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Marité sobre Marcelo Berbel: “Mi papá nos marcó con un sello de identidad”


Un hombre y un legado que trascienden a Neuquén por la poesía, por la historia y fundamentalmente por generar una obra que identifica a todo un pueblo.

El hombre que trascendió a generaciones con su arte y su forma de mirar el mundo desde lo más profundo del Neuquén. Fotos: redes

En esta edición especial de El Diario de Vanesa vamos a hablar de Marcelo Berbel, que  es hablar del país y de la Patagonia profunda, de las bardas infinitas, de los pehuenes mecidos por el viento y de una manera de sentir a Neuquén que atraviesa generaciones. Y cuando quien toma la palabra es su hija, Marité Berbel, el relato deja de ser solamente memoria para convertirse en emoción pura.

Con la voz cargada de afecto y recuerdos, Marité reconstruyó la figura íntima del creador del himno neuquino y explicó cómo esa identidad que su padre defendió en cada canción fue sembrada primero dentro de su propia familia.

“Yo siempre digo que mi papá tenía escondido un sello y que, a medida que íbamos naciendo los hijos y los nietos, nos lo ponía en la frente diciendo ‘identidad’”, contó entre sonrisas y nostalgia.

Marité junto a su hijo Traful, en el homenaje a su padre, y luego recibiendo a Soledad, en su casa. 

Una forma de mirar el mundo

Para Marcelo Berbel, Neuquén no era solamente un territorio. Era una forma de vivir y de mirar el mundo. Amaba los bosques de pehuenes, los ñires y las lengas, pero también las bardas áridas, los espinillos y las zampas del desierto patagónico. Y ese amor, recordó Marité, se transmitía en los pequeños gestos cotidianos.

“A veces decía de repente: ‘Vamos a tomar mate a la barda’, y allá salíamos todos. Nos enseñó a sentir el paisaje, a quererlo, a reconocerlo como parte de nosotros”, evocó.

Ese sentimiento, explicó, no quedaba reservado al ámbito familiar. Marcelo Berbel hacía lo mismo con amigos, visitantes y con cualquiera que llegara desde lejos: buscaba que entendieran el alma neuquina a través de sus paisajes, su cultura y sus canciones.

Emoción en la Legislatura neuquina, en 2025, al declararse el Día de la Identidad Neuquén en honor a Marcelo Berbel. Foto: archivo

 

Conservar las raíces

Con el paso del tiempo y el crecimiento demográfico de la Patagonia, Marité reconoce que las costumbres se mezclaron y que Neuquén se transformó en una tierra diversa, habitada por personas llegadas desde distintos puntos del país y del mundo. Sin embargo, insiste en que el gran desafío sigue siendo conservar las raíces.

“Nosotros cantamos canciones de otras provincias y está bien, porque respetamos todas las culturas. Pero el asunto es no perder el horizonte de cuáles son nuestras raíces”, reflexionó.

La artista apeló incluso a una escena doméstica para explicar esa idea de identidad viva y cotidiana. Contó que durante un locro familiar decidió agregarle piñones, fruto emblemático del pehuén patagónico.

“Ahí aparece lo nuestro. Podemos incorporar costumbres de todos lados, pero siempre poniendo algo propio, algo de nuestra tierra”, señaló.

Un hombre que trasciende generaciones

La figura de Marcelo Berbel atraviesa hoy una nueva generación. Según Marité, muchos jóvenes comenzaron a descubrir su obra más allá del himno provincial y eso la emociona profundamente.

“Se está haciendo una bola de nieve con la identidad neuquina. Hoy ves chicos cantando canciones de Marcelo Berbel que uno ni imagina que conocen”, expresó.

También recordó cómo las canciones de su padre lograron sobrevivir al paso del tiempo, incluso en épocas donde no existían las redes sociales y la difusión dependía apenas de una radio encendida.

“Hoy cualquiera puede escuchar sus temas en cualquier lugar del mundo y uno ni se entera”, dijo.

Entre los recuerdos más conmovedores apareció una anécdota que terminó convirtiéndose en una lección de vida. Marité contó que una vez interpretó “La Pasto Verde” frente a su padre. Al terminar la canción, nadie mencionó que la obra pertenecía a Marcelo Berbel. Ella se quebró y fue a abrazarlo llorando.

“Le pregunté por qué no habían dicho que era suya. Y él me acarició la cabeza y me dijo: ‘Eso no es lo importante’”.

Con los años, entendió el verdadero significado de aquella frase.

“La canción sobrevivió igual. Marcelo Berbel sobrevivió igual. Lo importante era la obra, no el reconocimiento inmediato”, reflexionó.

Por eso, cuando en Neuquén cada 19 de abril se celebra el Día de la Identidad Neuquina inspirado en el legado del poeta, Marité imagina que su padre probablemente respondería de la misma manera sencilla y profunda.

“Quizá volvería a tocarme la cabeza y me diría que no es importante que sea por él. Lo importante es que exista el Día de la Identidad Neuquina”.

Lo que nos dijo Marité

“Yo siempre digo que, a medida que fuimos naciendo los hijos y los nietos, mi papá tenía escondido un sello y nos lo ponía en la frente diciendo ‘identidad’. Amó tanto a su provincia, a sus parajes y a sus paisajes. Amaba un bosque de pehuenes, de ñires o de lengas, como también las bardas y esos carrizales infinitos que tenemos.

Vivíamos acá en el valle y, de repente, un día decía: ‘Vamos a tomar mate a la barda’, y allá salíamos todos a disfrutar y sentir lo que son esos desiertos, con sus zampas y espinillos. Nos hizo amar todo eso. Y así como lo hacía con nosotros, también lo hacía con sus amigos o con cualquiera que viniera de lejos: les hacía sentir lo que él sentía por Neuquén.

Eso era cotidiano en él. No era algo impuesto, sino algo profundamente sentido. Y es lo mismo que nos pasa hoy a nosotros. Tenemos el mismo orgullo y las mismas ganas de que todo el mundo sienta lo que nosotros sentimos por Neuquén. Eso nos lo enseñó mi papá.

Respecto a la obra de Marcelo Berbel, creo que hoy, especialmente entre los jóvenes, lo que más trasciende es el himno. Eso se percibe en cada lugar. Pero también siento que, con esto de la identidad neuquina, se está generando una bola de nieve que crece cada vez más y hace que la obra de Marcelo Berbel sea cada vez más conocida. Hoy vemos a muchos jóvenes interpretar canciones suyas que uno ni imagina que conocen.

Neuquén ha crecido muchísimo. Creo que en toda la Patagonia pasó algo parecido: siempre hubo más gente llegada de afuera que nacida acá. Pero hoy ya hay muchos hijos y nietos de esas familias nacidos en esta tierra. Y toda esa gente que vino de otras provincias o países llegó con sus costumbres, sus comidas, sus modos de vivir. Nosotros aprendimos a convivir con eso y a disfrutarlo.

Lo que siempre sentimos —y mamamos en casa— es que el desafío está en no perder nuestras raíces. Nosotros cantamos ‘Lunita Tucumana’, ‘Puente Carretero’, ‘Kilómetro 11’ o ‘Calle Angosta’, y está bien hacerlo porque respetamos todas las culturas. Pero el asunto es no perder de vista cuáles son nuestras propias raíces.

Esa es la manera en que preservamos nuestra identidad: recibiendo lo que viene de otros lugares, pero también haciendo sentir lo que somos nosotros. Ayer, por ejemplo, hice un locro por el Día del Trabajador y le puse piñones. Entonces ahí aparece lo nuestro, lo neuquino. Creo que en lo cotidiano pasa por ahí: podemos comer comidas de cualquier parte del mundo, pero también tenemos que ponerle algo propio, algo de nuestra tierra.

Imaginate que muchos de estos temas fueron escritos en una época en la que no existían las redes sociales. Uno prendía la radio y escuchar una canción de esas era algo tremendo. Hoy cualquiera puede escucharlas, cantarlas y repetirlas hasta en Alemania sin que uno siquiera se entere.

Siempre fue un honor escuchar las canciones de mi viejo interpretadas por otros artistas. En el caso de la canción con Mutu y Soledad, la música es mía, así que el orgullo es todavía mayor. Pero, en realidad, siempre sentí las canciones de mi papá como propias porque elegí cantar aquellas cosas que también expresan lo que yo siento.

No sé qué le diría hoy a mi papá. No me hagas emocionar. Él tenía una especie de dicotomía porque decía que no le gustaban los homenajes. Pero yo siempre sostengo que un artista que muestra su obra, sea cantando, pintando, escribiendo o haciendo música, en el fondo espera una aprobación. Si uno muestra algo es porque cree que tiene valor. Y eso no tiene que ver con la soberbia, sino con la convicción.

Recuerdo una vez que interpreté ‘La Pasto Verde’ y mi papá estaba entre el público. Terminó la canción y nadie mencionó que era de él. Yo me puse a llorar, lo abracé y le pregunté por qué no habían dicho que era suya. Y él me dio una gran lección. Me acarició la cabeza y me dijo: ‘Eso no es lo importante’.

En ese momento quizá no lo entendí, pero hoy sí lo comprendo profundamente. Porque ‘La Pasto Verde’ y Marcelo Berbel sobrevivieron mucho más allá de aquella omisión. Lo importante no era que lo nombraran en ese instante.

Entonces, con esa contradicción que él tenía respecto de los homenajes, quizá hoy, si yo volviera a ser niña, volvería a tocarme la cabeza y a decirme que no es importante que el Día de la Identidad Neuquina lleve su nombre. Lo importante es que exista el Día de la Identidad Neuquina”.