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El kiosquero, el Papa y el algoritmo



Volví al kiosco de la esquina. El mismo donde hace unas semanas escuché a dos pibes negociando figuritas como si cerraran un tratado diplomático. Esta vez no había cola. El kiosquero estaba solo, acomodando revistas que ya casi nadie compra. Le pregunté cómo andaba el negocio. Me dijo que las figuritas seguían saliendo, pero que todo lo demás estaba flojo. «La gente compra por Mercado Libre, hermano. Hasta los caramelos». Le conté que el Papa había escrito un documento de 42 mil palabras sobre inteligencia artificial. Me miró como si le hubiera hablado en finlandés. «¿El Papa? ¿Sobre qué?». Sobre el trabajo, le dije. Sobre lo que pasa cuando las máquinas empiezan a hacer lo que hacían las personas. Se quedó callado un segundo y me dijo algo que me acompañó todo el día: «A mí no me va a reemplazar ningún robot… a mí me está reemplazando una aplicación». Tiene razón. A su kiosco no llegó ninguna IA sofisticada. Llegó un algoritmo de recomendación que le sugiere al vecino que compre las galletitas por internet en vez de bajar a la esquina. Llegó un sistema de logística que le deja el paquete en la puerta. Llegó una interfaz que convirtió la compra en un acto solitario, sin charla, sin «fijate que te traje lo que me pediste la otra vez». La máquina que le saca clientes al kiosquero solo sabe optimizar. Y eso alcanza.

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El kiosquero, que no leyó la encíclica ni sigue la macro, siente que nadie lo protege y que el mercado libre lo está dejando afuera» León XIV firmó su encíclica el 15 de mayo, 135 años exactos después de Rerum Novarum, el texto que León XIII escribió durante la Revolución Industrial para defender a los obreros de las fábricas. Aquella encíclica ayudó a fundar la legislación laboral en la Argentina. Los derechos del trabajador que hoy damos por sentados tienen, en parte, ese origen. El Papa actual eligió la fecha a propósito. Advierte sobre lo que llama «inactividad forzada»: millones de personas que pueden quedar sin función porque una máquina aprendió a hacer lo que hacían ellos. Y pide frenar. Del otro lado, Milei habla de desregular, de achicar, de liberar. Despidió 56 mil empleados públicos en dos años. Dice que el mercado ordena lo que la burocracia traba. Y los números, por ahora, le dan argumentos: la inflación baja, el déficit se cerró, el FMI proyecta el mayor crecimiento de América Latina. Yo no voy a resolver esa discusión en una columna de domingo. Pero me quedo con la escena del kiosco. Porque ahí, en esa esquina, las dos lógicas se encuentran sin saberlo. El Papa habla de proteger al trabajador. Milei habla de liberar al mercado. Y el kiosquero, que no leyó la encíclica ni sigue la macro, siente las dos cosas al mismo tiempo: que nadie lo protege y que el mercado libre lo está dejando afuera. Christopher Olah, cofundador de Anthropic, una de las empresas de IA más grandes del mundo, habló en el Vaticano al lado del Papa. Tiene 33 años. Es ateo. Dijo que los laboratorios de IA necesitan «voces morales que los incentivos no puedan torcer». Lo dijo en el Aula del Sínodo, frente a cardenales. Podrían haber sido delegados de la CGT. En mi columna anterior escribí que la figurita vende algo anterior al fútbol y al chatbot: el milagro de lo escaso. Vuelvo al kiosco y creo que el kiosquero vende algo parecido. Vende la esquina. Vende que te conoce. Vende que sabe que tu vieja toma edulcorante y no azúcar. Eso no escala. Eso no optimiza. Eso no entra en ningún modelo de negocios de Silicon Valley. Pero es lo que hace que un barrio sea un barrio. Cuarenta y dos mil palabras escribió el Papa. El kiosquero lo resumió en una sola: una app le está vaciando el negocio, de a poco, sin ruido, sin que nadie le haya avisado. Y todavía nadie escribió la encíclica para eso.