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Las máquinas y el segundo Renacimiento

Cuando murió Steve Jobs, adherí a una idea que había leído en una revista: que había muerto el Leonardo Da Vinci del siglo XX. Me criticaron duro. Periodistas de varios medios me cayeron encima por decir semejante cosa. Cómo iba a comparar a un genio del Renacimiento con un tipo del marketing, un vendedor de computadoras. No entendieron nada. Yo no estaba haciendo un elogio publicitario, estaba haciendo un diagnóstico. Jobs era un polímata en un mundo que había dejado de fabricarlos, y por eso incomodaba tanto. No era un marciano del futuro. Era un sobreviviente del pasado. Pensemos qué fue el Renacimiento. Leonardo pintaba, diseñaba máquinas y abría cadáveres para estudiar anatomía. Miguel Ángel esculpía el David y levantaba una cúpula como ingeniero. No se preguntaban “¿qué soy?”. Eran muchas cosas porque todavía no habían inventado la obligación de ser una sola.
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Hoy esos tipos nos parecen un milagro. Ahí está el error. Lo asombroso no es que existieran, es que dejáramos de producirlos. ¿Quién nos convenció de ser una sola cosa? La fábrica. La era industrial no necesitaba genios completos, necesitaba especialistas: gente que hiciera una tarea, siempre la misma, callada. Y rediseñó la escuela para fabricar piezas. Miguel Ángel esculpía el David y levantaba una cúpula como ingeniero. No se preguntaban ‘¿qué soy?'”https://www.perfil.com/noticias/sociedad/capilla-sixtina-juicio-final-pascua-miguel-angel-y-los-7-pecados-capitales-de-un-genio-pecador.phtml El secundario fue la cadena de montaje: el timbre que te parte el día en materias que no se hablan entre sí, la nota que premia al que repite y castiga al que pregunta. Y la universidad remató la obra: elegí un camino a los dieciocho y no te salgas más. Nos vendieron esa amputación como madurez. Y el día que renunciás a todo lo que sos para ser una sola cosa, matás tu creatividad. Encajás perfecto, y la vida se vuelve plana. Ahora la máquina cambia el tablero. El especialista pierde la batalla contra la inteligencia artificial: sea cual sea tu especialidad, la hace más rápido y más barata que vos. Pero no es una condena, es una liberación. Internet democratizó el conocimiento; la IA democratiza la creación. Y en ese mundo gana el que la fábrica había condenado: el curioso, el que mezcla, el que conecta lo que no tenía relación. Los que la escuela marcó como dispersos vuelven a la cima. El primer Renacimiento redescubrió al ser humano creativo. Este nos devuelve el permiso a ser completos. Y acá aparecen dos voces que quieren venderte la salida, y las dos mienten. La primera es la del liberalismo cruel. Te dice, con una sonrisa, que si no servís no existís. Que si la máquina te reemplazó, es tu problema. Que no tenés derecho a la salud, ni a la educación, ni a comer, ni a vivir, si no estás produciendo algo que alguien compre. Es la ley de la selva con corbata: el que no rinde, sobra, y al que sobra que se lo trague la calle. La segunda es más simpática pero igual de inútil. Es la del progresismo berreta, que frente a lo que viene no se le ocurre nada mejor que prometerte volver. Volver al pleno empleo, volver a la fábrica, volver al mundo de ayer. Le habla a un trabajador que casi no existe, en un mundo que ya no existe, con nostalgia en vez de ideas. Y hay algo más, que es su límite de fondo: se especializó en defender minorías porque se quedó sin proyecto para las grandes mayorías del mundo. Defiende a este sector y a aquel, cada causa por separado, indignándose de a una por vez, y todas esas causas son absolutamente necesarias y hay que defenderlas. Pero no tiene una política para el todo. No tiene un proyecto donde esas mismas minorías queden contempladas dentro de algo más grande, un mundo donde el dinero deje de ser lo que marca el estatus y decide quién pertenece y quién no. Defiende las partes porque perdió la idea del conjunto. Y yo les hablo a otros. A los que no quieren volver. A los que no extrañan la fábrica ni la cadena de montaje, porque descubrieron en la máquina algo maravilloso, y en la inteligencia artificial una herramienta genial para hacer muchas cosas a la vez, para ser otra vez completos. Esa gente no quiere que la salven devolviéndola a la esclavitud del reloj. Quiere otra cosa, que nadie le está ofreciendo. Le tengo miedo a otra cosa, porque la máquina no cayó del cielo ni nació inocente; la creamos con intereses muy concretos atrás: la guerra, el dominio del mundo, el comercio” Porque el problema de fondo es más hondo que la tecnología. Durante siglos organizamos la vida entera alrededor del trabajo. El trabajo fue el eje: te definía, te daba lugar, decidía si comías y si valías. Y ese eje es justo el que hoy nos mete en la trampa, el que nos obliga a elegir entre el liberal que te deja morir y el progresista que te quiere mandar de vuelta a la línea de producción. Los dos dan por sentado lo mismo: que sin trabajo no hay vida. Mientras no discutamos eso, seguimos siendo autómatas de una producción que ya perdió sentido, corriendo en una rueda solo porque no sabemos vivir sin la rueda. La salida no es tecnológica, es política. Y tiene nombres concretos. Una renta básica universal, que desate el derecho a existir de la obligación de emplearse. Una jornada laboral mínima, que reparta el trabajo que quede en vez de dejar a unos quemados y a otros tirados. No son utopías de café: son las herramientas para que lo que producen las máquinas vuelva a la gente y no se concentre en cuatro manos. Y para empezar a construir lo más difícil de todo, una forma nueva de entendernos, donde a nadie se le pregunte “¿de qué trabajás?” como si ahí estuviera su valor. Por eso hace falta construir una política de futuro de verdad, y no eslóganes. Preguntarse en serio qué hacemos con la máquina. A quién pertenecen los datos, que son la materia prima de todo esto, hoy en manos de un puñado de empresas. Cómo va a impactar la inteligencia artificial en cada una de nuestras actividades cotidianas, en el que maneja, en el que enseña, en el que cura, en los servicios y en las profesiones. Y con esas respuestas, recién ahí, diseñar una política de país. Para la Argentina, o para cualquier lugar desde donde estés leyendo esto. Porque el que no decide qué hace con la máquina, termina siendo decidido por los que sí saben lo que quieren hacer con ella. El sueño del algoritmo soberano Acá quiero volver a Jobs, y a los que me criticaron. Tenían razón en un dato y erraban en el fondo: sí, Jobs vendía. Pero vendía porque antes mezclaba, conectaba, cruzaba la caligrafía con la ingeniería y el diseño con la filosofía. Hacía lo que Leonardo. Lo confundieron con un vendedor porque ya no sabían reconocer a un hombre completo cuando lo tenían enfrente. El futuro no es de los que saben una cosa, sino de los que se animan a ser muchas. Yo no le tengo miedo a la inteligencia artificial. Le tengo miedo a otra cosa. Porque la máquina no cayó del cielo ni nació inocente. La creamos con intereses muy concretos atrás: la guerra, el dominio del mundo, el comercio. Para cualquiera de esos fines, una máquina puede hacer algo tremendo, que es estupidizar a la gente, volverla idiota, tenerla entretenida y mansa mientras otros deciden. Esa es la versión de la IA que ya está en marcha, y no hace falta imaginarla. Y esto no es nuevo. En 1845, un muchacho de veinticuatro años llamado Federico Engels caminó las fábricas de Manchester y escribió lo que vio: máquinas que multiplicaban la riqueza mientras la gente que las hacía andar vivía peor que antes. La máquina producía como nunca, y al obrero no le llegaba nada. Pasó medio siglo hasta que eso se dio vuelta, y no se dio vuelta solo. Hubo que inventar los sindicatos, pelear leyes, arrancar derechos a la fuerza. La máquina no repartió nada por buena: repartió lo que le arrancaron. La soberanía que sí podemos pagar Hoy, con la inteligencia artificial, estamos parados en el mismo lugar que Engels en Manchester. Con una sola ventaja: tenemos el diario del lunes. Sabemos cómo termina esta película si la dejamos correr sola. La pregunta es qué vamos a tener que inventar ahora, qué va a ser el sindicato de esta época para que esta vez la cosa no tarde medio siglo. Porque en definitiva, la cuestión no radica en si la máquina es buena o mala. Es si vamos a ser capaces de hacer que sirva al bien común y no a los intereses de siempre. Ni la máquina de ayer ni la de hoy nos quitaron nunca nada. Lo que no nos permitió una vida más justa para todos es el capitalismo voraz: la especulación, los seres humanos inescrupulosos que manejaron las fábricas y hoy manejan los datos. La misma inteligencia artificial que ellos usan para idiotizarnos puede, bien usada y bien repartida, devolvernos todo lo que esos tipos nos quitaron. No lo va a decidir la tecnología. Nos dijeron que había dos caminos: el del que te deja caer y el del que te quiere llevar de vuelta a ayer. Hay una tercera opción, y es pensar el futuro. Pensarlo nosotros, antes de que nos lo entreguen pensado. *Asesor político en innovación digital, comunicador, dramaturgo