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El petróleo más barato descomprime al mundo, pero la inflación de Estados Unidos se resiste a ceder

El precio del petróleo se desplomó en las últimas semanas, y esa caída es una buena noticia para la economía mundial. El alivio, sin embargo, no llega de manera uniforme ni instantánea, y convive con dos tensiones que conviene analizar. Por un lado, la inflación de los Estados Unidos muestra una persistencia que preocupa. Por otro, un dólar que se fortalece a escala global encarece el fondeo para los países emergentes. El resultado es un cuadro internacional de luces y sombras, donde el respiro por el lado de la energía se combina con nuevas presiones por el lado financiero. El punto de partida es la fuerte baja del crudo. Tras el pico que alcanzó durante el conflicto entre los Estados Unidos e Irán, cuando el barril de Brent llegó a superar los 118 dólares, la cotización retrocedió con fuerza hasta ubicarse en torno a los 73 dólares. Es una descompresión considerable que debería moderar la inflación mundial en los próximos meses, a través de menores costos de energía, transporte y producción. Ahora bien, un matiz importante es que la nafta baja más lento que el crudo. Mientras el barril se desplomó, el precio de la nafta regular en los Estados Unidos apenas cedió, lo que implica que el alivio para el bolsillo del consumidor llegará con cierto rezago respecto de la caída de la materia prima. El efecto desinflacionario del petróleo más barato será global, pero se sentirá con distinta intensidad según la región. El alivio será más visible en Europa, donde la actividad económica es más débil y la energía pesa más en la dinámica de precios. En los Estados Unidos, en cambio, el panorama es más complejo, y aquí aparece la primera de las tensiones mencionadas. La inflación estadounidense podría resultar más persistente de lo deseable. La economía sigue mostrándose resiliente, el consumo perdió algo de impulso pero todavía crece a un ritmo cercano al 2% anualizado, y la inflación subyacente, especialmente en el rubro de los servicios, continúa en niveles elevados.
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Esa persistencia tiene una raíz que va más allá del petróleo. La inflación núcleo de servicios, que excluye los componentes más volátiles como la energía y los alimentos, responde a factores más estructurales vinculados al mercado laboral y a la dinámica de los salarios, y por eso resulta más difícil de bajar. Mientras la energía puede descomprimir rápidamente los índices generales, ese componente más rígido mantiene la inflación estadounidense alejada de la meta del 2%. La proyección de inflación para los Estados Unidos en 2026 se ubica en torno al 3,3%, por encima del 3% previsto para el conjunto de los países desarrollados y bastante por encima del objetivo que persigue la Reserva Federal. La segunda tensión del escenario global proviene del comportamiento del dólar. La divisa estadounidense viene apreciándose de manera sostenida, sostenida por tasas de interés reales altas y por una Reserva Federal que el mercado interpreta como más dura. El índice que mide el valor del dólar frente a una canasta de monedas de referencia avanzó alrededor de un 4% desde su piso reciente de comienzos de mayo. Ese fortalecimiento se reflejó en una depreciación generalizada de las principales monedas frente al dólar, con el euro, la libra y el yen cediendo terreno en el período. Para las economías emergentes, un dólar fuerte es una noticia particularmente incómoda, porque encarece el fondeo externo y presiona sobre las monedas de mayor volatilidad. Las divisas emergentes sufrieron ese impacto con distinta intensidad. El won coreano se depreció más de un 8% frente al dólar desde el inicio del conflicto en Medio Oriente, mientras que las monedas de Indonesia, Filipinas y Turquía también acusaron el golpe. En América Latina, el escenario fue igualmente adverso, con depreciaciones que en varios casos superaron el 5%. Cuando el dólar se fortalece, los países emergentes enfrentan un costo de financiamiento más elevado justo cuando necesitan captar capital, lo que reduce su margen de maniobra. El caso argentino no fue la excepción a esa corriente. El peso se depreció alrededor de un 6% frente al dólar desde el inicio del conflicto entre los Estados Unidos e Irán, en línea con lo ocurrido en buena parte de la región. Esa dinámica, si bien responde en parte a factores internos, se inscribe también en el contexto global de fortalecimiento de la divisa estadounidense, que afectó de manera transversal a las monedas emergentes. Para un país que busca acumular reservas y descomprimir su frente externo, el escenario de dólar fuerte agrega una dificultad adicional. La lectura de conjunto deja un mensaje matizado. La baja del petróleo reduce el riesgo de un shock energético disruptivo y mejora las perspectivas de la actividad global, al aliviar la inflación, los costos y el poder adquisitivo. Ese es el lado luminoso del cuadro. Pero el impulso no es automático ni parejo, la inflación estadounidense conserva una persistencia que limita el margen de la Reserva Federal, y el dólar fuerte introduce un factor de presión sobre las economías emergentes que no debe subestimarse. El mundo respira algo más aliviado por el lado de la energía, aunque las tensiones financieras recuerdan que el equilibrio sigue siendo frágil.





