Política
Milei y las descargas de la silla eléctrica

Solo, fané y descangallado, Manuel Adorni pidió que le escriban una renuncia. Un texto, que antes de nacer, tenía destino de olvido. Así se fue.
La historia recordará que Javier Milei llegó a Madrid para disertar en un cenáculo universitario en días calientes para la política local. En el parlamento estalló la crisis del gobierno de Pedro Sánchez: su esposa Begoña, con el pasaporte incautado por la justicia que la investiga por corrupción; su mano derecha en el Partido Socialista, José Luis Abalos, con condena firme a 24 años de prisión por el mismo motivo; su numen político, José Rodríguez Zapatero, investigado al máximo nivel por cobrar sobornos.
Como nunca antes, adversarios y aliados de Sánchez le reclamaron a los gritos que renuncie. Sánchez no llegó por elección directa, sino por el voto de una alianza de minorías entre esos parlamentarios.
Milei siempre tuvo una mala relación con él. Recordó esas diferencias en la única entrevista a un periodista argentino que concedió en Madrid. Una entrevista en la que, viendo tras el espejo la declinación de Sánchez, ofreció dos novedades: una reflexión sobre la complejidad del ejercicio político y otra sobre su jefe de Gabinete, Manuel Adorni.
Milei dijo que la silla del poder es absolutamente idiosincrática. Es decir: viene cargada con las limitaciones y la dinámica de la sociedad que elige a los gobernantes. El Presidente sonó como haciendo terapia. Remarcó que la silla del poder es una silla eléctrica, especialmente por la política: «Todo lo que son herramientas blandas son muy difíciles. Tenés que lidiar con la gente que está con vos; a los cuales también te debés porque son los que están trabajando por tu éxito».
La novedad sobre Adorni es que Milei intentó aclarar las condiciones de la despedida. No quedó claro si actuaría frente a un procesamiento judicial o esperaría sentencia definitiva. Se enmarañó calificando como plausible el delito de evasión fiscal admitido por el ministro coordinador.
Mientras Milei declaraba eso en Madrid, Patricia Bullrich le explicaba a Karina Milei en Buenos Aires que el escenario inmediato más probable seguía siendo el mismo del parlamento español: una votación casi unánime exigiendo la renuncia del ministro coordinador. Mauricio Macri advirtió que al momento de ese coro de rechazo a Adorni, su partido no correría por la calle mojada para abrazar a Manuel.
Cuando Milei aterrizó de regreso en Buenos Aires, su palabra como presidente estaba devaluada otra vez.
Después de 100 días de caída libre, la única salida que le quedó a Adorni fue la misma que tenía al principio: la renuncia. Después de varios meses de obcecación, los hermanos Milei quedaron enfrentados al mismo desafío de marzo, con un desgaste político tan corrosivo como evitable.
La silla peronista
Pero el principal obstáculo que tiene ahora Milei en su silla idiosincrática no es un fallo judicial o una moción de censura legislativa. El nuevo vocero presidencial lo sintetizó de la mejor manera: «Nunca antes hubo una discrepancia tan grande entre los logros que tuvo un gobierno y la conversación pública», dijo Adrián Ravier en una hendija clave, durante la comunicación de su currículum.
Si esa discrepancia existe es porque el Gobierno perdió la iniciativa en la conversación pública. Mérito de Javier Milei, desde que se asumió a sí mismo como vocero del contador Adorni. La silla eléctrica, lo aclaró el presidente, incluye especialmente la lidia con los propios. También su hermana.
Adorni pasará a la historia como un caso de insolvencia ética, agravada por la necedad. Tropezó con el poder de manera tan torpe que, ante el desafío previsible de una simple declaración jurada, terminó en la opinión pública igualado al nivel de la corrupción idiosincrática: con el mismo descrédito que construyó Martín Insaurralde después de Sofía Clérici, Jessica Cirio, los bingos del conurbano y el yate Bandido:
Milei dijo algo más en España, que no es una novedad. Pese a las descargas de la silla eléctrica, para seguir sentado ahí, Milei compite contra sí mismo.
El peronismo atraviesa, sin solución a la vista, su crisis más larga desde la restauración democrática. El kirchnerismo decidió lanzar otra ofensiva contra la candidatura de Axel Kicillof. Cristina Kirchner le ha plantado tres obstáculos enormes.
El primero es un señuelo falso: Miguel Pichetto inventó la teoría de que el Congreso puede revisar la sentencia firme de inhabilitación que decidió la Corte Suprema.
El segundo es el silencio disciplinado ante la corrupción propia. Insaurralde es el peronismo resiliente. Le cabe la opinión que el derechista español Santiago Abascal le disparó a Pedro Sánchez: «Las cucarachas le ganan en resiliencia y eso no las hace admirables».
Pero el tercer obstáculo es el más dañino. Máximo Kirchner anda diciendo que el equilibrio fiscal no es necesario para construir justicia social. Para un electorado escaldado por la inflación galopante del último gobierno peronista, parece un libreto armado a la medida de Javier Milei.
Con el kirchnerismo lanzado a la aventura cainita, en el resto del peronismo declina la expectativa de una candidatura unificada y competitiva para enfrentar a Milei. El peronismo cordobés tampoco pudo aunar una postura sobre Manuel Adorni.
Otros distritos con menor peso relativo miran con resignación que la única discusión riesgosa para Milei es la que sucede en el espacio ajeno al peronismo. Las ideas nacen dulces y envejecen feroces.



