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Se extiende la agonía de los trabajadores: fracasó la conciliación



Se convocó a una nueva reunión entre la empresa y los representantes del gremio, para el 4 de marzo.

Arden las gomas, fracasan las reuniones y los más de 900 puestos de trabajo penden de un hilo. Foto: NA

El anuncio cayó como un telón de acero sobre la nave industrial: cierre definitivo. Novecientas veinte historias suspendidas en el aire. Novecientas veinte vidas que, de pronto, quedaron a la intemperie.

Este lunes, bajo la fría formalidad de una pantalla, comenzó la primera audiencia de conciliación obligatoria entre la empresa Fate S.A.I.C.I., el Sindicato Único de Trabajadores del Neumático (SUTNA) y la Secretaría de Trabajo. El encuentro fue virtual, pero las tensiones eran palpables. Se extendió desde el mediodía hasta entrada la tarde, como si el tiempo mismo se resistiera a dictar sentencia.

Era un intento —quizás el último— por acercar posiciones después de que se confirmara el cierre de la planta y el despido masivo. Mientras tanto, en los pasillos silenciosos de la fábrica, las máquinas parecían esperar una orden que ya no llega.

Días antes, la compañía había comunicado que cumpliría con los términos de la conciliación obligatoria “una vez verificadas las condiciones técnicas y de seguridad imprescindibles en la planta industrial”. Un lenguaje técnico para una tragedia humana. La empresa sostuvo que, como en otros momentos de su historia, acataría lo dispuesto por las autoridades. Sin embargo, según trascendió, el objetivo sería retomar tareas de manera gradual mientras dure la instancia administrativa, para luego continuar con el plan de cierre definitivo anunciado por el directorio.

Las razones invocadas suenan conocidas en la Argentina de estos años: caída abrupta de la demanda, pérdida de competitividad, avance implacable de las importaciones, un conflicto gremial prolongado que dejó cicatrices profundas. En ese marco, la conciliación fue dictada por quince días y ordenó retrotraer la situación al momento previo al estallido. Los despidos quedaron en suspenso. Las indemnizaciones, detenidas en el umbral de un trámite interrumpido.

Una crisis que no comenzó ayer

Según la propia empresa, el deterioro se remonta a 2019, cuando ya había recortado 450 puestos de trabajo. En 2021 y 2022 se repitieron escenas similares: ajustes, reducción de turnos, incertidumbre. En julio de 2024, la firma solicitó la apertura de un Procedimiento Preventivo de Crisis ante el gobierno de Javier Milei, luego de una caída abrupta de ventas y la pérdida de mercados externos tras el conflicto gremial de 2022.

Los números comenzaron a hablar un idioma implacable: una baja del 30% en la demanda interna, más de 30 millones de dólares en pérdidas en apenas seis meses, exportaciones que ya no encuentran destino. La empresa habló de sobrecarga impositiva, restricciones cambiarias para pagar insumos importados, infraestructura deficiente, altos costos laborales, baja productividad, ausentismo y conflictividad. Un inventario de obstáculos que, juntos, forman el retrato de una economía exhausta.

En mayo de ese mismo año, ya se habían anunciado cerca de 200 despidos “para ajustar la estructura a la nueva realidad”. Esa nueva realidad hoy se traduce en portones cerrados y en el eco de los pasos que ya no resuenan en la planta de San Fernando.

El conflicto escaló tras el anuncio definitivo. Trabajadores y representantes gremiales ocuparon las instalaciones. La Justicia ordenó el desalojo. Afuera y adentro, la escena fue la misma que se repite en tantas fábricas argentinas: banderas, abrazos, discusiones, miradas perdidas. Una comunidad defendiendo lo que siente propio.

La historia de FATE no es un hecho aislado; es un capítulo más en la larga crónica de la crisis empresarial en la Argentina. Empresas que luchan contra costos que no logran dominar, mercados que se contraen, importaciones que presionan y conflictos que se enquistan. Y en el centro de esa tormenta, siempre, los trabajadores.

Mientras la conciliación corre su plazo, la fábrica permanece en un limbo. No está viva ni está cerrada del todo. Respira con dificultad, como un gigante herido que aún no sabe si podrá levantarse. Y alrededor, el país observa una vez más cómo la industria —esa promesa de progreso y estabilidad— se convierte en territorio de incertidumbre.

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