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La invención de ‘la estrella’ del rock



Antes de la irrupción de Charly García en la escena, que no volvió a ser la misma, el rockero era una institución solemne, en la que la poesía y el desencanto político se fusionaban en una suerte de trovador con guitarra eléctrica. El Charly de Sui Generis respondía a esa imagen, pero ya presentaba algunos matices que lo hacían único, como una ironía sutil pero nueva. Una ironía que no haría más que amplificarse hasta desembocar en Serú Girán, después de la breve pero importantísima incursión en el rock progresivo de la mano de la Máquina de hacer pájaros. Creado a imagen y semejanza de aquella época inmediatamente anterior en la que se enamoró de su futuro amigo Luis Alberto Spinetta, Charly empezó a construir su camino de irreverencia de a poco. Primero fue esa ausencia total de miedo para responderle a los poderes de facto, luego fue la secuela que dejó esa valentía: una especie de despreocupación y disposición cotidiana al escándalo. El matrimonio entre Charly y los años ’80 fue un terremoto de calidad musical y desenfreno. Es difícil establecer cuál fue su mejor década creativa, pero está claro que los discos que sacó en esos años no solo son excelentes, sino que también reflejan ese ánimo de cambio de sonido valiente, sin necesidad de pisar en un lugar seguro y cómodo. Esa antena del artista para percibir cambios de paradigma y transformar, en el vórtice del pasado y el futuro, un presente creativo, que le hable a millones sin perder su calidad. Ya en los ’90, Charly lanzó su concepto Say No More. Una especie de muerte al lenguaje personal. El disco que ancló en concepto, en el ’96, apelando a la disonancia, a las capas superpuestas, al collage y la desafinación. Casi como si clamara: “Ya lo dije todo”. O, en sus palabras: “Decía simplemente que se había producido un incendio/ al llegar los bomberos, encontraron/ un hombre en una cama en llamas”. Fue la época del teñido de rubio, los graffitis y la grabación eterna. Ya en 2000 siguió profundizando en el caos. El 3 de marzo de ese año, después de un incidente policial en Mendoza, Charly se lanzó al vacío desde el noveno piso del Hotel Aconcagua hacia la pileta. Salió ileso y dio una nota desde el agua.

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Más de 26 años pasaron desde aquel día. En el medio, sus shows se volvieron impredecibles, editó discos geniales como Influencia, se internó en 2008, Palito Ortega se lo llevó a Luján para que se rehabilite y en 2009 lanzó el Concierto Subacuático, en un Vélez torrencial. Y, por supuesto, hay más hitos. Pero la historia de Charly es la de la verdadera estrella de rock. Quizás la última y hasta podría pensarse: la única. Un hombre que vivió para el rock, llevando la bandera de su evolución sin concesiones ni descanso.

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