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¿Dónde está Adenauer? | Perfil




El próximo fin de semana se realizará la segunda vuelta en Brasil, en la que, según las encuestas, Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro corren muy parejos. Una vez más, como en Colombia, Perú, Bolivia y otros países, todo indica que el resultado será muy ajustado, con una diferencia inferior al 1%. No es verdad que haya una ola de determinada tendencia que desplace a otras formas de ver la política. La verdad es que la mayoría de los países se dividen en dos sectores distintos, casi del mismo tamaño. Lo que está en crisis, en cambio, es el estilo de los antiguos liderazgos. De alguna manera, los dirigentes del siglo pasado invocaban religiones cívicas que daban un sentido trascendente a su trabajo. Esto era común a todas las tendencias: de un lado estaban personajes como Konrad Adenauer, Charles de Gaulle y otros que defendían las creencias democráticas; del otro, personas como Stalin, Mao, la dinastía Kim y Pol Pot, que suponían que, con su acción, conducían a la humanidad a una nueva etapa. En el caso de Mao, su religión cívica llegó al extremo: se creía que todo el saber de la humanidad podía contenerse en el pequeño libro rojo con sus pensamientos. Mao fue una especie de profeta que provocó en China la muerte de 60 millones de personas y extendió su forma de ver la política a países en los que también se produjeron enormes masacres, como Camboya y Perú. En América Latina también tuvimos grandes líderes con una visión global de la política: Frei, Caldera, Carlos Andrés Pérez y Fernando Henrique Cardoso encabezaron una cruzada en favor de la democracia, frente a una izquierda liderada por personajes como Fidel Castro, Salvador Allende y el Che Guevara, que también aspiraban a algo más grande que ganar unas elecciones.

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Lula es un sobreviviente de la antigua política. Encabezó el único partido realmente laborista de América Latina, que llevó a un obrero metalúrgico al poder. Tras tres intentos frustrados, en los que la radicalidad de sus propuestas fue un obstáculo para llegar al gobierno, logró suceder a Fernando Henrique Cardoso y consolidó una reforma profunda que estabilizó la moneda y el capitalismo en Brasil. Es el caso de un dirigente con raíces sindicales y militancia de izquierda que logró consolidar un modelo unificador de su país. De alguna manera, se parece a Felipe González, que encabezó un Partido Socialista Obrero Español que entonaba la Internacional y era enemigo de la OTAN, y que imprimió a España un giro unificador y la integró plenamente a Europa. Lula llega a estas elecciones respaldado por una amplia coalición que reúne a partidos y dirigentes que se le opusieron durante muchos años y que responden a vertientes ideológicas muy variadas. Entre ellos están el PSDB, Marina Silva y Geraldo Alckmin, su antiguo rival en las urnas, que ahora lo acompaña como candidato a vicepresidente. Curiosamente, Lula representa, de alguna manera, el pasado: ya no es el joven revolucionario que hacía temblar al sistema en el siglo pasado. Enfrente tiene a un Flávio Bolsonaro que representa a los nuevos liderazgos: menos interesados en la trascendencia histórica, centrados en problemas más coyunturales e imbuidos, con frecuencia, de ideologías superficiales y de un fanatismo considerable. Lo que se repite ahora en Brasil no es, en realidad, el enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, sino un estilo de política que pone el acento en el tipo de contenidos más que en las ideas concretas. Aunque algunos intentan plantear la polémica como un choque entre el socialismo o el comunismo y algunas ideas, a veces trasnochadas, que surgen como reacción frente a la tendencia woke, el problema tiene raíces más profundas, que analizamos a fondo en el libro que acabamos de lanzar en el mercado argentino con el sello Sudamericana: “¿Qué diablos nos pasó?”. Desde hace setenta años se desarrolla en Estados Unidos la consultoría política, una disciplina pragmática que ayuda al candidato a ganar las elecciones. Cabe preguntarse qué pasa con ese tipo de conocimientos en la elección brasileña. El gigante de habla portuguesa, como bastantes otros países de América Latina, ha aprendido más del enfrentamiento ideológico y de la retórica que del juego práctico de herramientas que caracteriza a la política norteamericana. ¿Sería posible un resultado distinto utilizando este tipo de herramientas? Creemos que sí. En Brasil hay un desarrollo enorme de la publicidad y de la propaganda. Los principales asesores de los candidatos presidenciales suelen llamarse marketeiros y trabajan bajo el paradigma del marketing comercial. En cambio, no hay un gran desarrollo de los estudios de política práctica, que han tenido como base principal la Graduate School of Political Management de la George Washington University. Especialmente en países con dos vueltas electorales, estas técnicas pueden determinar quién triunfa en elecciones tan ajustadas. Para mencionar solamente un detalle, la planificación profesional de las actitudes del candidato el día de la elección y en el momento de recibir los resultados de la primera vuelta puede definir el resultado del balotaje. * Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.

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