Política
Según lo veo…: Nuestros amigos imaginarios

El régimen dictatorial de China acaba de aprobar una ley que prohíbe a las empresas tecnológicas ofrecer parejas sentimentales a los menores de edad. Aunque cabría suponer que a los totalitarios que gobiernan el país les interesaría que los jóvenes se enamoraran de fantasmas salidos del ciberespacio porque facilitaría su manipulación, temen que afecte negativamente a la tasa de natalidad. Se estima que oscila entre 1,0 y 1,2 hijos por mujer, aunque algunos creen que la cifra es aún menor; para evitar el descenso demográfico, debería situarse al menos en 2,1. En cualquier caso, la reticencia de los chinos a procrear plantea una gran incógnita sobre el futuro inmediato del país.
Los chinos cuyas preferencias preocupan a las autoridades nominalmente comunistas no son los únicos que, en ocasiones, encuentran más afines a los amigos virtuales que a los de carne y hueso. Al parecer, cuentan con millones de homólogos en el resto del mundo. Es comprensible. Están programados para brindar apoyo, para asegurar a sus usuarios – o como quiera que se les llame – que, en el fondo, son buenas personas y, al aprender cada vez más sobre ellos, logran satisfacer aparentemente todos sus caprichos. Son los sucesores modernos de los “amigos imaginarios” que, desde tiempos remotos, han acompañado a muchos niños que, de otro modo, se sentirían solos. La diferencia radica en que son, por así decirlo, considerablemente más sofisticados y parecen mucho más reales.
Merced a su capacidad para acompañar constantemente a personas que se sienten solas – un grupo cada vez más numeroso debido al aumento de la esperanza de vida y a la reducción del tamaño medio de las familias -, los llamados “chatbots” no carecen de defensores que afirman que tienen un efecto terapéutico y desempeñan un papel similar al de los psiquiatras, con la ventaja de estar siempre disponibles y resultar mucho más económicos.
Puede que sea así, pero las sociedades cuyos miembros se relacionan a través de máquinas diseñadas para imitar a los seres humanos seguramente tendrán más en común con la tiranía imaginada por George Orwell en su gran novela distópica, “1984”, que con cualquier otra cosa.
De esto son plenamente conscientes tanto los estrategas chinos como sus homólogos de otros países. Todos asumen que, si un régimen, un movimiento político o una secta religiosa logra hacerse con el control de suficientes chatbots, estaría en condiciones de dirigir a comunidades enteras en la dirección que más le conviniera. He aquí una de las principales razones por las que se está invirtiendo tanto dinero – montos muy superiores al producto nacional bruto de la mayoría de los Estados soberanos -en el desarrollo de la inteligencia artificial. Donald Trump no es el único político occidental que teme que permita a los chinos, los rusos o incluso los iraníes interferir en los procesos electorales de su país; tales sospechas se han vuelto prácticamente universales.
Hasta ahora, los esfuerzos de los políticos por erigir barreras legales frente a las entidades artificiales que están influyendo en el comportamiento de muchas personas – especialmente en el de los jóvenes que han crecido en un mundo digitalizado y pasan gran parte de su tiempo frente a pantallas en busca de algo que enriquezca sus vidas – no han tenido mucho éxito.
El país pionero cuando de impedir que los más jóvenes accedan a las redes es Australia, pero parecería que muchos menores de 16 se las han ingeniado para burlarse de las restricciones vigentes desde diciembre del año pasado. Así y todo, el gobierno francés acaba de prohibir a los menores de 15 años vincularse con las redes sociales y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quiere que todos los países del bloque protejan a los menores de 13 años de “algoritmos depredadores”. Asimismo, en el Reino Unido, se espera que el próximo año entre en vigor legislación similar, mientras que en Norteamérica varios estados avanzan en la misma dirección. Aquí, en Argentina, son muchos los que desearían que el Congreso hiciera lo propio, pero hasta el momento no se ha logrado ningún acuerdo.
La campaña en contra de la intrusión cibernética en la vida de las personas se enfrenta a la oposición de quienes sospechan que responde a motivaciones políticas; argumentan que quienes abogan por las prohibiciones buscan promover sus propios intereses políticos y económicos. Señalan que permitir a los gobiernos controlar lo que la gente siente y piensa podría resultar aún peor que dejar que los gigantes tecnológicos sigan compitiendo por cuotas de un mercado fabulosamente lucrativo, tal como han hecho durante más de un siglo empresas periodísticas sin poner en peligro la democracia.





