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Entre montañas y junto al Chimehuin, un viñedo neuquino apuesta por crecer en calidad

En una estancia ubicada entre Junín y San Martín de los Andes, una hectárea de vides desafía las condiciones de la cordillera neuquina. El proyecto comenzó de manera experimental en 2004 y hoy produce seis variedades seleccionadas por su adaptación al lugar. Con certificación orgánica y una fuerte mirada ambiental, Viñedos de la Estancia Chimehuin elabora vinos con identidad propia.
En el valle del río Chimehuin, allí donde el paisaje cordillerano impone sus propios tiempos y las heladas pueden aparecer prácticamente durante toda la temporada productiva, una hectárea de viñedos lleva más de dos décadas buscando la mejor expresión posible de este rincón de la Patagonia.
Se trata de los Viñedos de la Estancia Chimehuin, ubicados entre Junín y San Martín de los Andes, dentro del departamento Lácar. Un proyecto que comenzó en 2004 como una experiencia productiva y que, con los años, encontró en la selección de variedades, el manejo orgánico y el cuidado de los recursos naturales su propia identidad.
Clara Rubio es ingeniera agrónoma, trabaja en el establecimiento desde 2012 y actualmente administra la estancia. Conoce de cerca el proceso de adaptación de las vides y la búsqueda permanente por obtener uvas de calidad en un ambiente con características muy particulares.
“Este viñedo es experimental. Se comenzó con una hectárea en el año 2004. La administradora que estaba anteriormente, junto con el dueño de ese momento, decidieron hacer una producción intensiva en este lugar”, explicó.
La elección no fue casual. Según Rubio, el valle del Chimehuin presenta condiciones particulares que favorecen el desarrollo de la vid. “Tenemos un clima muy acorde para estas plantas. Generalmente, en el valle del río Chimehuin tenemos una temperatura un poco más alta que en Junín y San Martín”, señaló.
A las condiciones climáticas se sumó un trabajo sostenido sobre el suelo para acompañar el desarrollo de las plantas. Así comenzó una experiencia que tuvo como propósito inicial conocer cuáles eran las variedades capaces de responder mejor a este territorio.
El carácter experimental del viñedo permitió ensayar inicialmente alrededor de once variedades. El paso del tiempo, las cosechas y la observación de su comportamiento fueron marcando el camino.
“Empezamos a reducir y nos quedamos con las que más se desarrollaban en cuanto a producción y calidad”, explicó Rubio.
Actualmente, entre las tintas se cultivan Pinot Noir, Merlot y Malbec, mientras que las blancas elegidas son Chardonnay, Sauvignon Blanc y Gewürztraminer. Son las seis variedades que lograron destacarse luego de años de experimentación y de un trabajo realizado también junto al INTA.
A partir de las uvas tintas se produce un vino reserva que combina Pinot Noir, Merlot y Malbec. En tanto, la estancia se prepara para sumar un nuevo capítulo a su historia con la primera producción orgánica de vino blanco, elaborada a partir de las tres variedades blancas que permanecieron luego del proceso de selección.
Detrás de esa elección hay años de replantes, reemplazos y aprendizaje sobre las características del lugar.
“Muchas variedades tuvimos que reemplazarlas y cambiarlas por las que realmente se daban en esta zona, con este clima y este ambiente”, contó la ingeniera agrónoma.
Producir en un territorio de heladas
Hacer vino en este sector de la cordillera implica también convivir con un desafío permanente: las bajas temperaturas.
A diferencia de otras regiones vitivinícolas, la estancia no cuenta con un período completamente libre de heladas. Por eso, desde que comienza el ciclo vegetativo en primavera hasta el final de la cosecha, el seguimiento debe ser constante.
“Las heladas a veces nos juegan unas pasadas difíciles. No tenemos período libre de heladas, entonces estamos atentos durante toda la temporada, que va de octubre a abril”, explicó Rubio.
Esa condición forma parte de la personalidad del viñedo. Más que intentar transformar el lugar para reproducir modelos de otras regiones, el trabajo desarrollado durante estas dos décadas permitió comprender cuáles son las variedades que mejor dialogan con el clima y el suelo del Chimehuin.
El objetivo, asegura Rubio, es conseguir que cada una de ellas pueda “expresar su mayor potencial”.
La historia de la estancia también fue avanzando hacia una forma de producción en la que el cuidado ambiental ocupa un lugar central. El establecimiento adoptó un manejo orgánico y, de acuerdo con Rubio, se convirtió en el primer viñedo certificado orgánico de la zona y el primero de San Martín de los Andes.
“Como estancia estamos muy comprometidos con el medio ambiente y el cuidado de los recursos”, destacó.
Ese compromiso se traduce especialmente en la utilización responsable del agua, el manejo del viñedo y la búsqueda de prácticas que reduzcan el impacto de la actividad sobre el entorno.
“Todo lo que tenga que ver con el impacto ambiental y con lograr que la calidad se exprese de la mejor manera, en armonía con el medio ambiente, es lo que más nos impulsa”, sostuvo.
La filosofía también define el futuro del proyecto. Después de más de 20 años de aprendizaje, la meta no pasa por sumar hectáreas ni aumentar considerablemente el volumen de producción.
“No pensamos en crecer en cuanto a hectáreas. Hoy la idea es crecer en cuanto a calidad”, resumió Rubio.
En esa frase se condensa buena parte de la historia de los Viñedos de la Estancia Chimehuin: una hectárea que comenzó como un ensayo, once variedades que fueron puestas a prueba y seis que finalmente encontraron su lugar.
Entre montañas, junto al río y bajo la permanente vigilancia de las heladas, este pequeño viñedo cordillerano continúa buscando su mejor versión. Una producción hecha en Neuquén que encuentra su diferencial no en la escala, sino en el territorio, el cuidado del ambiente y la decisión de dejar que cada uva exprese las características del lugar donde nació.













