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Quienes son los “desangelados” que despidieron al Indio Solari
Fue el velorio más grande del mundo, se repitió al observar los más de 10 kilómetros de cola en la que un millón de personas fueron a despedir al Indio Solari el último domingo. Surgieron comparaciones con otros funerales: Gardel, Evita, Bonavena y, más cerca en el tiempo, Néstor Kirchner y Maradona. Y también emergieron sensaciones mezcladas de sorpresa y familiaridad. Cualquier persona medianamente atenta a la cultura popular estaba familiarizada con la masividad de la “patria ricotera”: desde mediados de la década de 1990, eran millones de discos vendidos y miles de peregrinos a cualquier rincón donde tocara el Indio. Y no solamente con la masividad, sino también con la densidad de esas experiencias colectivas que fueron desarrollando sus propias tradiciones y rituales, que en algunos puntos se asemejaban a una religión, pero pagana.
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Alrededor del Indio se formó una comunidad, que viene haciéndose visible desde hace mucho tiempo y que el domingo 7 de junio se encontró no solo para “escuchar caer sus lágrimas” (la referencia es a “Nuestro amo juega al esclavo”) sino también a hacerse escuchar, por quien pueda y quiera hacerlo. En primer lugar, se escuchó el deseo de celebrar y preservar esa comunidad. Los miles, o millones, de personas que salieron a las calles desde el viernes al domingo muestran que se trata de un segmento muy importante de las mayorías populares con carácter intergeneracional. El sustrato clave de esa comunidad se fue gestando en la década de 1990: jóvenes con trabajos precarizados o sin trabajo, los menos también militantes en partidos de izquierda o movimientos sociales, y la más amplia mayoría sin otra filiación que la pertenencia a la cultura del rock en general, y a la “patria ricotera” en particular. Esa comunidad lleva la marca de la pobreza y de las desigualdades sociales—que no hicieron sino profundizarse en los últimos tiempos—y también acumuló experiencia en relación con otras formas de violencia y discriminación. En palabras del Indio Solari, eran los “desangelados” que fueron transmitiendo a las generaciones siguientes los sentidos de pertenencia a una comunidad donde sentirse respetados, valorados y—por una vez—iguales a otros. En la despedida al Indio, se vivió la experiencia de compartir una comunidad, que es algo que la política invoca una y otra vez, pero ya no consigue edificar. En segundo lugar, se escuchaba el dolor al despedir a un artista excepcional y sofisticado, que creó y legó una poética a la vez precisa y abierta que sirvió como lenguaje común de esa comunidad. A la insistente pregunta de “¿qué significó el Indio para vos?”, que tantos periodistas hicieran el fin de semana, decenas de personas respondieron literalmente: “fue mi voz” o “ponía en palabras mis sentimientos”. Otras respuestas fueron más oblicuas, pero no menos certeras: “me hizo esforzar y pensar”. Una relación de ida y vuelta en la cual el artista representa y expresa, pero también—y aquí, quizá, lo fundamental—convoca a ir más allá de la comodidad del propio pensamiento. En el dolor de la despedida, entonces, se hicieron visibles y audibles rasgos de esa comunidad. Uno de ellos: la voluntad de encontrar elementos que permitan una comprensión compartida del lugar y el tiempo que le ha tocado vivir. No es poco. En un presente marcado por el inmediatismo y una aparente falta de profundidad, la “patria ricotera” viene a hacer escuchar que valora salirse de los parámetros establecidos (y, por ende, que no se ajusta a la imagen de la “masa amorfa” y no pensante con la cual se la menospreció por mucho tiempo) y que apuesta a la intensidad de sentimientos. En tercer lugar, durante el fin de semana pudieron escucharse y verse también algunas creencias y expectativas de esa comunidad. Entre el permanente cuestionamiento a las instituciones y prácticas represivas—en especial a la policía—se mezclan el gesto rebelde ligado históricamente al rock, tanto como la desconfianza con respecto a un “sistema” (socioeconómico y político) que frustra y desilusiona. Parafraseando al crítico cultural Raymond Williams, antes que una ideología y un programa, la comunidad creada en torno al Indio configuró una “estructura de sentimientos” atravesada por aquellas creencias y por algunas expectativas. Entre estas se encuentran la búsqueda de interacciones más libres e igualitarias entre las personas y la posibilidad de construir “estados de ánimo”—como gustaba decir al Indio—que permitieran atravesar situaciones tan difíciles como las que vivió nuestro país en las últimas décadas. La comunidad puso en el centro de la escena su propia existencia como fenómeno cultural y político. Y lo político, aquí, fue más allá de lo evidente. Es claro que una mayoría de esa comunidad no está representada por el actual gobierno—Milei, en una muestra de profunda desconexión, ni siquiera acompañó al dolor de este amplio segmento de la sociedad argentina. Este fenómeno cultural es político en sus propios términos. La búsqueda de salirse de la “zona de confort”, la voluntad de crear y sostener en el tiempo una comunidad más igualitaria y libre, la desconfianza del poder y del “sistema” son así, algunos rasgos también políticos. ¿Podrán esos rasgos tener expresión política concreta? La comunidad ricotera hizo por fin se la volviera a ver y a escuchar. Y que, junto con ella, suene una música que celebre lo que es y lo que puede implicar el para futuro de Argentina *Dra en Historia (UNSAM), investigadora de CONICET, Profesora de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales


