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Política

El MPN, entre el eslabón perdido y el hermano que Figueroa necesitaba


El Movimiento Popular Neuquino (MPN) nació en 1961, durante la proscripción del peronismo, y desde entonces fue central en la política provincial. Ahora, después de perder el gobierno en 2023, debe discutir qué quiere ser sin la comodidad del poder.

Andrés Mejía Acosta escribió en 1998 un trabajo cuyo título parece hecho para este momento: “Partidos políticos: el eslabón perdido de la representación”. Su conclusión es que participar de elecciones no alcanza: los partidos necesitan instituciones capaces de representar, construir identidad y formar cuadros.

El MPN supo hacer buena parte de eso. La proscripción del peronismo le abrió un espacio que ocupó con identidad provincial y capacidad para adaptarse. Fue pionero en impulsar internas abiertas a no afiliados y participación para mujeres y jóvenes.

La contradicción de la estructura interna

Pero esa estructura ayudó a generar su propia contradicción. La eliminación de mecanismos de distribución federal de cargos y la incorporación de pisos y requisitos para las disputas internas redujeron los incentivos para que aparecieran nuevos sectores. La competencia pasó a parecer un filtro.

Figueroa señaló justamente ese problema cuando decidió “romper el nudo”. El requisito de avales para una interna provincial llegó al 10% del padrón. Con casi 89.000 afiliados, la barrera es enorme.

Unidad sin competencia

El MPN conserva una dimensión partidaria que otros espacios todavía buscan construir. Pero la afiliación no garantiza representación. La lista que llevó a Gabriel Álamo y Jorge Lara a la conducción provincial fue la única presentada. La competencia quedó reducida a Centenario, donde hubo dos listas cuya disputa demandó solo el 12% del padrón.

El MPN evitó la fractura, pero debe resolver cómo evitar que la unidad se transforme en quietud.

El mecanismo que Jorge Sobisch utilizó de manera limitada, que Jorge Sapag perfeccionó y que Omar Gutiérrez sobreutilizó, fue la fragmentación mediante colectoras y acuerdos. Una oposición dividida resulta más sencilla de administrar que una cohesionada.

El reencuentro con Figueroa: ¿alianza o absorción?

Cuando el MPN perdió el gobierno, el tablero tampoco se ordenó alrededor de un adversario único. Figueroa ganó en 2023 con una coalición amplia y luego enfrentó nuevas rupturas que tensionaron su espacio.

Por eso el MPN aparece ahora como el hermano perdido. No porque haya recuperado el gobierno, sino porque conserva territorio, identidad, dirigentes, militancia y presencia en las localidades. Álamo expresó su acompañamiento a Figueroa y la intención de adaptar la Carta Orgánica.

Para Figueroa, el acercamiento puede recomponer estructura. Para el MPN, puede ser una salida de la intemperie. Pero el reencuentro no debería confundirse con una absorción: si quiere volver a ser central, tendrá que conservar capacidad de representar y producir dirigentes.

El examen de la reconstrucción

Ese será el examen de Álamo: qué hace un partido al dejar el gobierno después de seis décadas. Puede ser una maquinaria de acuerdos o una institución capaz de representar a una sociedad que cambió.

Mejía advertía que, sin partidos institucionalizados, la participación electoral puede terminar en fragmentación, indisciplina y desconexión. El MPN conoce esa película desde adentro. Su nueva etapa tendrá que decidir si quiere ser parte del poder de Figueroa o reconstruir, desde allí, una identidad propia.

La política neuquina ofrece una segunda oportunidad. Figueroa puede necesitar al MPN y el MPN a Figueroa. Pero la representación no se transfiere: se construye. Ese eslabón perdido puede explicar por qué una estructura sobrevive cuando el poder cambia de manos.

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