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Destinos del archivo | Perfil

El titulo de este comentario sobre el libro Lo que traemos del olvido, de Sergio Wolf, lo impone su lectura, porque la comparación con el destino es pertinente, dado que habitualmente se lo sitúa en el futuro, cuando en realidad está antes. Es imposible saltear el libro de J. Derrida Mal de archivo. Casi, exagerando, es la invención de un género que sería un arte de la memoria, y Funes el memorioso su archivo viviente. Wolf, en su argumentación, parte de la etimología. Sí, quizás, el primer archivo sea la lengua. Cito el libro: “Ese comienzo etimológico lleva a Derrida a un paso más porque arkeion se traduce a su vez como ‘una casa, un domicilio, una dirección, la residencia de los magistrados superiores, los arcontes que mandan’, ya que ‘ese lugar es su casa ( casa privada, casa familiar, casa oficial) donde se depositan los documentos oficiales y los arcontes, sus guardianes”.
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Se podría decir, evocando el cuento “La construcción”, de Kafka, que este libro de Wolf tiene una arquitectura kafkiana, y es una ventana al pasado, que es la mejor metáfora para entrar al archivo como casa y poder espiarlo. El biólogo argentino Javier Muzon investiga los descubrimientos hechos por el naturalista proustiano Carl Burmeister. Entre 1857 y 1860, Burmeister coleccionó en América del Sur, incluida la Argentina, cien mil ejemplares de insectos, los cuales se encuentran en una universidad alemana. En biología el término colección es equivalente al de archivo, y Wolf también lo utiliza en esa acepción. Wolf introduce los Estados, los gobiernos. Para que se sepa en un futuro qué hicieron sus funcionarios públicos, el archivo puede ser jurídico, histórico o policial. La novedad del libro es la introducción de las imágenes, ya sea de fotografías o películas. Se podría decir que La máquina del tiempo, de H.G. Wells y La invención de Morel, de Bioy Casares, son dos formas del archivo. El libro de Wolf hurga, espía, ordena, investiga en archivos sagrados y profanos. Entre nosotros, el archivo de Manuel Puig en manos de Graciela Goldchluk, es un ejemplo de que no hay clasificación que no implique una lectura del material. El libro de Wolf no hace del archivo un método inmóvil, sino que el tiempo y espacio de los que se ocupa históricamente le dan “vida” al archivo, lo que impide que se burocratice y se vuelva pieza de museo. Dos tentaciones en que puede incurrir una lectura que haga del archivo un catálogo. Cito un fragmento del capitulo “ Historia de los sentidos del archivo”. Los enumero brevemente: ver, oler, el sabor, el oír, tocar. La mirada: “Nada mas y menos que eso hay que hacer con el archivo: mirar”. El olor se resume en un trabajo casi entre arqueológico y detectivesco: “El olfato para buscar el archivo, el olfato para huir del archivo. El pasado tiene mal olor, así como cuando entramos a una casa y al percibir el olor a viejo la dueña nos advierte que todo estuvo cerrado mucho tiempo”. Buscar y huir, son maneras que no se excluyen sino se complementan. Entonces apela a la metáfora que el archivo se cocina a fuego lento, a lo que agrega: “Tener gusto por el archivo es tener sensibilidad con algo añejo”. También el tacto, casi un fetichismo del archivo, si se trata de un papiro que se deshace al tocarlo. Correa de transmisión. Finalmente, el oído, que escucha el destino de un tango. El archivo no habla, hace hablar y hasta cantar. A inicios de los años 90, una emisión “Toma radial” reprodujo un programa de 1964. En la audición se tocaba un tango compuesto por Alfredo Gobbi, “Redención”. Que nunca se grabó. Pero en esa ocasión había tocado Piazzolla. Gobbi, quien murió joven, se lo había legado a su bandoneonista Mario Demarco, que continúa la correa de transmisión dándoselo a la historiadora tanguera Nélida Rouchetto. A su vez, el músico Ignacio Varchausky recibe la partitura de la historiadora. Desata el nudo y lee en un papelito lo que escribió el autor: “Para cuando vuelvan las orquestas”. El archivo como correa de transmisión es uno de los hallazgos de este libro. Cicatrices. Como la piel, el archivo se transforma en cuerpo viviente. “Los materiales archivados también tienen arrugas y costurones, ese recorte periodístico doblado y desdoblado amarillento atacado por una ictericia brutal que lo dejó quebradizo”. Y agrega con certeza Wolf, que encuentra siempre la palabra justa: “Esas cicatrices definen su biografía”. El archivo como resistencia. Es cierto, pero el archivo no se autonomiza, es invención del hombre que lo puede conservar o quemar. La IA, aunque nos hable, no se angustia. El archivo tampoco. Sí el que lo descubre. Cuando el archivo habla se humaniza. Lo siniestro es que lo que antes era familiar se vuelve extraño y angustia. Cosa que solo le sucede al humano, en tanto habla. Wolf lo define: “Algo que debería permanecer oculto queda a la vista. Y así como el fantasma no se refleja en los espejos, a la vez pide cierto interlocutor”. Por eso el rastreador de archivos “se vuelve médium, lenguaraz capaz de hablar con lo ni muerto ni vivo”. Me gusta lenguaraz porque podemos decir que evoca al Facundo de Sarmiento, donde éste descifra la sombra de la esfinge siguiendo la huella de un fantasma. Respecto al cine, los ejemplos se despliegan en el libro como una obra de suspenso. Elijo este: “De pronto, alguien ve que se puede hacer una película solo con archivos, en un sentido total y nace: La guerra de un solo hombre, de Edgardo Cozarinsky, que lleva al extremo la paradoja de ser un documental de autor en modo ensayístico sin filmar un plano ni grabar un sonido ni escribir un texto, valiéndose de noticieros de actualidades y emisiones radiales de la Segunda Guerra Mundial en Francia, y eligiendo pasajes de los diarios de Ernst Junger”. El libro de Sergio Wollf desvela y devela, Mas allá de lo acuerdos y desacuerdos con lo que plantea al lector, lo que convoca a su lectura no son solo las múltiples referencias, sino como el autor va descubriendo en cada capítulo que el archivo es una invención diferente. La expresión de esa diferencia es que se trata de un archivo viviente. Este término, lo arranca de transformarse en un género muerto. Una vez descubierto, se precipita la tentación de abrirlo y descifrar cada pagina hasta dar con el hallazgo desconocido. Pero lo más importante, invita a ser, una vez mas, borgeanos. Es decir: a la Discusión.