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Antes de Los Redondos, la Patagonia: la conexión familiar del Indio Solari con Río Negro que pocos conocen
Antes de los recitales multitudinarios y del culto que lo convirtió en figura legendaria del rock argentino, Carlos «Indio» Solari tenía una historia familiar que lo unía a la Patagonia de manera concreta.El propio Solari también dejó su propia huella en esa tierra. Foto: archivo.
La muerte del Indio Solari este jueves sacudió a la Argentina entera, pero en la Patagonia el dolor tiene una dimensión particular. Porque antes del líder de Los Redonditos de Ricota, antes de las letras que marcaron generaciones, hay una historia familiar que une al artista con esta región de una manera que él mismo eligió contar.En su libro «Recuerdos que mienten un poco», el Indio reconstruyó la vida de su madre, Celina Estelita, apodada Chicha, una mujer de raíces vascas y francesas que creció en Río Colorado, en el norte de Río Negro. Su abuelo materno, Santiago Choy, era hijo de inmigrantes: los bisabuelos del Indio, Marianne y Pierre au Lemoine, venían de los Bajos Pirineos, en la frontera vasco-francesa, y habían echado raíces en esa localidad patagónica.Una infancia de frontera en Río ColoradoLa madre del Indio quedó siendo muy pequeña al cuidado de sus padrinos en Río Colorado, después de que su padre enviudara sin familia en Argentina. El mundo que Chicha describió en el libro era el de un pueblo chico y duro: iluminación de gas de carburo, galletitas en lata usadas como inodoros durante las crecidas, y sábados en que los vecinos se robaban las gallinas entre sí por simple diversión. «Como Davy Crockett: vida de frontera», resumió el propio Indio.Una de las historias más vívidas que recogió fue la de una gran crecida del río: «Llegó papá a caballo y le dijo a mi padrino: Mirá, Graciano, que viene un agua muy grande». La familia alcanzó a llegar a la estación de tren rumbo a Bahía Blanca, pero las aguas les cortaron el camino. Vivieron un mes y medio arriba de los vagones, viendo caballos nadar y animales flotando sobre fardos de pasto. «Estuvimos dos días sin comer, hasta que cazaron un cerdo nadador», recordó Chicha.El pueblo también tenía su cuota de violencia de frontera: crímenes pasionales, una estatua de la Virgen destrozada, amantes y veinte puñaladas que los chicos del colegio intentaban ver en el velorio. Y entre tanta aspereza, el talento artístico de Chicha asomaba con naturalidad: un día se disfrazó con mosquiteros y cantó El relicario, y cuando terminó descubrió que artistas de una compañía de paso la habían estado espiando y aplaudían desde atrás.El Indio en la Patagonia: «Llegué en pedo»El propio Solari también dejó su propia huella en esa tierra, aunque de una manera que solo él podía contar con esa honestidad descarnada. Cuando murió el abuelo postizo de su madre, viajó a Río Colorado siendo adolescente, de 16 o 17 años. El trayecto duraba entre 18 y 20 horas, y el Indio descubrió el bar del tren. «Llegué en pedo», reconoció sin ambages en el libro. Cuando llegaron, los recibieron calurosamente, como si nunca se hubieran ido. «Mamá pidiendo disculpas. Es un viaje largo, sí, entendemos… Todo el mundo a favor. No recuerdo gran cosa. Debo haber seguido en pedo todo el tiempo».


