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Con Malvinas no se juega

Hoy, todo en la Argentina gira alrededor de la Copa Mundial de fútbol que se define en el Met Life Stadium de New Jersey. Si algún acontecimiento terminó de evidenciar en forma contundente la conexidad del fútbol con la política, ha sido el torneo que hoy termina. La imagen del presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) entregándole un premio de la paz a Donald Trump gráfica en forma indubitable la existencia de esos vasos comunicantes. El poder de la FIFA es impactante. Traigo al recuerdo una anécdota inolvidable para ilustración. Estaba terminando la Copa del Mundo de 1978 y en un pasillo del estadio de River entrevisté a Joao Havelange, a la sazón presidente de la FIFA. En aquellos días había toda una discusión política en Brasil acerca de la posibilidad de que el gobierno militar de entonces pusiera al frente de la presidencia de la república a un civil, en un intento de ablandar un poco su mala imagen interna y externa. El nombre que con más fuerza había surgido en esos días de los mentideros políticos, era el de Havelange. Por lo tanto, una de mis preguntas fue si, de existir esa propuesta, él la aceptaría. Su respuesta –textual– no la olvidaré jamás. “Meu filho –me dijo en tono paternal–, jamás aceptaría esa propuesta. Siendo presidente de la FIFA tengo acceso a los despachos de todos los gobiernos del mundo. Hablo y me entrevisto con presidentes, primeros ministros, reyes, príncipes, los más empinados representantes de la banca internacional, además de la elite deportiva del orbe. Quién, en su sano juicio, querría dejar de ocupar este sillón para ser presidente de un gobierno militar al que se le cierran la mayoría de todas estas puertas que a mi se me abren?” Esta introducción es importante para poner en contexto todo lo que sucedió antes, durante y después del emocionante partido que la Argentina le ganó a Inglaterra el miércoles pasado. Como ocurrió en 1986, en 1998 y en 2002, la disputa por las Islas Malvinas se instaló como un asunto ineludible en nuestro país. En Inglaterra el volumen del tema es mucho menor y, especialmente, para quienes nacieron del 90 para acá.
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Para la Argentina, aquella guerra sigue representando un asunto absolutamente traumático, no sólo por lo que pasó en los aspectos bélicos del conflicto, sino también por lo que pasó después con el olvido y el maltrato a los excombatientes, y también por el uso que –hasta hoy– la dirigencia política sigue haciendo de la causa Malvinas en pos de sus propios intereses. Esto último, es decir, el uso político de las Malvinas estuvo en el origen de aquella contienda trágica. La Junta Militar de entonces, integrada por el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, el almirante Issac Anaya y el brigadier general Ignacio Lami Dozo –infamantes personajes todos– vio en la recuperación de las islas Malvinas una posibilidad –la única– de prorrogar la duración de aquella agonizante dictadura cruel y, así, de asegurar su permanencia en el poder por años. El desprecio por la vida de nuestros soldados lo hizo explícito el mismo Galtieri en una entrevista a la televisión de México: “Tengo sobre mis espaldas la sangre derramada de más de 400 muertos. El pueblo argentino –no yo– estoy seguro de que está dispuesto no a 400 sino a 4.000, 40.000 o más muertos”, dijo sin inmutarse. En una de las tantas paradojas crueles de la historia, aquella derrota –que dejó un saldo de 649 argentinos muertos, 255 ingleses y tres isleños– llevó a la dictadura a su fin y abrió el camino a la democracia. Han pasado 44 años de aquella guerra y a lo largo de los 43 años transcurridos desde la reiniciación de la democracia, la clase política no tenido la capacidad ni la voluntad de elaborar una estrategia común para acometer la enorme y dificilísima tarea de llevar adelante negociaciones con el Reino Unido basadas en fundamentos sólidos y sostenidos. En todo este tiempo, lamentablemente, la causa de las Malvinas se transformó en una causa electoral de la que cada sector quiere sacar rédito. Esto se vio confirmado –una vez más– con el partido del miércoles pasado. La Cámpora, dirigentes del radicalismo, del peronismo y hasta la mismísima vicepresidenta, aprovecharon la oportunidad para hacer gala de una demagogia barata sin destino. En aquellos días de fines de junio de 1982 me tocó atender a soldados héroes recién llegados del campo de batalla. Escuché sus relatos que hablaban de la precariedad con la que debieron combatir, de la falta de pertrechos, de calzado adecuado, de comida y el maltrato al que varios de sus jefes los habían sometido. También recibí sus relatos en primera persona de la forma ignominiosa en la que llegaron a Buenos Aires, en el medio de la noche y su obscuridad, siendo ocultados como si, en lugar de héroes, se tratase de delincuentes. Estuve en Malvinas en abril de 2012. Conduje el primer programa de radio desde Puerto Argentino. Fue por Radio Mitre. Me acompañaron Guido Baistrocchi y Guido Valeri en la producción y Adrián Ajón en la operación técnica. Estuve frente a las tumbas de nuestros caídos. El sentimiento de argentinidad emana ahí como un sentimiento potente y estremecedor. Ese sentimiento es el que compartieron los jugadores al mostrar la bandera con la leyenda “Las Islas Malvinas son argentinas”. Es un sentimiento absolutamente genuino que compartimos todos. Pero está claro que no es ganando un partido de fútbol contra Inglaterra que las islas volverán a ser parte de la Argentina. Esa es la tarea de las dirigencias políticas que tienen una gigantesca deuda con aquellos soldados muertos que dieron sus vidas por la patria y por los que sobrevivieron, todos héroes.