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Los salarios vuelven a perder con la inflación: qué pasa con el dólar



Un informe del Banco de la Provincia de Buenos Aires analiza el tipo de cambio, el IPC y las remuneraciones.

Análisis de la realidad económica y la depreciación de los salarios con respecto a la inflación, realizado por el Centro de Estudios del Banco Provincia de Buenos Aires.

El punto central de la caída de los salarios se da en medio de un proceso inflacionario que, lejos de ceder, volvió a tomar impulso en los últimos meses. En una economía como la argentina —históricamente marcada por alta nominalidad— la desaceleración de precios es clave para recomponer ingresos, pero ese proceso no termina de consolidarse.

Aun con un tipo de cambio que se mueve por debajo de la inflación, la nominalidad no logra anclarse. Por el contrario, la suba de precios pasó de ubicarse en torno al 2% mensual a mediados de 2025 a niveles cercanos al 3% en la actualidad, reflejando una inercia inflacionaria elevada, ajustes de precios relativos aún pendientes y tensiones en costos que se trasladan a los consumidores. En ese contexto, los salarios corren desde atrás y el poder adquisitivo vuelve a deteriorarse.

“El dólar calmo no pudo evitar la aceleración inflacionaria”, advierte un informe del Centro de Estudios del Banco Provincia de Buenos Aires. Tradicionalmente, en la Argentina, un tipo de cambio estable funcionaba como ancla para moderar expectativas y contener precios. Sin embargo, ese mecanismo perdió eficacia en un escenario donde la inflación está más vinculada a factores internos —como la recomposición de márgenes, la actualización de tarifas y la puja distributiva— que al dólar.

Así, la apreciación cambiaria deja de traducirse en alivio para los ingresos: aunque el dólar suba menos que los precios, la inflación se impone y licúa los salarios reales. Esto ocurre, además, en un contexto de actividad económica todavía débil, con consumo interno retraído y negociaciones salariales que no logran seguir el ritmo de los precios.

Paradójicamente, esta combinación genera cierto alivio en el frente externo. A diferencia de otros períodos de atraso cambiario —donde la mejora del salario real impulsaba importaciones y deterioraba la cuenta corriente— el actual esquema contiene esa dinámica por una razón menos virtuosa: la caída del poder de compra.

Las importaciones de bienes cayeron casi 10%, según la serie desestacionalizada del INDEC, y el superávit comercial pasó de la zona de u$s1.000 millones mensuales entre julio y octubre a más de u$s1.500 millones entre octubre y febrero. Sin embargo, esta mejora no responde a un salto de competitividad ni a un mayor dinamismo exportador, sino a una demanda interna deprimida.

En otras palabras, el superávit externo no es reflejo de fortaleza, sino de debilidad: menos consumo, menos inversión y, por lo tanto, menos necesidad de importar.

 

Esto vuelve más frágil el equilibrio macroeconómico. El foco ya no está solo en la cuenta corriente, sino en la cuenta capital. En los próximos doce meses, el sector público enfrenta vencimientos en moneda extranjera por unos u$s17.500 millones, en un contexto donde el acceso al crédito internacional sigue restringido. El riesgo país, aún por encima de los 550 puntos, refleja esa desconfianza, incluso tras cierta mejora en el escenario global.

A esto se suma la debilidad de las reservas del Banco Central, que rondan el 7% del PBI, muy por debajo del promedio regional. Sin financiamiento externo y con un stock limitado de divisas, cualquier tensión cambiaria puede trasladarse rápidamente al mercado, reduciendo los márgenes de maniobra del Gobierno.

El resultado es una “anomalía” poco frecuente en la historia económica reciente: atraso cambiario sin mejora del salario real, inflación persistente y un frente externo sostenido por la recesión más que por la competitividad.

Hacia adelante, la sostenibilidad del esquema dependerá en gran medida de la capacidad de recuperar acceso al financiamiento. De lo contrario, el riesgo es volver a un patrón conocido: una corrección cambiaria que, en un contexto de inflación elevada, vuelva a golpear sobre los salarios reales y profundice la pérdida de poder adquisitivo.