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Lourdes Aguiar: la historia de la periodista que encontró en el deporte una nueva forma de vivir



Lleva casi 21 años produciendo noticias contra el reloj. Y desde 2011 corre maratones, aunque de chica casi se ahoga y juró que nunca sería “buena para el deporte”. Esta es la historia de cómo el running, un perro llamado Corleone y una decisión silenciosa la convirtieron en otra persona.

“Trabajar en producción periodística es como correr una carrera: exige rapidez, pero también una enorme capacidad de concentración”, dice en esta edición especial de El Diario de Vanesa.

Son las 3:50 de la madrugada y en algún lugar de la ciudad ya hay una luz encendida. Lourdes Aguiar se levanta antes de que el resto del mundo termine de dormir, en un horario que a cualquiera le sonaría a castigo pero que ella describe, sin dramatismo, como parte de su rutina. Lleva casi veintiún años haciendo lo mismo dos veces por día: primero para producir un noticiero, después para correr. Dos carreras contra el tiempo, libradas con las mismas armas.

“Trabajar en producción es como correr una carrera: exige rapidez, pero también una enorme capacidad de concentración”, dice, y la frase podría ser el resumen de su vida entera. Porque en esas dos palabras —rapidez y concentración— cabe tanto el vértigo de un piso de noticias que cambia de tema en un segundo como los últimos kilómetros de una maratón, cuando el cuerpo pide parar y la cabeza tiene que decidir si le hace caso.

El oficio de reaccionar

Licenciada en Periodismo, Aguiar trabaja en la producción de un noticiero de El Trece desde hace casi dos décadas. Ahí aprendió que la actualidad no negocia: uno arma un programa pensando en un tema y, de un momento a otro, la noticia se transforma y hay que reorganizarlo todo. “Es muy parecido a una competencia: uno planifica una estrategia, pero a veces las cosas no salen como estaban previstas y hay que reorganizarse mentalmente para seguir adelante”, explica.

No habla de deporte cuando dice esto. O sí, pero a través del lenguaje del trabajo. Para ella no hay una frontera clara entre ambos mundos: los dos le exigen responsabilidad, los dos la obligan a sostenerse en pie cuando el plan original se derrumba. “Estamos tratando de contar lo que sucede con la mayor veracidad posible, sabiendo además que somos una fuente de información para la sociedad. Esa responsabilidad también la traslado a mis entrenamientos.”

Corleone, o el verdadero origen

Antes de las maratones, antes del triatlón, antes de las palabras de anclaje y la visualización, hubo un cachorro. Se llamaba Corleone y llegó a su vida en 2011. Aguiar cambió su rutina para que no estuviera tanto tiempo solo: aprovechaba las siestas para sacarlo a caminar alrededor de la manzana. Primero caminaba. Después alternó caminata y trote. Más adelante se animó a subirse a una cinta de gimnasio. Así, casi sin darse cuenta, empezó todo.

Antes de eso se repetía una frase como un mantra al revés: que no era buena para correr, que no podía respirar bien, que le dolían las rodillas. Con los años descubrió que parte de eso tenía una explicación médica —un tabique desviado que se operó en 2020—, pero también entendió algo más incómodo: “el verdadero límite estaba en mi cabeza”.

Corleone murió el año pasado. Su pérdida, dice Aguiar, fue uno de los dolores más grandes que le tocó atravesar, y paradójicamente también la empujó hacia adelante: fue ese duelo el que la llevó a estudiar coaching deportivo y a formarse como personal trainer. “Cuando atravesamos un duelo tan profundo, necesitamos encontrar nuevos objetivos para salir adelante”, dice, y ahí está otra vez esa lógica suya de convertir cada golpe en un punto de partida.

El agua que daba miedo

Si hay un capítulo que Aguiar cuenta con la voz más baja, es el del agua. De chica vivió una experiencia traumática —casi se ahoga— que se transformó en una fobia de más de veinte años. El triatlón la obligó a mirarla de frente.

Lo que la empujó a aprender a nadar, dice, fue ver competir a su marido, Walter. “Sentí que no quería pasar el resto de mi vida con ese miedo.” Aprendió, aunque nunca fue su punto fuerte y todavía hoy le cuesta. Recuerda con precisión de fotografía la largada de una prueba de aguas abiertas en la Isla de Pascua: la bocina, los demás competidores corriendo hacia el mar, y ella avanzando despacio, con pasitos cortos, preguntándose qué estaba haciendo ahí.

Cada largada repite el mismo ritual interno. “Yo puedo. Ya aprendí. Sé hacerlo. Lo voy a lograr”, se dice, hasta salir del agua. No es que el miedo haya desaparecido: es que aprendió a no dejar que decida por ella.

La tortuguita de las maratones

Corrió su primera maratón en 2013, entrenada casi enteramente sobre una cinta, cambiando de máquina en el gimnasio para no gastar siempre la misma. Desde entonces sumó más de veinte, en Buenos Aires, Berlín, Londres, Nueva York, Chicago, Sídney, China y la Isla de Pascua, entre otras ciudades. Si todo sale bien, en septiembre correrá una más.

Se define sin vueltas: “No soy una corredora rápida. Siempre digo que soy una tortuguita.” Pero asegura que ninguna otra competencia le da la felicidad que le da cruzar la meta de una maratón, la distancia que más la exige y, por eso mismo, la que más la conmueve.

Ese relato de superación tiene, sin embargo, sus matices. Aguiar no romantiza el sacrificio: cuenta, por ejemplo, una carrera a la que llegó con una gastroenteritis fuerte y que terminó por pura obstinación, ignorando a quienes intentaban ayudarla en el camino. Hoy lo mira distinto. “No tenía nada que demostrar”, dice, y de ahí extrae una idea que repite de varias formas a lo largo de la charla: que no siempre abandonar es fracasar, y que a veces el verdadero desafío no es resistir, sino reconocer cuándo hay que parar.

Hablarse como a alguien que se ama

Del deporte, Aguiar sacó una herramienta que aplica todos los días, dentro y fuera de la pista: el diálogo interno. Durante una maratón, cuando el cansancio aprieta y la cabeza empieza a decir basta, hay una voz que insiste: “Vos podés. Ya falta menos. Todo va a estar bien.” Esa misma voz, dice, también sirve para los momentos difíciles de la vida.

Hoy se dedica a acompañar a otros como coach deportiva, un camino que nació, según explica, de una búsqueda personal. “El coach no viene a resolver los problemas de nadie, sino a ayudar a que cada uno encuentre sus propias respuestas.” Trabaja con palabras de anclaje, diálogo interno, visualización de objetivos. Antes de una carrera se imagina cruzando la meta, no ganando: sencillamente llegando, recibiendo la medalla, sintiendo que cumplió.

Uno de los ejercicios que más le gusta proponer en sus sesiones de coaching tiene que ver con el lenguaje que usamos con nosotros mismos. Escucha frases como “no soy bueno para esto” o “no voy a poder” y pide un ejercicio simple: imaginar que esas mismas palabras se las decimos a alguien que amamos. Nadie le hablaría así a un hijo, a un hermano, a una pareja. “Entonces, ¿por qué lo hacemos con nosotros mismos?”

El deporte y la salud mental, mirados desde la producción

Aunque aclara que no trabaja en periodismo deportivo sino en producción periodística, Aguiar sigue de cerca cómo cambió la conversación sobre la salud mental en el deporte de alto rendimiento. Cita ejemplos recientes: el proceso terapéutico de Emiliano “Dibu” Martínez, las palabras que Enzo Fernández se escribe en las muñecas para mantenerse concentrado. “Durante muchos años parecía que todo dependía del entrenamiento, la alimentación, el descanso y la preparación física. La salud mental quedaba completamente relegada, cuando en realidad nuestra mente es la que gobierna el cuerpo.”

También hay una crítica, formulada con cuidado pero sin rodeos, hacia una costumbre que todavía persiste: la de solo celebrar al que gana y dejar en la sombra a quien no sube al podio, como si los años de entrenamiento detrás de cada intento no valieran nada. “Como comunicadores tenemos una gran responsabilidad: tratar estos temas con respeto y comprender que un deportista vale mucho más que un resultado.”

Lo que queda después de la meta

Hay una pregunta que Aguiar responde con una calma que suena aprendida a fuerza de repetición: qué pasa con el vacío que llega después de cumplir un objetivo grande. “Nunca se vuelve a empezar desde cero. Siempre se vuelve desde la experiencia”, dice. Las medallas colgadas en su casa no son trofeos vacíos: son, según su propia definición, una historia condensada de meses o años de esfuerzo.

Cuando se le pregunta qué le diría hoy a la niña que tenía miedo del agua, que se creía mala para el deporte, no duda: le diría que siguiera adelante, que no abandonara sus sueños. “Nada me resultó fácil. Pero aprendí que la perseverancia termina construyendo caminos que uno jamás imagina.”

Y si hubiera una última carrera, si al cruzar la meta la esperara la persona que más confió en ella, sabe exactamente a quién vería ahí parado: a Walter, su marido, el que la empujó a correr sin saberlo, el que en las carreras termina antes que ella y en vez de descansar vuelve a buscarla para acompañarla los últimos kilómetros. Sabe, también, exactamente qué le diría.

Gracias.

Por acompañarla. Por respetarla. Por ayudarla a soñar. Por caminar este camino con ella.

Lourdes Aguiar sigue entrenando, ahora para las competencias híbridas conocidas como Hyrox, y prepara una nueva maratón para septiembre. Sigue estudiando, sigue produciendo noticias a las cinco de la mañana con la cabeza puesta en la actualidad del día. Y sigue corriendo despacio, como una tortuga, convencida de que la velocidad nunca fue el punto.

Terminamos la charla y con un horizonte lleno de emoción y admiración, tratamos de que también a quien lee esta edición especial de EL Diario de Vanesa le suceda lo mismo. 

¡Será hasta la próxima!

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