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Regionales

El Camino de la Fe también se construye con las manos de Pedro



En Andacollo, Pedro Tijerina encontró en la artesanía una manera de expresar su devoción y devolver parte de lo recibido. Comenzó a realizar crucifijos que hoy entrega a capillas de la zona. Uno de ellos llegó hasta el Vaticano y, a través del padre Diego Canales, recibió un inesperado gesto del papa Francisco: un crucifijo que desde entonces lleva todos los días junto a su pecho.

En el norte neuquino, la fe también se expresa a través de las manos. Manos que construyen, acompañan, conservan tradiciones y dejan pequeñas huellas en capillas y parajes. Así sucede con Pedro Tijerina, vecino de Andacollo que encontró en la artesanía una forma de manifestar su devoción y de aportar a la vida religiosa de las comunidades de la región.

Su historia es una de las tantas que se entrelazan a lo largo del Camino de la Fe neuquino, el recorrido de más de 800 kilómetros que se extiende desde Ailinco hasta Villa La Angostura y reúne capillas, santuarios, monumentos y sitios vinculados con la religiosidad, la historia y la identidad de las comunidades.

Tijerina llegó a Andacollo con un oficio muy diferente al que con el tiempo lo acercaría a la artesanía. “Cuando llegué a Andacollo, mi oficio era perforista de una empresa de estudios de suelo con la Empresa INGEO”, recordó. Resaltó que trabajó en el estudio de suelo en el año 1986 en el área “en lo que hoy es la obra de la represa Nahueve.”

En esa época conoció a su esposa en el Viejo Hotel Andino, que funcionaba como terminal de ómnibus. Actualmente allí se encuentra un supermercado.

Al no tener oportunidades de trabajo, decidió hacer algo en forma particular. Con el tiempo, aquella búsqueda se cruzó con una dimensión profundamente personal: su fe. Devoto de Ceferino Namuncurá, comenzó a acompañar a las religiosas en sus recorridos por los hogares de la zona y a participar de los retiros que se realizan una vez al año en Las Ovejas.

Fue precisamente esa devoción la que terminó marcando el rumbo de sus creaciones. Un día, mientras intentaba realizar un crucifijo, observó algo especial en la piedra que tenía entre sus manos. “Vi en la piedra la cara de Ceferino y ahí decidí hacer los crucifijos para los chicos que toman la comunión y dejar en cada capilla. Desde entonces ya no los vendo”, contó.

A partir de ese momento, las piezas dejaron de ser simplemente artesanías. Cada crucifijo comenzó a tener para él un sentido diferente: el de compartir, agradecer y dejar un testimonio en aquellos lugares donde las comunidades se reúnen alrededor de la fe.

“Para mí hacer crucifijos para las capillas significa mucho y es devolver un poco de lo que nos da Dios día a día”, expresó.

Un crucifijo que llegó al Vaticano

Entre las experiencias que guarda Pedro hay una que ocupa un lugar especial. Cuando el sacerdote Diego Canales emprendió un viaje al Vaticano junto a personas vinculadas con la vida religiosa del norte neuquino, Tijerina quiso estar presente de alguna manera. Y eligió hacerlo a través de lo que mejor sabía hacer: una de sus artesanías. 

En aquel viaje también estaba representada una historia religiosa profundamente arraigada en la ruralidad del norte neuquino: la de los “bautizadores”, hombres y mujeres que durante años acompañaron la fe de las comunidades en tiempos y lugares donde la presencia permanente de sacerdotes no era posible.

Tijerina recuerda entre ellos a Florencio Vázquez, de Andacollo; Raúl Rodríguez, de Cayanta; y Ester Hernández, de Los Miches, como representantes de esos saberes y prácticas religiosas transmitidos a través de generaciones.

“Quise estar presente con una artesanía”, explicó sobre aquella oportunidad. Su crucifijo emprendió entonces un viaje de miles de kilómetros desde el norte neuquino hasta el Vaticano. Pero la historia tuvo un regreso que Pedro no esperaba. A través del padre Canales recibió un crucifijo del papa Francisco, una pieza que guarda como uno de sus mayores tesoros personales y que lleva consigo cada día.

“No esperaba el buen gesto del papa Francisco. Tener un crucifijo que tiene grabado el Padre Nuestro es lo más lindo que me pasó. Lo llevo todos los días en mi cuello”, expresó.

Historias que construyen el Camino de la Fe

La historia de Pedro Tijerina permite descubrir otra dimensión del Camino de la Fe neuquino. Más allá de los templos, capillas y monumentos que conforman su recorrido, existen personas que mantienen vivas tradiciones, devociones y formas de encuentro que forman parte del patrimonio cultural y espiritual de la provincia.

En cada crucifijo que Pedro entrega queda algo de esa identidad. Una pieza nacida de sus manos en Andacollo puede terminar acompañando una comunión, permanecer en una pequeña capilla del norte neuquino o convertirse en testimonio de una historia compartida.

Su experiencia también refleja la particular relación que las comunidades del norte mantienen con la fe: una construcción cotidiana que atraviesa generaciones, distancias y paisajes.

Desde Ailinco hasta Villa La Angostura, el Camino de la Fe reúne justamente esas expresiones. Y entre ellas está la de un artesano de Andacollo que un día creyó descubrir el rostro de Ceferino en una piedra y decidió que, desde entonces, sus crucifijos ya no tendrían precio: tendrían destino.

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