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Los Altos del Golán y la “guerra de los siete frentes” de Israel



No le faltan antecedentes a Omar Bula Escobar, novedoso canciller de Colombia. Estudió Ciencias Económicas en la Universidad Católica de Lovaina, Administración de Empresas en la European Business School —una escuela de negocios privada de alcance internacional— y se especializó en Administración Corporativa en la Escuela de Negocios de Harvard. Durante más de dos décadas lideró programas de emergencia de gran escala, entre ellos uno de US$ 3.000 millones en Irak, y operaciones humanitarias en contextos de conflicto como Sudán y Somalia. Analista de geopolítica y de perfil técnico-diplomático con experiencia multilateral, se alinea con el trumpismo, defiende el restablecimiento de las relaciones con Israel y propugna una política exterior pragmática orientada hacia Occidente. Con su firma, Colombia reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, convirtiéndose en el segundo país del mundo en hacerlo después de Estados Unidos en 2019. El elevado costo diplomático y la utilidad incierta de esa decisión invitan a reflexionar sobre ella; en las facultades de Ciencias Económicas y las escuelas de negocios, se entra a su manera en el conocimiento de la historia.

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Los Altos del Golán constituyen una meseta rocosa situada en el suroeste de Siria, en la zona fronteriza entre Israel, Siria, Líbano y Jordania; antes de 1967, Siria utilizaba esta elevación para bombardear el norte de Israel. Su elevada altitud —el monte Hermón supera los 2.800 metros— otorga a Israel una posición estratégica privilegiada: permite vigilar el sur de Siria y la capital, Damasco, y funciona como barrera natural frente a posibles amenazas. Además, la región aporta una parte significativa de los recursos hídricos israelíes, ya que las lluvias que caen en su cuenca alimentan el río Jordán y el mar de Galilea, y posee suelos volcánicos fértiles aptos para el cultivo de viñedos y la ganadería. En la zona controlada por Israel viven actualmente alrededor de 55.000-60.000 personas: unos 30.000-31.000 israelíes judíos repartidos en aproximadamente 35 asentamientos, y cerca de 23.000-24.000 árabes, en su mayoría drusos, que se identifican predominantemente como sirios y, por lo general, rechazan la ciudadanía israelí, aunque tienen derecho a solicitarla. Estos territorios pasaron a control israelí durante la Guerra de los Seis Días (también conocida como Tercera Guerra Árabe-Israelí), librada entre el 5 y el 10 de junio de 1967. En ese breve y decisivo conflicto, Israel se enfrentó a una coalición árabe liderada por Egipto, Jordania y Siria —con participación de Irak y apoyo de otros Estados árabes—, y logró ocupar la península del Sinaí y la Franja de Gaza (a Egipto), Cisjordania y Jerusalén Este (a Jordania), y los Altos del Golán (a Siria). Como consecuencia, cientos de miles de palestinos y sirios huyeron o fueron desplazados. La Cumbre de la Liga Árabe en Jartum se celebró del 29 de agosto al 1 de septiembre de 1967, poco después de la Guerra de los Seis Días (junio de 1967). Allí se adoptó la Resolución de Jartum, cuyo punto 3 incluye los “tres noes”: no paz con Israel, no reconocimiento de Israel y no negociaciones con Israel (junto con la insistencia en los derechos del pueblo palestino). Fue una reacción a la derrota árabe y a la ocupación israelí de territorios. En noviembre de 1967, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 242, que pedía la retirada israelí de los territorios ocupados a cambio de paz y reconocimiento mutuo. El reconocimiento unilateral de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán por Estados Unidos en 2019 y por Colombia en 2026 —dos decisiones alineadas— rompió el consenso internacional que, desde la Resolución 497 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas de 1981, considera ese territorio sirio ocupado y declara nula su anexión. La medida provocó nuevas condenas de Siria, la Liga Árabe, Egipto, Arabia Saudita, Turquía y otros Estados árabes. Estos gestos contemporáneos no pueden entenderse al margen de una historia más larga y amarga, cuyos fragmentos —como escribió Janet Wallach— se remontan a las conversaciones de paz de París que comenzaron el 23 de enero de 1919. En los días previos, los delegados de las potencias vencedoras se mofaban abiertamente de la idea de autogobierno para Mesopotamia o Siria, pese a que durante la guerra habían recibido la ayuda militar de los árabes y se habían comprometido a no defraudarlos. Apenas dos años antes, el 2 de noviembre de 1917, el ministro de Asuntos Exteriores británico Arthur James Balfour había enviado al barón Lionel Walter Rothschild una carta pública de apenas 67 palabras centrales en las que el gobierno de Su Majestad contemplaba “con beneplácito el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío”. Y aún antes, en mayo de 1916, el diplomático británico Sir Mark Sykes y el francés François Georges-Picot habían firmado un acuerdo secreto para repartirse los territorios árabes del Imperio Otomano una vez derrotado. Ni la lucha común en el desierto contra los turcos —encarnada en la alianza entre T. E. Lawrence y el emir Faisal— ni las palabras de simpatía que este último dirigió en 1919 a Félix Frankfurter (“Nosotros los árabes […] contemplamos con profunda simpatía el movimiento sionista”) lograron alterar el cálculo imperial. Francia no estaba dispuesta a renunciar a Siria ni Gran Bretaña a ceder Irak. El petróleo se había convertido ya en un recurso estratégico de primer orden; como declaró el propio Lord Curzon, los Aliados “navegaron hasta la victoria sobre una ola de petróleo”. Así, las fronteras y las promesas rotas de 1916-1919 siguen proyectando su sombra sobre las disputas territoriales del presente, incluido el estatus de los Altos del Golán. Para quienes simpatizan con Trump, no es una idea descabellada tocarle el corazón viajando por el camino de Israel. Colombia mantiene una agenda de seguridad históricamente ligada a Estados Unidos, y durante décadas Israel contribuyó de manera significativa a la formación de las fuerzas armadas colombianas en la lucha contra las FARC y, más tarde, contra el narcotráfico transnacional. Mientras los movimientos antiimperialistas colocan el conflicto palestino-israelí en el centro de su narrativa, sectores de la extrema derecha perciben que cultivar una relación cercana con Israel es una forma de ganarse la atención de Washington. A ello se suma la “diplomacia de desastres” que Israel ha intensificado en la región: la ayuda humanitaria tras emergencias naturales abre espacios para reparar o fortalecer vínculos políticos (como ha documentado Blaise Malley). Sin embargo, este posible retorno a un patrón de alineamiento de décadas atrás no está exento de riesgos. Trump es volátil en su concepción de la soberanía: en un discurso reciente en la Academia de Policía del Condado de Nassau (Nueva York) afirmó que, una vez derrotado Irán, “muy pronto declararé el Estrecho de Ormuz como territorio de Estados Unidos”. También lo es en el trato a sus socios. Un borrador interno del Departamento de Estado, divulgado por Reuters, advierte a los firmantes de la AI Opportunity Statement (junio de 2026) y a los participantes de Pax Silica —la coalición estadounidense para asegurar cadenas de suministro de modelos de IA, semiconductores y minerales críticos— que deberán elegir de forma exclusiva entre el ecosistema estadounidense y el marco rival impulsado por China. Quien intente mantener dobles lealtades quedará excluido. Colombia aún no forma parte de Pax Silica; Argentina sí. La Guerra de los Seis Días enfrentó al egipcio Gamal Abdel Nasser con el israelí Levi Eshkol. El primero era un panarabista que aspiraba a construir Estados árabes modernos y laicos, liberados de las influencias poscoloniales. El segundo no veía la guerra como una posibilidad inminente y consideraba que la ocupación egipcia de la península del Sinaí era, sobre todo, una táctica de presión para disuadir a Israel de actuar contra Siria. Hubo guerra. Israel resultó militarmente victorioso y redibujó el mapa de Oriente Medio. Nasser y Eshkol murieron de infarto —uno a los 52 años, el otro a los 73—; para quienes los conocían de cerca, ambos se fueron “con el corazón roto”. Hoy el escenario es la llamada “guerra de los siete frentes” de Israel (Gaza/Hamás, Líbano/Hezbollah, Siria, Yemen/hutíes, Cisjordania, Irak e Irán), intensificada tras el 7 de octubre de 2023 y ampliada en 2025-2026 con enfrentamientos directos contra Irán. En este contexto, resulta indudable que Omar Bula Escobar conoce Oriente Medio: trabajó allí. Si administró un programa de US$ 3.000 millones en Irak, entiende de operaciones de gran escala; y si es trumpista, entiende de petróleo. Sin embargo, ni siquiera Trump las tiene todas consigo. Su vicepresidente, JD Vance, respondió a las críticas de los ministros israelíes de extrema derecha Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich al acuerdo de Estados Unidos con Irán con una frase contundente: “No se puede simplemente matar para resolver todos y cada uno de los problemas de seguridad nacional”. La posición recuerda a la de George C. Marshall, secretario de Estado de Harry S. Truman, quien llegó a afirmar que, si el presidente reconocía de inmediato al nuevo Estado de Israel, él votaría en contra. Mientras tanto, el primer mandatario argentino cortó por lo sano y se autoproclamó “el presidente más sionista del mundo”. Cualquier cosa antes de pasar desapercibido.

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