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El nacimiento de la televisión argentina en 1951

Hoy en día estamos acostumbrados a que las pantallas nos rodeen, ya que televisores, notebooks y celulares forman parte de la vida cotidiana de muchísimas personas. Sin embargo, no siempre fue así, pues hubo una época en la cual la relación era la inversa. Es decir, en vez de una persona estar rodeada por muchas pantallas, eran las pantallas las que estaban rodeadas por muchas personas. Esa época fue la de los años cincuenta, la década en la cual la televisión irrumpió en la vida de los argentinos. Como cuenta Mirta Varela en su libro La televisión criolla, esta nació oficialmente en nuestro país el 17 de octubre de 1951. Detrás de aquella primera transmisión hubo una figura decisiva, Jaime Yankelevich, el empresario que había construido buena parte de su trayectoria en la radio y que comprendió tempranamente las posibilidades del nuevo medio. La televisión llegaba así de la mano de la radio, que por entonces ocupaba un lugar central en los hogares argentinos y proporcionaría técnicos, artistas y experiencias para las primeras emisiones. Para poner en marcha el proyecto fue necesario importar prácticamente todo. Yankelevich viajó a Estados Unidos para adquirir cámaras, transmisores y demás equipamiento, mientras en Buenos Aires se preparaban las instalaciones y la antena que permitirían realizar las emisiones. La aparición de aquella enorme estructura en el paisaje porteño se convirtió por sí misma en una noticia, ya que antes incluso de que los argentinos pudieran mirar televisión, ya podían contemplar la antena que anunciaba su llegada.
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La fecha elegida para la primera gran transmisión pública tuvo clara significación política. Efectivamente, el 17 de octubre, Canal 7 llevó a las pantallas el acto por el Día de la Lealtad desde Plaza de Mayo, con Juan Domingo Perón y Eva Perón como protagonistas. De ese modo, el nacimiento de la televisión quedó asociado en un comienzo tanto al peronismo como a una imagen de modernización tecnológica del país. Ahora bien, debe hacerse una muy importante aclaración: aquella jornada tuvo más importancia simbólica que masiva, porque muy pocos argentinos poseían un televisor en 1951. Si bien la televisión había nacido, necesitaría bastantes años más para poder incorporarse a la vida cotidiana de los hogares argentinos. Hoy resulta difícil imaginar que hubo un tiempo en que, para mirar televisión, había que salir de casa. Sin embargo, durante los primeros años de la década de 1950 eso era exactamente lo que ocurría con buena parte de los porteños. Los receptores eran escasos, costosos y estaban al alcance de pocas familias. Antes de convertirse en el aparato que durante décadas ocuparía un lugar central en el living, la televisión argentina atravesó una etapa mucho más callejera, pública y colectiva. En efecto, podría decirse que en un principio la televisión pertenecía tanto a la calle como al hogar. Una de las escenas más llamativas se produjo con las primeras transmisiones de fútbol, cuando los comercios que vendían televisores colocaban los aparatos encendidos en sus vidrieras y alrededor de aquellas pequeñas pantallas comenzaban a reunirse curiosos. Cuando el acontecimiento deportivo era importante, los curiosos podían convertirse en multitud. De hecho, una crónica de aquellos años describía grupos tan numerosos frente a los negocios que llegaban a dificultar el tránsito. Todos intentaban aproximarse un poco más a la pantalla para distinguir unas imágenes pequeñas y todavía deficientes, y en algunos lugares la presión de la gente llegó incluso a provocar la rotura de vidrios. Esa manera “pública” de ver televisión, hace que la cantidad de aparatos existentes diga relativamente poco sobre la verdadera audiencia de aquellos primeros años, pues un solo televisor podía ser contemplado por decenas de personas. Los bares ofrecían otra posibilidad, especialmente los domingos. Los hombres podían reunirse allí para mirar fútbol, prolongando alrededor de la pantalla una sociabilidad que ya existía en torno del deporte y que durante años había tenido a la radio como protagonista. También se transmitía boxeo y otros espectáculos, y de esta manera un televisor podía convertirse rápidamente en una atracción para un bar, una confitería o un club. Pero ni siquiera era indispensable recurrir a un comercio. Bastaba, en ocasiones, con conocer a alguien que hubiera conseguido comprar un aparato. Así nació una costumbre característica de aquellos años, que hoy en día puede parecer increíble: ir a mirar televisión a la casa del vecino. Familiares, amigos y vecinos se reunían alrededor del receptor de quien había tenido la fortuna de adquirirlo. El propietario del televisor se transformaba involuntariamente en anfitrión y la casa particular podía adquirir por unas horas las características de una pequeña sala de espectáculos. Sobre esa costumbre de ver televisión en casa de vecinos, podían producirse pintorescas situaciones. Por ejemplo, hubo un caso en que en una casa el televisor estaba instalado en el living, pero cuando se reunía mucha gente lo giraban hacia la puerta para que quienes no entraban pudieran mirar desde el patio. No era necesario que todos estuvieran sentados ordenadamente frente al aparato, sino que lo importante era encontrar un ángulo desde el cual alcanzar a ver la pantalla. Pero no eran solo los negocios que vendían televisores, los bares o las casas particulares donde podían verse las transmisiones del novedoso aparato. También las unidades básicas peronistas se convirtieron en lugares donde podía verse televisión, relación que resultaba natural en un medio que había nacido con la transmisión del acto del 17 de octubre y en cuya primera programación tenían una presencia importante las actividades oficiales y los discursos de Perón. Un aspecto a tener también en cuenta es que la compra del primer televisor familiar se convertiría para muchos en uno de esos acontecimientos que permanecen durante décadas en la memoria, pues no era una adquisición menor. El aparato se incorporaba así a un proceso más amplio de transformación del hogar en el que aparecían también heladeras, lavarropas y otros electrodomésticos. Tener televisión significaba participar de una modernidad que hasta poco antes parecía reservada a otros países. En cuanto a los aparatos, hay que recordar que estaban muy lejos de ser perfectos. Eran voluminosos y podían ofrecer imágenes bastante precarias, pues había pantallas atravesadas por rayas, pérdidas de sincronización, interrupciones y televisores que sencillamente dejaban de funcionar. Al respecto, pueden mencionarse diversas anécdotas. Por ejemplo, existe el caso de alguien que su familia poseía un enorme aparato que presentaba problemas con frecuencia y que la solución doméstica tenía poco de tecnológica, ya que había que pegarle para conseguir que volviera a funcionar. Asimismo, también se encuentra el caso de una persona que recuerda una pantalla llena de rayas y lo sorprendente no era que la imagen se viera mal, sino que aquello pareciera importar relativamente poco, ya que todos continuaban mirando. La fascinación por el nuevo medio resultaba suficientemente intensa como para tolerar imágenes que hoy consideraríamos imposibles de ver. Por supuesto, aunque lentamente, con el paso del tiempo el televisor fue abandonando el espacio público para recluirse en el privado y por ello es interesante hacer notar una paradoja. Durante la primera mitad del siglo XX, la modernización de las grandes ciudades había impulsado a hombres y mujeres a buscar cada vez más el entretenimiento fuera del hogar; el cine, los teatros, los restaurantes, los bailes, los cafés y los espectáculos deportivos habían convertido a la ciudad en un enorme escenario para el tiempo libre. Sin embargo, la televisión terminaría provocando en cierta medida el movimiento contrario, ya que el espectáculo ingresaría en la casa y ya no sería necesario salir para encontrarlo. Fue así como paulatinamente la televisión dejó de ser un acontecimiento excepcional y empezó a convertirse en una costumbre y las familias tuvieron que adaptarse a ella. Por ejemplo, aparecieron los horarios, ya que los chicos podían mirar determinados programas, pero llegado cierto momento tenían que irse a dormir o abandonar el living porque comenzaba la programación destinada a los adultos. De esta manera, el horario televisivo empezaba a incorporarse al horario familiar. Por otro lado, la distribución del hogar también se vio afectada por la aparición del aparato. Durante décadas, buena parte de los livings argentinos terminaría organizada alrededor de aquella pantalla, es decir, sillones y sillas orientados hacia un mismo punto, como si se tratara de una pequeña sala cinematográfica privada. Este hecho no fue una transformación menor. Hasta entonces, quien quería asistir a un espectáculo debía trasladarse, o sea, salir de su casa, caminar por el barrio, tomar un colectivo, comprar una entrada. La televisión fue eliminando progresivamente ese desplazamiento, pues el espectáculo llegaba hasta el espectador. Con el correr de los años, la televisión fue acusada muchas veces de incomunicar a los miembros de una familia, de sustituir la conversación. Pero aunque hoy suene extraño, en las primeras épocas hubo gente que consideraba que la televisión había ayudado a recuperar la vida familiar. Por ejemplo, una carta publicada en aquellos primeros años relataba el caso de una madre cuyos hijos mayores casi nunca permanecían en casa, pero que gracias al televisor había cambiado la situación, dado que ahora la familia se reunía frente a la pantalla, comentaba los programas, discutía sobre lo que veía y se reía en conjunto. Podría decirse que en sus comienzos la televisión podía ser celebrada como una especie de “máquina capaz de reunir”. Efectivamente, desde el principio, eso había hecho de maneras diferentes. Primero reunió desconocidos frente a las vidrieras de los comercios; después congregó hombres alrededor del aparato instalado en el bar; reunió vecinos en la casa de quien había podido comprar uno; juntó espectadores en clubes y unidades básicas. Finalmente, cuando el número de receptores aumentó, reunió a padres e hijos dentro de su propio hogar. Con el paso del tiempo se fue produciendo una transformación cultural mucho mayor que la simple incorporación de un nuevo adelanto técnico. Los argentinos tuvieron que aprender algo que hasta entonces nadie sabía hacer, es decir, aprender a mirar televisión. Hubo que descubrir dónde colocar el aparato, a qué distancia sentarse, qué programas mirar, cuándo encenderlo, cuándo apagarlo y quiénes podían quedarse frente a la pantalla a determinadas horas. El cambio fue también espacial, ya que aquella televisión que había comenzado convocando multitudes en la calle terminó ingresando definitivamente en las casas. Y con ella entraron el fútbol, los espectáculos, las noticias, las novelas, los artistas y una nueva manera de ocupar el tiempo libre. Más allá de las anécdotas que vistas desde el presente resultan pintorescas y sorprendentes, lo sucedido con la televisión invita a reflexionar sobre los numerosos y profundos cambios que ella introdujo en la sociedad. En una época como la actual, donde el desarrollo de la inteligencia artificial ha desatado diversos debates, no está de más tener presente el caso de la televisión y considerar que la incorporación de determinadas tecnologías no es inocua, pues afecta a la sociedad en su conjunto. *Licenciado en Letras (UBA), magíster en Sociología de la Cultura (UNSAM). IG @carloscampora100