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Saldos y retazos | Perfil

Las recopilaciones de materiales periodísticos convertidas en libro, tienen un peligro: terminar como mera y arbitraria juntada. A veces, en cambio, esa salida al ruedo de un libro sólidamente unitario es una estrategia de presentación como cualquier otra. Leyendo El Anfitrión de Lautaro Ortiz recordé que las Vidas imaginarias de Marcel Schwob aparecieron en el diario parisino Le Journal mientras que la Historia Universal de la Infamia de Jorge Luis Borges lo hizo en las páginas de la Revista Multicolor de los Sábados, suplemento del porteño Crítica. El Anfitrión pertenece a esa familia. Su propio autor –editor de la revista Fierro, guionista de comics–, no está convencido de integrarla. Por eso, con humildad subtituló su libro “Lecturas, investigaciones y supuestos”. El libro es más que eso. La exquisita caligrafía narrativa de Lautaro Ortiz ensambla las veintisiete piezas. Esos territorios ¿son acaso saldos y retazos? ¿Por qué no? En la plástica, estos materiales acceden a la maestría mediante el collage. El mundo, nos dice Lautaro Ortiz, está lleno de maravillas escondidas. El largavista que maneja el Anfitrión alcanza épocas remotas y lugares distantes aunque a veces se convierte en microscopio de vecindades. Así, el libro de Lautaro Ortiz reconstruye el inverosímil, desopilante vaudeville que fue el traslado, entre la Chacarita y Salto, de las cenizas de Horacio Quiroga, contenidas en una gigantesca escultura de madera. O indaga en la relación extraña que ligó a George Grosz con Oscar Panizza. Este Anfitrión inasequible a cualquier fatiga nos lleva a un museo de Basilea para develarnos una historia sublime, la de un Cristo encerrado en una caja, pintado por Holbein el Joven en 1521 y que fascinó a Dostoievski y a Santiago Dabove.
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El Anfitrión rehúye todo lo que huela a academia. Si habla sobre literatura, su ámbito natural será la librería de viejo. Si lo hace sobre deportes, se orientará hacia el sparring más que al campeón. Si lo hace sobre arte rescatará a los desplazados del Salón, si lo hace sobre política, preferirá el chisme de pasillo o la anécdota de perdedores a los Grandes Eventos. Varias veces, por afinidad y admiración, el Anfitrión vuelve a Rodolfo Walsh pero su maniobra de acercamiento es reveladora de esa manera tan propia de Lautaro Ortiz. No nos lleva al Walsh de la maestría literaria ni de las luchas definitivas. Una y otra vez se acerca al Walsh adolescente que transpira las traducciones de policiales en Hachette aunque en ellas laten ya, incipientes pero netas, las pasiones y virtualidades del maduro Walsh. Ese mundo, el de las editoriales inmensas que llenaban las librerías y los quioscos en aquel Buenos Aires de los cincuenta que hoy miramos como legendario, es escenario pleno de otro libro de Lautaro Ortiz que, por los azares de estos tiempos penosos pero también febriles, ha salido junto con El Anfitrión. Se llama El tatuaje de la pólvora (La Escena del Crimen Editora, 2026), espumante novela policial sobre un crimen sucedido en esa Hachette que en la novela se nombra editorial Corsario, fábrica de sueños y también marco de una intriga policial. Un corrector ha sido asesinado. Antes había escrito esta frase: “Las erratas son fragmentos de miedo que estallan durante la escritura…El trabajo del corrector es barrer esos miles y miles de pedacitos de vidrios que estallan cuando un tipo escribe”. El Anfitrión no le hace asco a nada, ni siquiera al crimen. El anfitrión Autor: Lautaro Ortiz Género: crónica Otras obras del autor: Quiroga; Matar al tirano; Interior/noche Editorial: Ediciones del Camino, $ 20.000