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«La Odisea», el libro de todos los tiempos: por qué es la mejor película de Nolan y en qué cambia el clásico de Homero

Después de “Oppenheimer”, la biopic del inventor de la bomba atómica, cabía preguntarse si Christopher Nolan se tomaría un descanso, si seguiría con algo de baja escala, pequeño, íntimo. Pero el cineasta redobló la apuesta: hizo su versión de “La Odisea”, la obra maestra inadaptable -o eso se creía en Hollywood- del poeta por antonomasia, como Aristóteles definió a Homero.Entonces cabía preguntarse, también, si no terminaría como Ícaro, otro mito griego, que cegado por su ambición y su orgullo, voló tan cerca del sol que se quemó y perdió sus alas. Pero Nolan sale airoso y hace su mejor película, en la que sus vicios y debilidades ceden ante una historia que contiene todos los elementos que conforman la narrativa de Occidente y que por eso sobrevive milenios.
Cíclopes, sirenas, dioses y monstruos. Maldiciones, tempestades y descensos al inframundo. Una estructura con idas y vueltas en el tiempo. Se creía, y no sin razón, que se debía adaptar libremente la historia de Odiseo (o Ulises, como lo tradujeron los romanos al latín. Nolan optó por Odiseo), partiendo del tema central que inventó el término odisea, el viaje largo lleno de aventuras, el interminable retorno al hogar. Ese fue el método de los hermanos Coen en “O Brother, Where Art Thou?” (2000), que apenas tiene elementos de la obra original.
Es cierto: la forma en que Homero compuso su poema favorece el estilo de Nolan, un obsesivo de las estructuras no lineales, de los viajes en el tiempo, de montajes acelerados con muchos cortes rápidos para ganar ritmo. Por la magnitud, era de esperarse una película larga y de gran escala como «Lawrence of Arabia». Por eso sorprendió la confirmación de que “La Odisea” no superaría las tres horas. Esto respondía a una necesidad técnica: la película fue filmada con cámaras IMAX y reproducir una copia en 70 mm en las salas adaptadas a esta tecnología con una duración superior a los 180 minutos hubiese sido prácticamente imposible.
Nolan se enfrentaba al mayor reto de su carrera, adaptando uno de los libros más importantes de la historia en tiempo récord. La producción necesitaba ser tan ambiciosa como la historia: un presupuesto de más de 250 millones de dólares, un elenco repleto de estrellas, miles de extras y filmada en locaciones naturales lo más cercanas posibles al viaje de Odiseo. El rodaje se repartió entre Grecia, Italia, Marruecos, Escocia e Islandia.
Cuando era posible, utilizaron las mismas locaciones que los historiadores vinculan con los episodios de “La Odisea”. Por ejemplo, la Cueva de Polifemo en la que habita el cíclope en el libro fue rodada en la Cueva de Néstor en el peloponeso griego. Cuando no lo era, como en la recreación de Troya, se dirigieron a Aït Benhaddou, un pueblo de aspecto medieval. Para el viaje de la tripulación, filmaron en mar abierto y eso hasta les regaló una sorpresa: en un plano en el que Odiseo mira el horizonte irrumpen tres delfines que saltan entre las olas. No fueron efectos especiales.
Pero para filmar, antes debía hallar la fórmula para afrontar la historia inadaptable. Encontró la solución narrativa, la estructura, en la primera página del canto primero: “Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando por larguísimo tiempo”. Así describe Homero a Odiseo, el héroe griego, el divinal al que todos los dioses compadecían, menos Poseidón.
La versión cinematográfica también inicia con un canto, aunque aquí es un aedo el que narra el ardid del Caballo de Troya a los habitantes de Ítaca en el palacio de Odiseo, frente a Telemaco, su hijo, y a Penélope, su esposa, que llevan 20 años esperando su regreso. ¿Pero dónde estaba ese admirable y condenado héroe?
Ni Nolan ni Homero sostienen el suspenso. El poeta lo aclara en el segundo párrafo: está detenido por Calipso, interpretada en la versión cinematográfica por Charlize Theron; Nolan utiliza esa indicación para estructurar gran parte de su película, que difiere en su esquema narrativo y es mucho más lineal que la coralidad que establece el libro: Odiseo recuerda y le narra a la hija del titán Atlas que lo retenía todo lo que le había sucedido desde la victoria en Troya. Su relato, sin embargo, está limitado a su memoria y se entrecruza con lo que sucede en Ítaca, con el sufrimiento de Telemaco y Penélope.
La extensión de la película, y también los propios intereses del director, justifican en cierta parte que no haya podido abarcar todos los temas que Homero logra profundizar en su obra. El papel de los dioses está restringido, aunque Calipso es el mejor ejemplo de esto. Homero la describe como una ninfa veneranda, divina entre las deidades. Aquí es un personaje asexuado -Nolan nunca fue un director interesado en el sexo. La extraña escena de Oppenheimer con su amante enseña lo ajeno que lo siente. Su Odisea no tiene ni la seducción ni el deseo ni la tentación del libro-, un personaje que es más funcional a la estructura de la película que a su importancia en el relato.
La escena con Calipso. Homero la describe como una ninfa veneranda, divina entre las deidades. Aquí es un personaje asexuado.
Esta fue una de las principales críticas de Emily Wilson, la aclamada traductora de la versión en la que Nolan admitió haberse inspirado para su adaptación. Según ella, reduce a Calipso a un rol terapéutico cuando en el libro de Homero es un personaje más oscuro que ejerce control y poder sobre Odiseo, que no le ofrece loto como en la película sino la inmortalidad y la juventud eterna. La lucha es contra la tentación de abandonar su condición humana. Su negación lo vuelve más heroíco.
Lo mismo considera sobre Circe, la bruja que convierte en cerdos a todos los marineros a cargo de Odiseo, que piensa que está limitada a un rol de cirujana plástica. En la versión de Homero, el héroe se hospeda durante un año en su palacio después de ser inmune a los encantamientos que sus hombres padecieron. En la película esto sucede en una sola tarde. Pero es quizás la mejor escena en la carrera de Nolan, ciertamente la más terrorífica, porque se vale del silencio para generar suspenso. Es, también, el momento de menor ritmo pero de mayor tensión. Los cortes rápidos, el sonido alto y el montaje acelerado que lo caracterizan no hubiesen funcionado con la misma efectividad que la pausa y la ausencia de ruido.
Aunque ese no es el mayor problema para Wilson, que admitió que sentiría vergüenza de haber escrito ese guion: “No creo que sea una película complicada. Y tampoco creo que se trate de un hombre complicado. Pienso que es una película de acción bastante simple, sobre un héroe de acción que se siente mal por ser un héroe de acción”.
Sí, Odiseo siente culpa. Y sí, Nolan, al reducir la intervención divina, lo vuelve más humano. Lo enfatiza cuando su protagonista relata el dolor que le producen las consecuencias del Caballo de Troya que él ideó en una secuencia que recrea la caída, una inclusión que el director refuerza a la trama del libro. Es un aspecto pequeño que une a su personaje con Oppenheimer, porque es un hombre que vio el mundo arder por su culpa, porque es el responsable del fin de una civilización. Eso sí: Odiseo tiene su redención, un aspecto en el que Homero se extiende más que Nolan.
Pero sus flaquezas nunca pesan más que sus aciertos. Por más diferencias estructurales que existan, el regreso de Odiseo a Ítaca mantiene a los espectadores en vilo: se inclinan hacia delante, no suena una respiración en la sala. Nolan no se quema con el sol, lo utiliza como la referencia del horizonte, una imagen que se repite como la tierra prometida que aguarda a su héroe. Después de tres mil años, “La Odisea” demuestra que sobrevive al tiempo no porque puede copiarse, sino porque puede volver a contarse.





