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El peligro de tratar a los perros como humanos: la emotiva reflexión de un especialista



El instructor canino profesional Raúl Serrano abre la puerta a uno de los mundos más enigmáticos y fascinantes: el lenguaje oculto de los perros.

Una serie de reflexiones profundas e impactantes sobre los perros nos dejó Raúl Serrano en esta entrevista. Fotos: Instagram

El miedo también ladra. A veces se esconde detrás de un gruñido, de unos pelos erizados o de una mirada fija que parece amenazante. Pero, según el instructor canino profesional Raúl Serrano, detrás de muchas de esas conductas no hay agresividad, sino inseguridad, trauma y una profunda incomprensión por parte de los humanos sobre la verdadera naturaleza de los perros.

Con años de experiencia en comportamiento canino, entrenamiento y modificación de conductas adquiridas, en esta edición de El Diario de Vanesa, dialogamos con este especialista que traza una mirada tan técnica como emocional sobre el vínculo entre las personas y sus mascotas. Una relación que, asegura, muchas veces está atravesada por la humanización excesiva y el desconocimiento.

“El perro no vive del pasado ni proyecta el futuro como nosotros. Vive en el presente, pero guarda experiencias en su memoria emotiva”, explicó al describir cómo los animales pueden reaccionar ante situaciones traumáticas, como haber sufrido golpes o incluso un atropello.

Para Serrano, aprender a leer el lenguaje corporal es fundamental. Orejas bajas, cola escondida entre las patas, evasión de la mirada, posturas encogidas o incluso orinarse por miedo son señales claras de inseguridad. Sin embargo, muchas personas interpretan erróneamente esas conductas como agresividad.

“La gente cree que un perro es bravo porque eriza los pelos del lomo, pero muchas veces está muerto de miedo y trata de parecer más grande frente a una amenaza”, sostuvo.

En ese sentido, diferenció a los perros nerviosos de aquellos de “alto temperamento”, animales más seguros de sí mismos y potencialmente más peligrosos porque no necesitan sobreactuar. “El perro realmente seguro puede quedarse quieto, mirarte fijo y gruñir bajito. Ese es el que probablemente muerda sin dudar”, advirtió.

El error de criar perros como bebés humanos

Uno de los puntos centrales de su reflexión gira alrededor de la crianza de los cachorros. Serrano cuestionó la tendencia cada vez más extendida de tratar a los perros como si fueran bebés humanos.

“Muchos dueños hacen absolutamente todo por el cachorro y terminan generando perros inseguros”, afirmó. Según explicó, los perros son animales de manada y necesitan aprender jerarquías, límites y resolución de conflictos desde temprana edad.

Por eso considera un error intervenir constantemente cuando un cachorro interactúa con perros adultos o levantarlo permanentemente en brazos. “Eso responde más a una necesidad emocional del humano que del perro”, remarcó.

Con una mirada casi filosófica sobre el comportamiento animal, Serrano recordó que ninguna perra alza a sus cachorros para alimentarlos. “Se recuesta y ellos resuelven solos. Desde los primeros días aprenden a orientarse por instinto”, explicó.

“No existen perros malos”

A lo largo de sus declaraciones, Serrano insiste en desmontar mitos profundamente instalados en la sociedad. Uno de ellos es la idea del “perro malo” o vengativo.

“El perro no rompe cosas para hacerte daño ni porque te tenga bronca. Rompe porque es perro”, resumió.

En ese punto, cuestionó la costumbre de retar a los animales tiempo después de haber destruido algún objeto. Según explicó, el perro no entiende el concepto humano de culpa. Lo que sí aprende es a asociar ciertos tonos de voz o posturas corporales con experiencias negativas.

“La gente vuelve a la casa, ve una zapatilla rota y pregunta ‘¿Quién hizo esto?’. El perro se esconde y creen que sabe lo que hizo. En realidad, evade porque recuerda emocionalmente que alguna vez lo castigaron en una situación similar”, detalló.

El límite entre el amor y la humanización

Con crudeza y honestidad, Serrano planteó uno de los debates más incómodos para muchos amantes de los animales: la diferencia entre amar a un perro y humanizarlo.

“El perro no entiende el amor humano como nosotros. Es un canino, no una persona”, afirmó.

Lejos de restarle valor al vínculo afectivo, el instructor considera que el verdadero respeto hacia el animal comienza cuando se comprende su naturaleza y se dejan de proyectar emociones humanas sobre él.

“Humanizar al perro muchas veces termina perjudicándolo”, insistió.

Como ejemplo, relató el caso de un Jack Russell Terrier que mordió once veces al integrante de la familia que más lo consentía. Dormía en la cama, recibía todos los permisos y había desarrollado conductas posesivas. En cambio, respetaba al miembro de la familia que le ponía límites claros.

“Muchas veces pasa exactamente lo contrario de lo que la gente cree”, reflexionó.

Un universo fascinante

Lejos de limitarse al adiestramiento tradicional, Serrano describió el mundo del comportamiento canino como un universo complejo, profundo y fascinante. Habló de perros de asistencia, terapia, búsqueda, rescate y protección, y destacó la importancia de seleccionar cuidadosamente a los animales según su temperamento y función.

“No todos los cachorros de una camada sirven para lo mismo”, explicó, al remarcar que incluso en razas reconocidas por su capacidad de trabajo solo algunos ejemplares reúnen las condiciones necesarias para determinadas tareas.

Con la serenidad de quien pasó años observando perros y personas, Serrano dejó una reflexión final que atraviesa todo su discurso: comprender verdaderamente a un perro implica aceptar que no es humano.

Y quizás allí, justamente allí, comienza el vínculo más sincero posible entre ambas especies.

A Raúl Serrano se lo puede seguir en: https://www.instagram.com/raul9969/

Espero que les haya gustado esta entrevista y ¡será hasta la próxima!

Las profundas reflexiones de Raúl Serrano

Aquí les comparto las profundas reflexiones que realizó Raúl Serrano en nuestro diálogo: 

El lenguaje corporal en los perros es algo primordial. Es fundamental aprender a leerlo para saber diferenciar distintas emociones y estados. Por ejemplo, cuando un perro tiene miedo, inseguridad o inestabilidad, suele manifestarlo claramente a través de su lenguaje corporal: baja las orejas, agacha el cuerpo, mete la cola entre las patas traseras o se tira de costado encogiendo las patas delanteras y traseras. A veces también puede estirar las patas traseras, evitar la mirada e incluso, en casos muy marcados, orinarse o defecarse debido a lo que está sintiendo en ese momento.

Eso también puede tener un componente genético, aunque son mínimos los casos. Generalmente son conductas adquiridas por maltrato, golpes o experiencias traumáticas. Y no solamente por parte de humanos: el perro pudo haber sido atropellado por un auto, por ejemplo, y cada vez que escucha o se acerca un vehículo desde determinado ángulo revive, desde su memoria emotiva, aquella experiencia traumática. Estoy dando solo un ejemplo entre muchos posibles.

Los perros no recuerdan el pasado ni proyectan el futuro como nosotros; viven en el presente. Pero sí almacenan experiencias en su memoria emotiva, aunque de una manera distinta a la humana, porque somos especies totalmente diferentes.

En líneas generales, el lenguaje corporal del miedo incluye encoger las patas, bajar las orejas, evitar la mirada y esconder la cola entre las patas. En situaciones extremas también pueden orinarse o defecarse, sobre todo si la agresión o el trauma que recibieron fue muy fuerte.

En cuanto a la agresividad, en realidad no existen perros agresivos como tal, sino perros de alto temperamento. Muchas veces la gente cree que un perro “bravo” es aquel que eriza los pelos del lomo. Sin embargo, eso suele ser una señal de temor o inseguridad. El perro está manifestando miedo, aunque ladre de forma nerviosa y aguda, diferente al ladrido de un perro seguro de sí mismo.

 La gente suele pensar que ese perro es peligroso porque tiene los pelos erizados, pero en realidad intenta parecer más grande frente a una posible amenaza. Es parecido a lo que hace un felino cuando arquea el lomo y adopta una postura amenazante. Muchas veces es más temor que otra cosa.

Por otro lado, los perros de alto temperamento suelen ser más seguros. No necesitan erizar el lomo; pueden erguir las orejas, fruncir el ceño y mantener una postura firme y tranquila. Por ejemplo, si tengo que entrar a una casa y hay un perro con los pelos erizados, ladrando nerviosamente y aparentando agresividad, probablemente pueda entrar tomando ciertos recaudos: no darle la espalda, mantenerme tranquilo y evitar sostenerle la mirada.

En cambio, si me encuentro con un perro que no ladra sino que gruñe, me mira fijamente, mantiene la cola elevada y una postura tranquila pero tensa, ahí sí le pediría al dueño que lo sujete con una correa. Ese es un perro seguro y probablemente muerda sin dudarlo.

Con el primer caso, el perro nervioso, también hay que saber cómo actuar. Se necesitan años de experiencia y práctica para poder manejar esas situaciones correctamente y evitar accidentes graves.

Errores más comunes con los cachorros

Uno de los errores más comunes que cometen los tutores o dueños con los cachorros es darles prioridad en todo y hacer absolutamente todo por ellos. Eso suele generar perros inseguros. Muchas personas tratan a los cachorros como si fueran bebés humanos, cuando en realidad somos especies completamente distintas: ellos son caninos y nosotros humanos.

Por eso, muchas veces el enfoque debería ser el contrario. Hay que permitir que el cachorro resuelva situaciones por sí mismo y aprenda. Si convive con otros perros adultos, es importante dejar que interactúe con ellos. Aunque los adultos le marquen límites o jerarquías, rara vez atacarán seriamente a un cachorro, porque no lo ven como una amenaza territorial.

Los perros son animales de manada y se rigen por jerarquías. Los adultos le enseñan al cachorro cuál es su lugar dentro del grupo. Sin embargo, muchas personas, por desconocimiento, interfieren constantemente y terminan generando inseguridad.

Otro error frecuente es alzar permanentemente al cachorro en brazos. Eso responde más a una necesidad humana que a una necesidad del perro. Nosotros asociamos el abrazo con contención y afecto porque así funciona nuestra especie. Pero ninguna perra levanta a sus cachorros para amamantarlos: se recuesta y los cachorros resuelven solos cómo alimentarse desde sus primeros días de vida.

Hasta los 10 o 15 días los cachorros no escuchan ni abren los ojos, pero sí tienen olfato y se orientan por instinto. La naturaleza es tan sabia que encuentran por sí mismos cómo alimentarse y moverse en grupo.

 Entrenamiento y sesiones de trabajo

Durante las sesiones de entrenamiento es fundamental entender que no importa tanto la cantidad de tiempo, sino la calidad del tiempo que se le dedica al perro. Todos son distintos, incluso dentro de una misma camada.

Siempre habrá cachorros más dominantes y otros más sumisos. El dominante suele ser el que primero accede a las mejores tetas al mamar y luego, al comenzar el destete, intenta imponerse sobre sus hermanos. Mucha gente interpreta eso como “angurria”, cuando en realidad es una manifestación de dominancia.

Por eso, las sesiones de entrenamiento deben ser segmentadas. Algunos perros pueden concentrarse diez minutos, otros veinte. Hay que dejarlos descansar y luego retomar el trabajo para evaluar qué procesaron.

La experiencia también enseña a detectar cuándo un perro empieza a frustrarse. Muchas veces esa frustración no debe compararse con el estrés humano, sino con un bloqueo momentáneo del animal. En esos casos, lo mejor es cambiar de actividad, hacerlo jugar o relajarse y luego volver al ejercicio.

El objetivo es evitar llegar al límite de frustración. El mejor mensaje es aprender a detectar ese momento antes de que ocurra. Así el vínculo entre humano y perro se fortalece y el aprendizaje resulta más agradable.

Refuerzos positivos y negativos

Los métodos en positivo son fundamentales porque resultan agradables para el perro. Sin embargo, también deben existir límites claros y correctivos adecuados.

Por ejemplo, si durante un paseo el perro intenta abalanzarse sobre otra persona o sobre otro perro, puede aplicarse un correctivo con la correa. Pero en cuanto el perro deja de reaccionar y se calma, debe recibir inmediatamente un refuerzo positivo, ya sea una caricia, alimento o felicitación.

No se puede enseñar absolutamente todo únicamente en positivo. El perro también debe comprender qué conductas no son aceptables.

En el trabajo comportamental ocurre algo diferente: muchas veces no se premia, porque el objetivo es modificar conductas adquiridas. En esos casos, el mayor trabajo suele hacerse con los propietarios y no solamente con el perro.

Muchas conductas problemáticas aparecen porque el dueño, sin darse cuenta, permitió que el perro ganara espacios constantemente. Y cuando un perro dominante gana demasiado terreno, puede terminar mordiendo incluso a quienes más cariño le dieron.

Ahí aparece una frase muy común: “¿Por qué me mordió si siempre le di amor?”. El problema es que el perro no entiende el amor humano como nosotros lo entendemos. Es un canino, no una persona.

Muchas veces las personas humanizan al perro y proyectan emociones humanas sobre él. Pero el perro funciona desde otra lógica, completamente distinta.

Razas y capacidades

En cuanto a las razas, generalmente las más fáciles de trabajar son las creadas históricamente para una función específica: pastoreo, guardia, búsqueda o trabajo de campo. Razas como el ovejero alemán, el pastor belga malinois, el border collie o el rottweiler suelen tener grandes capacidades de aprendizaje.

También existen perros mestizos con excelentes aptitudes. He trabajado con muchos que superaron incluso a perros de raza destinados al trabajo.

No todos los cachorros de una camada sirven para las mismas tareas. Por ejemplo, de diez labradores quizás solo uno o dos tengan las condiciones ideales para trabajar como perros de asistencia o terapia. Lo mismo sucede con perros de protección o seguridad: hay que saber seleccionar correctamente el cachorro.

Hay razas que fueron creadas específicamente para determinadas funciones. El dóberman, por ejemplo, fue desarrollado originalmente como perro de guardia y seguridad. El rottweiler, en cambio, surgió como perro de trabajo para arrear ganado.

En definitiva, las capacidades del perro dependen tanto de la genética como de la crianza y del manejo que reciba dentro del hogar.

Conductas destructivas y malos hábitos

Muchas personas consideran que su perro es “destructivo” porque rompe objetos en la casa. Sin embargo, para un perro es normal morder y explorar objetos, especialmente cuando pasa muchas horas solo o vive en espacios reducidos.

Un cachorro rompe plantas, flores, muebles o zapatillas porque está explorando el mundo. No lo hace por maldad ni por venganza. El problema aparece cuando las personas interpretan esas conductas desde una lógica humana.

El perro no entiende el valor económico o sentimental de una zapatilla o de un mueble. Si rompió algo, generalmente fue porque el objeto estaba a su alcance.

Muchas veces la gente reta al perro tiempo después de que rompió algo, mostrándole el objeto destruido. Pero el perro no razona de esa manera. Lo que ocurre es que, si anteriormente fue castigado en una situación similar, asocia el tono de voz, la postura corporal o el enojo humano con una experiencia negativa y entra en evasión.

Por eso, cuando alguien vuelve a casa y pregunta “¿Quién hizo esto?”, el perro puede esconderse o huir. No porque entienda exactamente lo que hizo, sino porque recuerda emocionalmente una situación desagradable previa.

Perros de asistencia y terapia

 Los perros de asistencia, terapia o acompañamiento deben ser cuidadosamente seleccionados desde cachorros. No todos los perros de una camada sirven para ese tipo de trabajo.

Es necesario evaluar temperamento, estabilidad, tolerancia y capacidad de adaptación. Por eso existen especialistas dedicados exclusivamente a seleccionar y entrenar perros para funciones específicas.

Lo mismo ocurre con los perros lazarillo. Son trabajos altamente especializados y requieren años de formación.

En muchos casos también es necesario trabajar con el grupo terapéutico o con la familia de la persona que recibirá el perro, porque el vínculo y el entorno son fundamentales.

Educación del propietario

No existe una edad límite para que un perro aprenda, salvo que tenga problemas neurológicos o de salud asociados a la vejez. Sin embargo, cuanto antes se trabaje correctamente, mejores serán los resultados.

El verdadero trabajo no consiste solamente en entrenar al perro, sino en enseñarles a sus propietarios cómo relacionarse con él. Muchas veces el perro aprende rápido, pero el humano tiene más dificultades para cambiar hábitos o límites que le resultan cómodos.

Hay personas que consideran indispensable dormir con el perro, abrazarlo constantemente o permitirle hacer cualquier cosa porque interpretan eso como amor. Pero muchas veces esos comportamientos terminan generando conflictos.

Recuerdo el caso de un Jack Russell Terrier cuyo dueño fue mordido once veces. El perro dormía en la cama con ellos y había desarrollado conductas posesivas. Curiosamente, mordía al integrante de la familia que más lo consentía y respetaba más al que le ponía límites claros.

Eso demuestra que muchas veces ocurre exactamente lo contrario de lo que la gente imagina.

Reflexión final

El mundo del comportamiento y entrenamiento canino es amplísimo y fascinante. No se trata solamente de enseñar ejercicios o trucos, sino de comprender verdaderamente la naturaleza del perro como especie distinta a la humana.

Cuanto más aprendamos sobre lenguaje corporal, jerarquías, límites y necesidades reales del perro, mejor será el vínculo que construiremos con ellos.

Humanizar al perro muchas veces termina perjudicándolo. Comprenderlo como perro, respetando su naturaleza, es la mejor forma de convivir sanamente con él.