a dos cuadras. Me acerqu\u00e9. Y entonces: fren\u00f3. No en la parada. Antes. Me vio\u2026 y asumi\u00f3. Sin timbre. Abri\u00f3 la puerta. Amabilidad.      La ciudad no es gente suelta. Es consecuencias. Y la empat\u00eda no es idea: es pr\u00e1ctica exacta\u00bb      Pero al anticiparse, fall\u00f3. No pregunt\u00f3. No verific\u00f3. Ley\u00f3 sin confirmar. Y yo \u2014en la misma l\u00f3gica\u2014 tampoco correg\u00ed. No dije \u201cme falta\u201d. Baj\u00e9. Porque contradecirlo parec\u00eda romper algo. La puerta se cerr\u00f3. El colectivo sigui\u00f3. Yo qued\u00e9 dos cuadras antes, bajo la lluvia. Me empap\u00e9. Y ah\u00ed encaj\u00f3 todo.    No eran escenas sueltas. Era una secuencia: la empat\u00eda precisa, la que se desborda y falla, la ausencia directa, la distra\u00edda, y la m\u00e1s cruda: cuando no se pide, se exige\u2026 y se elige a qui\u00e9n. Porque no estamos solos. Cada gesto entra en cadena. El pie en la baranda sigue en otras manos. La ventana abierta termina en otro cuerpo. El \u201cdame\u201d decide qui\u00e9n paga. Y la amabilidad sin precisi\u00f3n tambi\u00e9n pesa.    La ciudad no es gente suelta. Es consecuencias. Y la empat\u00eda no es idea: es pr\u00e1ctica exacta.    No saqu\u00e9 el celular. Mir\u00e9. Y cuando uno mira, el tiempo cambia: el viaje se acorta, se vuelve presente.    Casi nunca se ve tanto. Ese d\u00eda hubo espacio. Y el espacio dej\u00f3 ver.    Y, a pesar de todo \u2014la incomodidad, los descuidos, los abusos, incluso los errores bien intencionados\u2014, el viaje fue otra cosa: corto, revelador\u2026y, de un modo raro, maravilloso.  <\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay escenas que pasan\u2026 y otras que, sin ruido, te cambian el rumbo. A las seis de la tarde, con el cielo deshecho sobre Buenos Aires, todo promet\u00eda lo de siempre: apuro, agua, nadie mirando. Un charco abierto en la vereda. Pero el colectivo no irrumpi\u00f3: se acerc\u00f3. Lento. Preciso. El chofer eligi\u00f3. 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