Connect with us

Actualidad

Teoría y meditación | Perfil




Una vez le preguntaron a Juan Verdaguer cuál era el secreto de su éxito, y respondió: “hay dos formas. O cambiar cada noche de repertorio, o cambiar cada noche de público. Yo opté por este último camino”. Quiero decir: tanto el chiste como lo que estoy por escribir a continuación (una frase sobre Cortázar y los ’60) ya fueron escritos por mí en algún libro de ensayos escandaloso, en alguna novela que nadie leyó, o quizás también lo mencioné en alguna charla. Poco importa. Repetirse es parte del encanto del trabajo intelectual, no como forma de auto-plagio sino en un intento, levemente neurótico, por suponer que insistiendo algo finalmente queda. Pues bien, ahora a Cortázar: en los ’60 ocurría la primacía de la cultura por sobre la literatura. La literatura era un signo en sincronía con otros signos más potentes (la revolución, el rock, las drogas, el pop). Hoy, en cambio, la literatura está librada a su suerte, sola. O, mejor dicho, librada a su suerte en el mercado, horizonte final de todo lo existente. Si leemos hoy muchos de aquellos libros, digamos Rayuela, por citar el corazón de esa época; si lo leemos desprovisto de la coraza cultural que lo protegía en ese entonces, ¿qué queda? Tan sólo el vacío y la nostalgia de esa coraza. Lo que salvaba al libro pasaba en los bares de la Avenida Corrientes, no en el texto. Es necesario entonces establecer una analítica de la literatura de los ’60 que repiense cada texto en su singularidad, en su dimensión como cosa, hecho, acción; antes que como discurso, imagen de época, referencia cultural. Eso incluye a América Latina, por supuesto, pero también a la España del franquismo tardío. Juan Benet es uno de esos escritores que aún se sostienen, lejos del estereotipo de un Goytisolo, y mucho más cerca de la vigencia de un Gil de Biedma (aunque a veces pienso que Benet dio una herencia mucho más interesante que la de Gil de Biedma; buena parte de llamada en España “poesía de la experiencia” no me parece demasiado interesante). Volviendo al asunto, en un pasaje de Una meditación, Benet escribe una breve frase que siempre me pareció tan enigmática como provocadora y sobre la que creo es necesario detenerse: “La carne es una hipótesis, la satisfacción sexual una demostración”. Es un enunciado que evidentemente contiene dos polos; como si de un lado estuviera la teoría, y del otro la práctica, el ejemplo. Y sin embargo, esa frase implosiona a lo largo de Una meditación -casi podría decirse que implosiona a lo largo de toda la obra de Benet- es decir, es la frase que funciona como falso ejemplo, como falsa demostración, y también como falsa teoría. Porque si de algo habla la literatura de Benet es de la imposibilidad, en la novela, de separar teoría y práctica, hipótesis y ejemplo. Podría decirse que las de Benet son novelas altamente teóricas. Pero la teoría está siempre imbricada en el texto mismo, en la narración. No hay una teoría detrás de la novela (Benet no es Piglia), ni mucho menos delante del texto (Benet no es un autor posmoderno, donde la teoría se vuelve pastiche), sino que hay teoría adentro del texto, la teoría se ejerce al mismo tiempo que se escribe. La posibilidad de que teoría y trama se vuelvan indiscerniblemente una es la más importante lección que la literatura contemporánea tiene para tomar de Benet.

HOSPITAL VILLA LA ANGOSSTURA 294 449-4170
Instalá la app de Farmacias de Turno
Tocá el menú ⋮ de tu navegador y elegí "Instalar app" o "Agregar a pantalla de inicio"
Exit mobile version