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Mauro Mauad y una historia de película: del Alto Valle a las grandes producciones internacionales
Su historia podría ser un guion de cine, una obra teatral o una composición de tempos variados y silencios profundos con una melodía persistente: el arraigo. Con la raíz metida en la barda de Centenario, se atrevió a poner en jaque su seguridad laboral en la empresa familiar para dar lugar a su deseo de tocar la guitarra hasta que el mundo se enamore de su voz. Músico, compositor, modelo, actor, productor y gestor cultural, es ejemplo de quien cruza fronteras y resiste hasta concretar su sueño.
El sol de la tarde abriga las reuniones en la plaza contigua al canal de Cinco Saltos. La siesta ya no es la obligación de antaño. Los niños juegan, los adolescentes charlan mientras comparten un mate y los de mayor edad se sientan a contemplar el movimiento citadino. En la puerta del tradicional cine Español, Mauro recibe a sus contados invitados a una cita única. Va a proyectar en pantalla grande su última película, Un amor inevitable, que se estrenaría próximamente. Verla en la ventana de plata era una tarea pendiente en su faceta de productor y director para hacer los ajustes necesarios antes de engalanar las salas colombianas. Con felicidad en el rostro, ubica a su público con la misma pasión y el mismo entusiasmo con el que lo haría a sala llena. Las luces se apagan precisamente cuando la pantalla se ilumina para ofrecer, en cada destello, todo lo que es Mauro Mauad.
Mauro nació en Catriel y a muy temprana edad su familia echó raíces en Centenario. Transitó su infancia en la vereda, como el común de quienes hoy abrazan las cinco décadas. Desfachatado, perspicaz y de ojos sobresalientes, ya desde el jardín de infantes mostraba su histrionismo, recitando versos con elegancia en los actos escolares. En su propio revisionismo histórico, adjudica ese talento a la herencia lírica recibida de sus padres, quienes le enseñaban poesías de Héctor Gagliardi. La rima le quedó incorporada en el cuerpo. Aunque su destino parecía escrito en la carrera de ingeniería y la continuidad de la empresa familiar, la música ya había pulsado sus primeros acordes a los catorce años con canciones propias. «Yo no sé canciones de otro, nunca supe la canción de otra persona… Todo el tiempo es componer«, confiesa mientras sus dedos se mueven enérgicamente como quien obedece a su inspiración en los trazos manuscritos de un papel borroneado.
El verdadero estallido de la partitura ocurrió en Bahía Blanca, destino que había elegido para hacer sus estudios universitarios en ingeniería. Eran épocas de explosión escénica de distintas figuras del rock nacional que lo cautivaban. La revelación no vino del misticismo ni de un fanatismo de clubes, sino de una pragmática curiosidad: “¿Cómo se hace para grabar un cassette?”, preguntó con ingenuidad a una banda local, interesado en conocer mecanismos y costos. Entusiasmado con darle forma a su proyecto, hizo cálculos veloces en su mente y elaboró una estrategia: «Si trabajo puedo juntar esa plata y grabar y ‘tocar la guitarra todo el día, y que la gente se enamore de mi voz’«, relata jocosamente al ritmo popular de esa última frase. Esa fue la obertura de su sueño, la drástica y costosa decisión de abandonar el camino pavimentado y regresar a la Patagonia a trabajar sin pausa en la empresa familiar, mientras componía y ensayaba. Armó un grupo en Centenario y dispuso una agitada agenda de ensayos que ajustaba a su diagrama laboral en Sierra Chata. Su deseo era tan genuino que no importaban las distancias, los esfuerzos, ni el viento que golpeaba las precarias casillas de la época. Hasta lograr que su arte quede plasmado en la cinta magnética.

Su agenda, el camino de tierra, las puertas que cierran en falso y la hostilidad de la gran ciudad
La vida de Mauro puede describirse también según la base de datos que iba completando a cada paso y en cada momento, con sus antenas puestas en la concreción de sus sueños y registrando cuanto dato pasase por delante. Su destreza para vencer obstáculos y no sentir ningún tapujo a la hora de pedir un número de teléfono, un nombre, una dirección o pautar un encuentro fue clave para avanzar en este camino. Una especie de networking de los años ’90 que él construía cuidadosamente en una agenda improvisada en papelitos con datos doblados y guardados en su billetera; tanto como caras, nombres, compromisos y promesas que quedaban registrados en su memoria.
Un ingeniero chileno, responsable de inmortalizar su primer gran hito musical, lo invitó a Santiago a mezclar un compilado. Mauro asumió los costos nuevamente, además de sortear las primeras fisuras de sus proyectos colectivos. Allí la tentación por grabar su primer disco lo abarcó por completo, aunque implicaba una suma exorbitante. A fuerza de puro trabajo, juntó el dinero necesario y se enfrentó a la prueba más difícil. “Papá, quiero ir a grabar. Ya tengo todo, los músicos, las canciones, el dinero y me están esperando”, recuerda mientras vuelve a habitar, con la precisión de un actor, el cuerpo de aquel joven decidido. Tras el resonar de una batería de preguntas, recibió la bendición familiar y cruzó los Andes para grabar su primer disco. Se llamó El cuarto rey mago, un título que, con los años, Mauro lee como una profecía involuntaria y un error de guion personal: «El cuarto rey mago siempre va tarde. Cuando llega María ya se fue con Jesús, sus amigos ya entregaron los regalos… Creo que me predestiné con el nombre. Justamente, lo que sentía era que siempre iba como tarde a todo«, confiesa.

Habitar ambientes artísticos fue para Mauro su espacio natural donde se toparía con cientos de figuras, algunas más generosas que otras a la hora de allanar caminos a las generaciones venideras. Como esos sucesos que sólo acontecen en las películas, Mauro se encontraba de pronto compartiendo una velada con el cantautor chileno Buddy Richard. De pronto, el relato se transforma en canción y Mauro entona ‘Mentira’ para ayudar a la audiencia a asociar el nombre con su inolvidable éxito. Y desde allí una red de contactos le ofrecieron el camino por autopista: la posibilidad de estudiar teatro sin costos extras para él. Pero en ese momento, el guion dictaba otra cosa: «Yo no quiero ser actor… yo quiero hacer música«, recuerda que decidió ante la invitación casi como un caprichoso manifiesto. Sus profundos ojos celestes se pierden en el horizonte y el silencio trae la reflexión muchos años después. “Mirá ¡qué interesante! podría haber estudiado teatro de chico en Chile y entrar por la puerta grande, desde la autopista. Pero elegí el camino de tierra”, revela mientras sostiene orgulloso el costo de tantos años de esfuerzo.
Ese camino lo llevó a un Buenos Aires hostil y desconocido, con la noble condición del músico del interior que quiere promocionar su disco. El escenario se redujo a un departamento de 3×6 que le quitaba el aliento. Fueron épocas de golpear puertas y recuperar números telefónicos acurrucados entre billetes. A modo de ejemplo, rescata la anécdota con Juan Alberto Badía. “En un viaje con mi hermano a San Martín de los Andes, lo vi. Me acerqué y le dije que quería ser músico, que iba a grabar un disco y que quería ir a Buenos Aires. Y él me dio su teléfono”. El relato no tiene en este caso el eco esperado, y a pesar de la insistencia, no logró ubicarlo. Eran tiempos de vigilias eternas en los bares cercanos a Sadaic, aguardando «que apareciera una luz en este camino«, de largas esperas al lado de un teléfono fijo deseando que sonara una oportunidad, de escuchar recitales desde la vereda, de andar la calle y reservar el dinero del boleto de colectivo para comer. Buenos Aires también ofreció algunos golpes de suerte: la grabación de un disco en un sello discográfico vinculado a la cumbia de los grupos Sombras y Comanches; la posibilidad de tocar ‘El rock del Citröen’ todos los sábados en un programa de América 2; la consolidación de un grupo para tocar en bares; la transmisión de sus temas en radio y la posibilidad de acopiar contactos en su billetera. “Estaba esperando el pam pam pam”, expresa para representar esa explosión que no llegaba. “Hoy le dicen viralizarse”, sintetiza. En el desasosiego, se anotó en una convocatoria para una serie de televisión que, aunque fue de participación efímera y única entre cientos de aspirantes, plantó la inquietud de su faceta actoral. “Me fui a estudiar teatro con Lito Cruz”, pero en los pocos meses que permaneció no logró encontrarse en escena.
Mientras tanto, en el sur, la empresa familiar iba en crescendo y su pasión se topaba de frente con la certeza de poder estar liderando obras industriales en la región. La urgencia del porvenir acechaba fuera de cuadro y el rumbo no aparecía por ningún lado. “Todo se puso difícil”, recuerda. Y entonces, decidió volver al trabajo en el campo, pero no olvidó su guitarra ni sus versos. Tras una larga jornada de trabajo, destrabó la tristeza componiendo ‘Besos en mi boca’ y ya se sintió distinto. «Yo no puedo parar. Yo voy a ir para adelante«, cuenta que se dijo a sí mismo y viajó a Chile a grabar un nuevo disco que nunca vio la luz pues estaba teñido de los tiempos melancólicos de la gran ciudad. La tenacidad de Mauro era indiscutible y estaba dispuesto a todo para encauzar su camino como músico. Así que vuelta al campo para reunir letras, melodías y dinero destinados a un nuevo disco a grabar en tierras trasandinas. El cuento va a la par del movimiento de sus manos que busca la imagen de la tapa de ese disco en su archivo telefónico para enseñarlo orgulloso. El disco, que lleva la imagen de un joven Mauro, se llamó 98, como el año en que lo realizó. En plenitud con su nuevo producto, se aventuró a presentarlo en la gran ciudad.

La astucia para llegar a los grandes sellos discográficos solo dejaba entrever su honesta convicción. Tocó puertas acá y allá. Se reunió con unos y con otros. Aceptó derrotas y entendió prioridades comerciales o de negocios, que hoy podrían catalogarse como de ‘nepo babies’. Su disco gustaba, mucho y, cuando el éxito parecía concretarse, el acuerdo se rompió por una cuestión de dignidad y carácter. “No me gustaba que el director de la discográfica me diga ‘pendejo’ así que agarré mis cosas y me fui. No sé qué me pasó por la cabeza”, expresa con vergüenza sobre los sobresaltos de la juventud, asumiendo que detrás de aquel portazo quizás se escondía el vértigo inconsciente, el puro miedo al éxito.
El descubrimiento de la verdad en escena
El destino lo devolvió a Chile, donde el modelaje y la publicidad, a lo que se atrevió por casualidad y sugerencias, le otorgaron la libertad económica que necesitaba para financiar su música. “Sentía buena energía. En la tele me habían presentado como artista, estaba tocando y todo se iba dando despacio, pero bien”, recuerda sobre un tiempo que fue hermoso.

Pero además de todo lo antedicho, a Mauro le gustan las aventuras y la quietud no es para él una virtud. Alguien le sugirió que probara suerte con su música en México, así que armó la valija, compró un pasaje de ida y se lanzó, sin certezas, al destino en suelo azteca. “En el camino dejé amores, quizás por falta de compromiso, pero yo sentía que tenía que seguir viaje”, dice mientras resalta la fuerza huracanada de su interior en busca del destino.
Mauro sabía que un sillón improvisado en la agencia de modelos para pernoctar sería un sacrificio más, la antesala de decenas de oportunidades. De esa habitación improvisada, se mudó a un departamento que le consiguió su coterráneo Pablo Ruiz quien, además, lo contactó con la discográfica EMI Music Publishing. Dejó su música a un costado y firmó como compositor, dispuesto a escribir a destajo para cuanto artista lo requiriese. Sin discriminación de género musical, popularidad del artista, rango etario, su tarea era componer sin pausa. “Solamente hacía eso: canciones, canciones y canciones de canciones”. Pero (porque su historia está llena de ‘peros’ muy bien llevados) sus letras quedaban en el tintero. “Si había que seleccionar doce canciones para un disco, la que yo componía era la número 13”, le devuelve la memoria sobre la frustración que le producía quedar en el ‘casi’, tanto como la metáfora del cuarto rey mago. “Por suerte ganaba algo como modelo”, cuenta y enumera su paso por las pasarelas, su presencia para grandes marcas, su rostro en carteles publicitarios en ciudades y grandes autopistas e incluso en las tapas de las más selectas revistas internacionales de moda.

Recupera el aliento con un sorbo de su taza de café con leche y vuelve a la línea del tiempo sobre su vida. Casi como un mantra, repite que “siempre ha pensado en hacer música más que en actuar”, pero tras la insistencia de unos conocidos, se echó a su suerte en Televisa. Fue seleccionado entre 500 personas, pero el proyecto actoral colisionaba con sus responsabilidades laborales como modelo, un trabajo que le permitía hacer frente a sus gastos corrientes. Agradeció la oportunidad y dedicó su faceta artística a componer.
Buscando salir del bucle creativo de sus composiciones por la molesta repetición de la palabra ‘pasión’ en sus letras, Mauro ingresó a estudiar teatro en el taller Casa Azul. Allí apareció una figura clave, un director de orquesta para su vocación actoral: Guillermo Ríos. Tras una improvisación, el maestro lo paró en seco: «Tú eres actor, no sé qué chingados haces de tu vida, cabrón, pero tú eres actor«, dice Mauro con tono mexicano, parafraseando a quien marcó un antes y un después en su vida. Con Ríos descubrió lo que verdaderamente significaba estar en escena y buscar la verdad. El estudio se le hacía cuesta arriba, pero Ríos, que confió en su potencial mucho antes que el propio Mauro, le dio trabajo en el teatro para que costeara su formación. Los nombres de quienes aparecieron como hadas madrinas o genios de la lámpara para darle una mano en el momento apropiado surgen a borbotones en los relatos de Mauro. Todo está guardado en su memoria. Incluso los de aquellos compañeros que fomentaron su faceta como guionista cuando se atrevió a escribir escenas en el taller y, a partir de allí, ya no sólo eran componer canciones, sino que comenzó a escribir escenas teatrales y cinematográficas. Confiesa que cuando escribe es cuando mejor se puede explicar: “Escucho, escucho mucho. Me gustan las palabras, le detengo en ellas, aparecen sonidos. No me pongo a pensar. Surge una frase que arrastra a la siguiente sin espacio para la deliberación, la melodía de palabras empieza a fluir, inevitablemente”. Su talento como compositor ya había traspasado la canción y empezaba a emprender, sin saberlo concretamente, su camino como guionista.
“Un día Guillermo Ríos me dijo ‘ya estás listo, no tienes más nada que hacer acá’ y me mandó a buscar trabajo”. A partir de allí, el libreto dio un vuelco. “Me dieron el primer trabajito”, cuenta mientras recrea el ruido de una moto y el movimiento de sus manos acelerando un vehículo imaginario. “Solo le decía ‘vamos’ a la protagonista que se subía y nos íbamos”. Luego, llegaron los personajes secundarios y más tarde los protagónicos para TV Azteca. La carrera actoral iba ganando espacio en su interior a medida que el trabajo se multiplicaba y ya su nombre era parte de los créditos de decenas de ficciones televisivas.

Nuevamente, una charla espontánea le despertó la curiosidad por conocer Colombia. Uno, dos, tres contactos, movimientos, decisiones, valijas y, a pesar de que sería un viaje relámpago, enseguida se embarcó para participar en la grabación de una serie de unitarios. “Era una locura lo que se grababa en esa época, hicimos tres capítulos y me volví”, repasa sobre esa experiencia que sembró para siempre un vínculo especial con ese país.
De vuelta en México, lo seleccionaron para trabajar en telenovelas de larga tirada del canal, como era habitual a principios de los 2000. “Mi economía florecía, en lo básico, pero crecía”, dice sobre la época en que una propuesta de un mes de trabajo se extendía por tres o cuatro. Pero su temperamento volvió a jugarle una pasada y, al cambiarle las condiciones contractuales debido a una merma en la industria, exigió que lo sacaran del proyecto en una semana. Los silencios en la prosa de Mauro ocupan un lugar especial. Son pausas que traen un recuerdo y, como acto reflejo, el aprendizaje que esa experiencia dejó en su vida. «Reaccioné muy mal, retobado, pero mal… Hoy lo veo y lo veo mal«, reflexiona. La consecuencia fue un apagón en la industria: puertas cerradas en TV Azteca y el veto automático en Televisa por ser una celebridad de la competencia.
El lazo con su tierra permanecía intacto; Mauro siempre estaba al tanto de las novedades del sur. Mientras la empresa familiar crecía, él debió hacer un paréntesis en su bitácora artística para ponerse el casco de obrero y liderar una obra de infraestructura en Bolivia. El contraste entre un mundo de trabajo y progreso y sus esfuerzos cotidianos para avanzar en su vida artística era absoluto. “Somos una familia de trabajadores y yo sabía que la empresa iba a crecer», reflexiona sobre ese magnetismo inevitable que lo hacía pendular entre la abundancia segura en Neuquén y la remada silenciosa en la que se sumergía, en soledad, en suelo azteca.

La reacción fue volver a las publicidades y a hacer castings. Consiguió un lugar en el ensamble de la comedia musical La Novicia Rebelde, mientras completaba sus ingresos como mozo en restaurantes. Sin embargo, el balance de esos tiempos no es amargo: «Esto ha sido un mar de derrotas, te diría yo. Pero fue muy lindo, fue muy lindo«, sintetiza sobre el fin de sus días en México.
Nuevos proyectos en tierras del café: una fundación de actores y el rugir de las plataformas
En 2009, Mauro vendió todo y se mudó a Bogotá. Otra vez, los golpes de suerte le tendieron una mano. “Siempre pasaban cosas muy buenas con gente bendecida que me ha salvado”, y cada palabra suena con emoción. “Nunca tuve que dormir en un subte y yo sabía que, si necesitaba algo, podía llamar a mi casa,” dice con gratitud sobre el amparo de sus raíces que sentía a la distancia.

En Colombia la marea cambió con un bagaje de propuestas laborales en el mundo de la ficción. “Aunque iba a un paso minúsculo, ahí sentí que ya no necesitaba de nada”, dice como quien siente que había llegado su momento. Para el año 2012, el monopolio televisivo se había roto y las plataformas digitales comenzaron a demandar su versatilidad actoral en producciones como El Capo, Club de Cuervos, Hasta que te conocí, El General Naranjo, El final del paraíso, Bolívar, entre muchas otras. Solo basta con poner su nombre en un buscador y la red arroja la diversidad de series en las que actuó, grabando con enormes producciones globales. Pero eso sería una biografía convencional. Y Mauro tiene mucho más para decir.

Es un agradecido de la vida y, a pesar de que en el balance siente que eligió el camino empedrado, su talento lo fue llevando hacia la autopista. “Con el tiempo aprendí que hay luces rojas, amarillas y verdes. La clave está en no temer cuando todas se ponen rojas”, expresa con la humildad de quien se sigue encandilando con los lugares que visita, las personas que conoce y las experiencias que transita. “Yo anduve mucho, he recibido reconocimientos, premios acá y allá, el abrazo del público, pero en el fondo sigo siendo un pueblerino. Por eso, para mi hoy es mágico que hoy pueda estar acá contando mi historia”, rescata con sincera humildad.

En su carrera actoral, Mauro encarnó la piel de decenas de personajes. Sin embargo, hay uno que lo conmovió especialmente. “Vine a pasar una Navidad a Centenario y me regalaron el libro La voz del gran jefe, de Felipe Pigna. Lo leí durante esos días de calor debajo de la higuera de mi casa y quedé conmovido. Cuando regresé a Bogotá me invitaron a hacer del General San Martín en dos capítulos de la serie Bolívar”.

Rápidamente, busca escenas de esa intervención, con trajes de época en una escenografía natural que parece haber quedado en el tiempo. “Mira que he grabado series, ocho meses seguidos, 80 capítulos, pero nada me conmovió como haber grabado esos dos de San Martín”, afirma orgulloso por los próceres de su país más que por su propia interpretación.

Entre serie y serie, encontró un espacio de liderazgo natural al coordinar un laboratorio de entrenamiento que nació de forma espontánea entre colegas; un impulso que decantó en la creación de su propia escuela y fundación. Así nació Fundactores, un proyecto destinado principalmente a jóvenes de escasos recursos, bajo una propuesta colectiva donde los más experimentados guiaban a las nuevas generaciones. El nuevo escenario fue una casona en ruinas, prácticamente sin techos ni paredes. Con los ingresos que obtenía de su trabajo en producciones de las nacientes plataformas digitales y la mano de obra de los alumnos, lograron poner en pie el lugar y plantar la bandera de la organización.

El arte de componer escenas
Tras el paso de poco más de diez generaciones y con el desencanto de que para la mayoría era un lugar de paso en el que no calaba el compromiso de trasladar los conocimientos a quienes venían detrás, le redujo la marcha a la fundación y consolidó un pequeño grupo con el que empezó a proyectar un nuevo sueño. La estabilidad económica, la grabación de un nuevo disco, la participación ininterrumpida en series de plataforma y las grabaciones en ciudades importantes fueron la oportunidad para comprar lentes y cámaras de nivel cinematográfico. “Cuando no llegaba con un lente, llamaba a mi casa y sabía que mi mamá estaba dispuesta a ayudarme”, resalta sobre el abrigo familiar sostenido, aún a la distancia. Fueron tiempos de mucho trabajo porque surgía un nuevo deseo: consolidar su propia productora y grabar una película.

La bautizó Alpataco, una planta resistente al clima de la barda neuquina como al de Ciudad Juárez. «El alpataco no se muere. Es una planta muy poderosa, muy firme. Parece que no tiene mucha luz ni mucho encanto, pero es bellísimo. Y creo que también son así mis películas«, explica respecto de la invitación a profundizar una y otra vez lo que pasa en la historia. El silencio regresa a este hombre que hace un instante encadenaba anécdotas sin cesar. Es en esa pausa dramática donde se cambia el encuadre, un cambio de foco en su mirada penetrante, un repliegue hacia la profundidad de unos pensamientos que parecen buscar algo más allá de lo evidente. “El alpataco es difícil de sacar de la tierra, de su tierra”, concluye.

La pandemia sacudió al mundo y también sus proyectos, pero no se detuvo. Con un equipo reducido y extremando esfuerzos, se lanzó a hacer cine de manera independiente con Luna me llena, y No quiero estar sin Ti, Una llave hacia el pasado, Sin Clemencia y su último estreno Un amor inevitable, una película que tiene rastros autobiográficos y en la que recuperó material de una de sus primeros filmes –Luna me llena- como flashback de la nueva historia. El cine se convirtió en el encuadre perfecto para fundir la música, la escritura y su particular estilo visual, caracterizado por el uso dramático de los primeros planos: «Los planos cerrados son mis preferidos, quiero ver el gesto que no necesita palabras. La expresión que cuenta la historia y genera el impacto«, explica sobre su forma de hacer cine, aún cuando la industria pegue el volantazo hacia otros formatos. Se detiene para reflexionar que hacer una película lleva mucho tiempo, a la vez que resalta la generación de empleo para decenas de áreas de trabajo entre casting, producción, sonido, filmación, dirección, actores, pre y post producción, vestuario, etc. “Lo que se ve en un par de horas, es mucho tiempo de dedicación”, remata.

Su presente lo encuentra refugiado en un esquema de producción independiente junto a su equipo, su mujer y su bebé, Emiliano, un testigo silencioso que participa en los rodajes desde el resguardo del fular paterno. Desde ese lugar, Mauro le dice que no a las demandas del mercado digital y sus contenidos efímeros. «Yo no quiero ser recordado por una serie en formato moderno que prometa dinero. Elijo hacer lo que quiero hacer y estoy bien. Si tengo la gota que riega el bonsái, que ni crece ni se muere, creeme, ya estoy ganando», afirma con la templanza de quien conoce al detalle el oficio. Mientras tanto, sigue grabando discos y se propone hacer tres películas por año. “Ya no paro más”, dice con una sonrisa que subraya su mirada intensa.
La música como universo y el cine como planeta

A pesar de haber tocado su música ante multitudes o de ver su nombre reflejado en las pantallas globales, Mauro sostiene que la esencia no se negocia: se define como un eterno soldado raso, un trabajador que esquivó los flashes del ambiente artístico manteniéndose sano con el único objetivo de estar preparado para cuando el porvenir tocara a su puerta. “Yo sentía que las cosas me iban a pasar de grande. Entonces me dije: tengo que estar bien para ese momento”, cuenta sobre las tentaciones que aparecieron en el camino y la fortaleza de haber elegido por él mismo. Con esa misma educación del esfuerzo y la humildad que mamó en su casa, sigue siendo aquel chico que corría por el barrio Santa Cruz de Catriel o el que compuso canciones que hoy son el himno nostálgico de su amada Centenario. No hay lente sofisticado ni cartelera que le hagan sacar pecho ante los demás. Su mayor orgullo radica en la transparencia de mirar siempre de igual a igual y de seguir aprendiendo o enseñando en cada paso.

Ese largo viaje repleto de anécdotas de todas formas y colores, cobra su verdadero sentido hoy, en un presente que lo encuentra, según sus propias palabras, como “flotando en una nube”. “Creo que me he construido para este momento”, expresa Mauro, pleno en rol de papá mientras trae al relato escenas de la vida cotidiana en las que su pequeño hijo le tira del pantalón y lo rescata de las abstracciones de sus guiones. Con la templanza de quien ya no le debe nada a sus dudas, Mauro habita este plano con la mirada encendida de esperanza, listo para enseñarle a pelear por el deseo a quien viene detrás y con la certeza absoluta de que el momento justo era, precisamente, este.

Aún a oscuras y en la quietud de la sala, Mauro bromea con orgullo y alegría: “A que nunca se quedaron a ver los créditos tanto tiempo como hoy”. Las luces de la sala se encienden lentamente y, en ese espacio habitado por la emoción, brota un aplauso cálido y sentido, un eco de palmas que vale por mil salas llenas para ovacionar la tarea de semejante artista.




