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El pie izquierdo de Margarita, una “Santa” del siglo XXI



Cuando supo que tenía ELA y el deterioro fue progresivo, Margarita Lalor Cavanagh eligió seguir viviendo. Y lo logró, en múltiples direcciones. En los primeros tiempos, desplazarse sola de la cama al baño le resultaba titánico. “Pude. Qué linda palabra. Desde ese día me hice amiga del piso, al que antes tenía verdadero terror”, dicen sus Memorias. A lo sumo, pensaba, “terminaré en el suelo”. En 1975, “me rendí y comencé a usar la silla de ruedas”. Pero no se crea que lo vivió como un renunciamiento; fue una posibilidad.

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“Ella tenía un humor irlandés muy pícaro”, comenta el padre Lisandro Boyle, párroco de la Parroquia Santa Elena, su confesor de los últimos tiempos y con los años, también su amigo. Yo sigo yendo a rezarle a su tumba y una vez encontré este mensaje: “Aquí está la mujer del entierro más alegre que hubo en Recoleta”. Margarita Lalor Cavanagh, a pesar del ELA y la parálisis casi total escribió un libro contando su increíble historia. “Yo tengo la risa floja”, advirtió. Y sí, se tomaba sus propias torpezas con humor, pero sólo cuando no la indignaban; dedicó minuciosas líneas a describir las limitaciones que la ciudad de Buenos Aires imponía a los discapacitados que querían ganar su espacio en la vía pública. Fan y estudiante informal de artes plásticas (dibujaba, pintaba, diseñaba ropa y tenía un criterio estético exquisito) en 1983 “me hice socia del Museo Nacional de Arte Decorativo, porque era el único que tenía acceso para minusválidos”. En otro, el Museo Saavedra, en 1980 no le habían permitido ingresar: los acompañantes, sí, pero Margarita, con la silla, no. “¿Por qué?”, preguntó. “Porque la silla de ruedas va a marcar el piso y lo enceraron esta mañana”. En el Planetario fue similar. “Pregunté por el acceso para minusválidos y se rieron en mi cara”. “¿No ve que no hay? La gente como usted no viene a estos lugares. Se queda en la casa”, agregaron. “Existen barreras arquitectónicas y mentales”, pensó. Y no volvió a insistir. Pero en otro centro de exposiciones, se metió a escondidas. Muy bien hecho. ‘La gente como usted no viene a estos lugares, se queda en la casa’, le dijeron en el Planetario de Buenos Aires” Primero en compañía de su madre, Patricia, y su padrastro, Eric Mac Donald, buscando milagros peregrinó a Santiago de Compostela, a Lourdes y llegó hasta el padre Mario Pantaleo. El centro de peregrinación en la Occitania francesa fue un flash absoluto: “allí fue donde vi mi senda, la Voluntad de Dios apareció muy clara ante mis ojos”. Fue un antes y un después. Tal vez buscaba lo imposible fuera de sí, cuando estaba en su propio interior: ella misma era el milagro. “Santa” del siglo XXI “Cuando yo la conocí, vivía en la calle Azcuénaga a una cuadra de Las Heras. Después cuando su mamá falleció en marzo d 1990, la casa de tres pisos le resultó muy grande e inaccesible para moverse en silla de ruedas. Tenía personas que la ayudaban: una cocinera, la mucama y nosotros que éramos una de día, una de noche y una que hacía los francos” recuerda desde Rafael Calzada, Nilda Cristina Britos la mujer con quien siempre se trataron de usted, aunque fueran inseparables durante 22 años. En pocos años, excepto mover dos dedos del pie izquierdo, su parálisis llegó a ser total. También comprometió el habla, al extremo de que sólo sus compañías más frecuentes podían comprender qué decía. Ironías del destino, a los 17 bailaba en Mau Mau, a los 18 pintaba y a los 20 se le vino la noche. No se resignó a la oscuridad. En Lourdes vi mi senda, la Voluntad de Dios apareció muy clara ante mis ojos’, escribió Margarita. Fue un antes y un después” “Margarita quiso mudarse a un departamento mucho más chico, un piso noveno sobre la calle Arenales, a media cuadra de la Plaza San Martín y lo diseñó a su manera, como lo necesitaba. Si no íbamos a comprar ropa –¡eso le encantaba!- íbamos a elegir cosas de decoración. Hizo romper una pared para ampliar un dormitorio y en el baño hizo sacar la bañadera, y ensanchó la puerta para poder entrar con la silla de ruedas directamente a la ducha”, recuenta Cristina. “Ibamos a todos lados juntas. En invierno, a las sierras, o a Salta con su hermana Marcela, pero para ella el campo era lo mejor; visitábamos una estancia que los cinco hermanos tenían en Rufino. “Una de sus cuñadas le ofrecía un departamento en Punta del Este y nos quedábamos una semana las dos solas, ahí, después de Semana Santa. Le encantaba sentarse sobre la arena, mirando el mar. A mí me aburría muchísimo, pero ella estaba chocha, horas así. Margarita Lalor Cavanagh y el Padre Lisandro Boyle, su confesor de Parroquia Santa Elena (Juan Francisco Seguí 3815) “Era muy lindo verla en la Iglesia. Cuando terminaba la misa, se quedaba un rato sola al lado del altar, cerraba los ojos celestes y meditaba”, agrega. “El amor cura a los enfermos”, decía ella, pero no quería que todo girara a su alrededor. Difícil, con 17 sobrinos que caían a verla como abejitas por el panal y 20 amigas con quienes se reunía los miércoles a rezar (hoy son 12 y mantienen esa cita de honor; una de ellas es su propia prima Laura Lalor). A pesar de sus enormes limitaciones físicas, lo suyo era mirar y escuchar, siempre. Y tenía un imán. “Yo perdí un hijo en 2004, murió en un hospital en Almirante Brown –vuelve Cristina-. Y pude enterrarlo gracias a ella. Por un paro del personal, no podía retirarlo de la morgue para hacer el sepelio y ella movió cielo y tierra hasta que yo consiguiera la orden judicial y me entregaran el cuerpo. Ella no podía ir a ningún lado sola, y se apareció en el velatorio, llegó en un taxi, era un día frío de mayo. Salí enseguida a la calle y le dije: ‘Pero, Margarita, ¿¡qué hace acá’!? ¡Usted no puede tomar frío!’ ¿Y sabés qué me dijo? ‘Cristina, usted estuvo mucho tiempo para mí. Ahora yo quiero estar para usted’. Y a mí me rompió el corazón, te digo”. Margarita y su pie izquierdo Cuando perdió a su madre, sintió que perdía la mitad de su corazón. Pero la vida acomoda las cosas, lo estaba esperando. “Margarita era de Leo y aunque profundamente argentina tenía sangre irlandesa. Es decir, mucho fuego, carácter y determinación cuando era adolescente. Luego con la enfermedad se fue dulcificando muchísimo. Las amigas del cole la llamaban Margarola. Nosotros, como tenía el pelo dorado, le decíamos Goldie. Y los sobrinos, la tía Gold, “la tía de oro”, cuenta Marcela Lalor Cavanagh de Leloir, más que su hermana, su ser indispensable. Era sumamente divertida, nos reíamos muchísimo por todo, siempre le encontraba el giro humorístico a todas las situaciones” “Cuando éramos chicas compartíamos el dormitorio, yo era siete años menor y la veía vestirse para salir, siempre combinando unos colores llenos de vida, por ejemplo bordeau y turquesa, bien Brigitte Bardot y se peinaba como ella. Diseñaba y hacía su propia ropa. Era muy prolija y cuidadosa; yo era una desbolada, su antítesis. ¡Santa paciencia me tenía! Cuando crecí me prestaba sus cosas, me peinaba con flores en el pelo, me diseñaba vestidos”, dice “la hermana menor”. Margarita Lalor Cavanagh regalaba sonrisas. “La miré allí, tendida en su camita celeste, las piernas vendadas llenas de hematomas y moretones, ni siquiera podía mover un dedo de sus manos, nada… ‘Marce, yo no me quejo..”. “Era sumamente divertida, nos reíamos muchísimo por todo, siempre le encontraba el giro humorístico a todas las situaciones, aún a las más complicadas. Yo era más quejosa, pero con ella siempre terminaba riendo a carcajadas. Y siempre siguió siendo así. Mi madre era igual, Margarita tenía un amor inmenso por mamá, eran dos mujeres extraordinarias que sabían sonreír en la adversidad… De tal palo tal astilla, dicen. “Cuando yo llegaba, ella estaba transpirada de la cabeza a los pies. Escribir, desde su invalidez, le costaba horas y un esfuerzo inmenso. Ella lo hacía igual, por amor. Pero cuando yo llegaba, ella dejaba todo. Para escucharme, charlar conmigo. Siempre con una sonrisa enorme y luminosa. Jamás me reprochó: ‘Marce me estás interrumpiendo en el medio de mi trabajo’”, recapitula Marcela y apunta que Margarita escribía en inglés para el periódico irlandés The Southern Cross, que se editaba en Argentina. “Muy por el contrario, ella dejaba todo, con su sonrisa de fiesta de cumpleaños, aunque supiera que después le iba a robar horas al sueño para terminar su escrito … y esto ¡lo hacía todas las tardes, cuando yo llegaba! Margarita era así. Y tenía un don. Aunque vos llegaras agitada, preocupada y llena de problemas, siempre con ella encontrabas buen humor y alegría, te ibas con una sonrisa y llena de paz. Es lo que ella emanaba hacia toda la gente”, agrega. Vida y obra de una “Santa” del siglo XXI “Lo mejor fue comprender cuál era mi camino. Allí se acabaron mis luchas internas, mi rebeldía, y comencé a pensar en positivo. Uno puede ser feliz cuando siente que está cumpliendo la voluntad de Dios” escribió la candidata argentina a la santidad, al decidir cuál había sido el momento en que decidió dejar de autocompadecerse. En 1998 le regalaron una computadora. Los técnicos del centro AEDIN le adaptaron un sistema de mouse para que con dos dedos de su pie izquierdo comenzara a escribir. Utilizó el programa llamado “Wivik” que con un intervalo de 5 segundos le permitía seleccionar cada letra. Cuando yo llegaba, ella estaba transpirada de la cabeza a los pies. Escribir, desde su invalidez, le costaba horas y un esfuerzo inmenso. Ella lo hacía igual, por amor” Así, con ese método tedioso para muchos y salvador para sí, comenzó a escribir sus memorias, Se puede. Allí deletreó, a un ritmo de 7 caracteres por minuto: “Los discapacitados no nos ‘sentimos felices’, sino que somos felices. No perdimos todo, encontramos todo, lo único capaz de darle sentido a nuestra existencia. Encontramos un ser maravilloso que por amor dio su vida por nosotros. Ése alguien es el ser olvidado de nuestra época. Y se llama: DIOS. ¿Necesitamos más? Cuando la capacidad física disminuye, crece nuestro interior. Encontremos las ‘pequeñas alegrías’ que Dios nos pone en cada minuto”. Todos la querían en Recoleta, donde vivió los últimos años. Sobre todo, las viejitas del Pensionado de la Misericordia. “Muchas fueron depositadas allí por sus familiares y ‘si te he visto no me acuerdo’”. Pero ayudar a estas mujeres que ni siquiera se saludaban entre sí aunque estaban destinadas a morir juntas en el mismo albergue, fue para ella una motivación. Los primeros años, para salir sola de su casa, en silla de ruedas, cuando aceptó que el dispositivo reemplazara sus pies. Segundo, para comenzar a diseñar para ellas, que sabían tejer crochet, todo tipo de cosas a las que pudiera adosar un paño tejido: “sandalias, almohadones, baberos, sábanas, acolchados, cortinas, colchas, apoya-vasos…” y luego, venderlo para que esas mujeres tuvieran un ingreso. Margarita les regalaba hilos, lanas y agujas. Y el darles un motivo para levantarse cada mañana, logró que cantaran mientras tejían y que incluso tomaran sol en la terraza mientras no daban respiro a las agujas. -Y usted, Marcela, su compañera inclaudicable, ¿extraña más su presencia o su personalidad imantada? -Lo que más extraño de ella es todo. Nuestras charlas y confidencias cuando iba a visitarla cada tarde. Los últimos años ella estaba más tiempo recostada en su cuartito color celeste, lo quiso celeste como sus ojos. Pero nunca estaba inactiva, Margarita tenía una mente llena de sueños y proyectos, siempre estaba haciendo algo. -Una de estas tardes, ¿qué le diría? – La lección de mi vida la recibí una tarde de invierno. Me habían operado un hombro y me dolía. Se ve que yo me quejaba mucho porque soy muy quejosa, pero ella siempre me escuchaba, amorosa, sin decir nada. Hasta que un día me dijo: “Marce, yo no me quejo…” con una sonrisa tan dulce que me partió el alma. “La miré allí, tendida en su camita celeste, las piernas vendadas llenas de hematomas y moretones, sin poder moverse por sí misma, ni caminar, hablando apenas, ni siquiera podía mover un dedo de sus manos, nada… ‘Marce, yo no me quejo…’ Si eso no es santidad, que alguien me explique qué es. Había que verla en la diaria para darse cuenta de que todo en ella era sincero. Siempre decía: “Yo soy una mujer feliz”.

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