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El vacío opositor | Perfil

El poder, por naturaleza, no admite el vacío. El ejercicio del poder es la representación política de una batalla continua entre sectores en pugna que requieren ser interpretados por sus dirigentes. Cuando esos dirigentes no están, las que aparecen son otras voces que, aunque no provengan de la política tradicional, vienen a cubrir esa necesidad vacante de representación social. Hoy, el poder en el oficialismo está respaldado por el apoyo de quienes votaron a Javier Milei en 2023 y se siguen sintiendo representados por su gobierno. Más allá del mayor o menor grado de satisfacción con sus resultados.
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En cambio, el poder en la oposición está vacío. Hasta ahora, quienes no votaron a Milei y quienes se arrepienten de haberlo hecho no encontraron opciones opositoras consolidadas para expresar mayoritariamente ese descontento. Quiénes ocupan el vacío. El vacío opositor siempre es coyuntural, dura hasta que la necesidad social de rechazar lo existente sea tan importante como para corporizar el malestar en uno o más candidatos. Mientras tanto, y como el vacío político tiende siempre a llenarse, los que aparecen para corporizar ese malestar son referentes sociales capaces de expresar sentimientos colectivos. Durante la segunda presidencia de Perón, fue la Iglesia católica la que ocupó el lugar dejado por una oposición política exhausta. Luego siguieron los militares que en 1955 ocuparon el poder por la fuerza, ante la imposibilidad del antiperonismo de generar una representación política mayoritaria capaz de ganar una elección. Durante la última dictadura, con las actividades políticas vedadas, fueron entidades y dirigentes sociales los que expresaron la creciente oposición al régimen. Como las Madres de Plaza de Mayo, sindicalistas como Saúl Ubaldini (líder de la CGT más combativa), escritores como Ernesto Sabato y María Elena Walsh, y músicos como León Gieco y Charly García. En general, las voces que circunstancialmente ocupan el vacío opositor terminan perdiendo protagonismo político cuando los verdaderos políticos recuperan la representación perdida. Milei fue una excepción. El fracaso de la experiencia Macri y la fragmentación opositora pospendemia vaciaron de dirigentes capaces de enfrentar al peronismo gobernante. Entonces aparecieron voces, como las de ese economista excéntrico, que ocuparon el lugar dejado vacante por la política tradicional. Milei reflejó tan bien la necesidad de ruptura de un amplio sector con lo ya conocido, que al final se optó por él para cubrir en forma definitiva el poder vacante. La voz de un cura. Las repercusiones de la última homilía del arzobispo Jorge García Cuerva dejan al descubierto la ausencia de líderes políticos capaces de consolidar la crítica al Gobierno. Con un peronismo azuzado por el fantasma de una líder con mala imagen generalizada y presa, un macrismo y un radicalismo que dudan en ser opositores, terceras vías debilitadas detrás de gobernadores que sufren la extorsión económica del poder central, y outsiders que no terminan de aparecer, solo quedan las voces de rechazo que no provienen de la política partidaria. En los últimos meses, ya se escucharon las críticas de artistas, escritores y periodistas de renombre que tuvieron la repercusión que los opositores tradicionales no consiguen. Ahora, el heredero de Bergoglio en el arzobispado local reiteró las críticas que había expuesto el 25 de mayo sobre las consecuencias de Milei. Sin mencionarlo explícitamente, todos supieron que hablaba de él. Criticó “el camino de la intolerancia, de la descalificación del otro, la crueldad hacia los más débiles”. Criticó la falta de empatía (“Pidamos a Dios que nos independice de la insensibilidad frente a los que sufren”), la estrategia de polarización (“Se aprovechan para dividirnos y enfrentarnos”) y la corrupción (“Haciendo que los pobres sean cada vez más pobres; y ellos, escandalosamente más ricos”). Al día siguiente, en un reportaje con Jorge Fontevecchia en PERFIL, García Cuerva fue más a fondo aún. Cuestionó las tres ideas básicas de Milei: la que considera que la justicia social es un robo, la que dice que el mercado no tiene fallas y la que endiosa el ajuste fiscal. Sobre la justicia social: “Está entre los principios de la doctrina social de la Iglesia, no es un invento del papa León XIV (…) Muchos creen que es un robo, pero la justicia social es la capacidad de un orden social, económico y político que permite a todos, y en particular a los más frágiles, vivir de una manera realmente humana”. Sobre la perfección del mercado: “El mercado no se regula por sí mismo, la economía tiene que tener un rostro humano. Y muchas veces el Estado es el que tiene que ayudar a regular algunas situaciones que no las podemos dejar en manos del mercado”. Sobre el ajuste: “Hay que cuidar el equilibrio fiscal, pero también es necesario un equilibrio social”. Milei, lo que está mal. La Iglesia católica siempre fue crítica de las dos ideologías dominantes del siglo XX. Del marxismo, porque temía que el Estado ocupara el rol de un dios que controlara la vida y las creencias de las personas; y del liberalismo, porque creía que quien ocuparía el lugar de Dios sería el mercado y porque desconfiaba de la liberalización de las costumbres y del consumismo capitalista. Las críticas del arzobispo de Buenos Aires no solo vienen a ocupar el vacío opositor, sino que retoman las posiciones históricas del catolicismo romano. Con un par de aditamentos. Primero, el liberalismo argentino se transformó en la pretensión presidencial del anarcocapitalismo. Segundo, en este siglo apareció la figura del papa Francisco que avanzó sobre la primera encíclica social de la Iglesia, Rerum Novarum, promulgada por el papa León XIII y que sobrevive en el actual pontífice, León XIV. Para la Iglesia, Milei simboliza todo lo que está mal. Porque con él reviven los temores del pasado, pero recargados por su extremismo ideológico y sus desvaríos mesiánicos. Su darwinismo libertario, el individualismo exacerbado, la desaparición progresiva del Estado, su violencia verbal y los insultos como norma de relacionamiento oficial, la instigación explícita al odio, su obsesión con la homosexualidad, su desinterés por la familia y la patológica comparación de sus perros con hijos humanos, la afirmación de que su hermana es la reencarnación de Moisés y él la de su hermano Aarón, su creencia de que mantiene contactos directos con Dios a través de Karina. Parece natural que una de las voces que vienen a ocupar el vacío opositor sea la de un heredero de Bergoglio. Mientras se llena el vacío. Milei es un católico de nacimiento, que reza con los evangélicos y se percibe judío. Así como pasó de decir que el papa Francisco era “el representante del Maligno en la Tierra” a ir a pedirle disculpas al Vaticano, ahora pasó de rechazar las visitas de los obispos argentinos a retomar el hábito de las homilías por el Día de la Independencia. Con Francisco, el cambio devino tras la llegada de Milei a la presidencia de un país católico. Ahora, el giro obedece a la esperada visita del nuevo papa en noviembre. Habrá que ver si para entonces los sectores que comparten total o parcialmente las críticas de la Iglesia habrán encontrado a los políticos que mejor los representen. Hasta que eso ocurra, seguirán siendo otros actores los que llenen este vacío que debería interpelar tanto a los dirigentes opositores como a sus representados.