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Tren del Fin del Mundo: un viaje en el tiempo por las vías más australes del planeta

Un tren que comenzó a funcionar en 1909 para que los presos de Ushuaia cortaran leña para calefaccionarse en el presidio. Cada metro impacta por la belleza del paisaje y por esa historia impresionante.
Un viaje impactante por la historia y por el recorrido en esa vías más australes del mundo. Fotos: autora
En mis recorridos por la Patagonia para esta sección de El Diario de Vanesa siempre tuve curiosidad por saber cómo sería viajar en el tren más austral del planeta. Durante mi visita a Ushuaia decidí conocer el Parque Nacional Tierra del Fuego y, entre las distintas propuestas que ofrece este lugar, compré mi ticket para aventurarme en el Tren del Fin del Mundo.
Quería vivir la experiencia, pero también dejar volar la imaginación y remontarme a aquella época en la que estas vías eran utilizadas por los presos de la antigua cárcel de Ushuaia.
El viaje se convirtió, desde el primer momento, en algo más que un recorrido turístico. Fue una manera de acercarme a una parte de la historia de la ciudad y, al mismo tiempo, contemplar algunos de los paisajes de la Patagonia Austral.
El Tren del Fin del Mundo es uno de los atractivos turísticos de Ushuaia y permite recorrer parte del antiguo tendido ferroviario que era utilizado para trasladar a los presos de la colonia penal a comienzos del siglo XX.
El comienzo de la aventura
Ese día partí temprano desde Ushuaia. Una combi me llevó hasta la estación desde donde comienza el recorrido del llamado Circuito del Fin del Mundo, a unos kilómetros de la ciudad.
El camino hasta la estación ya comenzaba a anticipar lo que vendría. La circulación de combis era constante y, poco a poco, la ciudad quedaba atrás para darle lugar al bosque y al paisaje fueguino.
Cuando llegué a la Estación Central, me encantó quedarme allí esperando el momento de subir al tren.
Por momentos tenía la sensación de estar en algún lugar de Europa. Había personas de distintos países, todas atraídas por la historia, el paisaje y ese entorno que parecía mezclarse con la identidad de Ushuaia.
La estación tenía algo especial. Era como si el tiempo se hubiera detenido por unos instantes.
Antes de subir al tren, además, había una propuesta que me pareció muy particular: unos chicos invitaban a los visitantes a sacarse fotografías representando a los antiguos presidiarios de la Cárcel del Fin del Mundo.
La experiencia me resultó muy emotiva. Por un instante, todo parecía salido de un cuento. La historia dejaba de estar solamente en los relatos y comenzaba a formar parte de la experiencia.
El pitido y a subir al Tren del Fin del Mundo
Y finalmente llegó el momento. El pitido anunció la partida y subimos al tren.
Me esperaba un recorrido entre paisajes de la Patagonia Austral, con vagones calefaccionados y un sistema de audioguías en distintos idiomas que permitía conocer la historia del lugar mientras la formación avanzaba.
El tren comenzó a bordear el serpenteante río Pipo. Y allí apareció una de las historias que más me llamó la atención durante el viaje.
Según el relato que acompaña el recorrido, el río lleva ese nombre en referencia a un recluso apodado Pipo, quien habría escapado durante uno de los traslados de presos que se realizaban para cortar leña.
La historia cuenta que corrió hacia el río y se internó en sus aguas durante el invierno. El hielo se rompió y el hombre desapareció.
Mientras escuchaba el relato, mirar el río desde la ventanilla hacía que todo adquiriera otra dimensión. El paisaje dejaba de ser solamente bello y comenzaba a contar su propia historia.
Una parada en la Estación La Macarena
El recorrido tiene una parada intermedia en la Estación La Macarena, donde permanecimos unos minutos. El lugar permite acercarse a una cascada y contemplar el entorno natural que rodea al tren.
Pero hubo un momento que quedó especialmente grabado en mi memoria.
Mientras estábamos allí, la bocina anunció la llegada de otra formación a vapor que pasaría frente a nosotros en su regreso hacia la Estación Central.
Me quedé mirando su paso con el asombro de una niña.
La escena tenía algo de película. El tren avanzando entre el paisaje fueguino, el sonido de la bocina, el frío y los visitantes observando todo a su alrededor.
Fue uno de esos momentos en los que simplemente hay que mirar y disfrutar.
El Cementerio de Árboles y la historia de los presos
Después de la parada llegó el momento de continuar el viaje. A medida que la formación avanzaba, el paisaje también comenzaba a revelar el pasado de la región.
Uno de los puntos más llamativos del recorrido es el denominado Cementerio de Árboles, donde todavía pueden observarse numerosos troncos que quedaron como testimonio de la actividad realizada por los presos.
Los reclusos trabajaban en la extracción de leña para abastecer a la antigua colonia penal. Los árboles que quedaron en el lugar son una muestra de aquella actividad y permiten imaginar las condiciones en las que se desarrollaba el trabajo.
También llamó mi atención la diferencia en las alturas de los troncos talados. Según la explicación que acompaña el recorrido, esas marcas permiten relacionarlos con las distintas condiciones de la época del año en que fueron cortados.
Mientras el tren avanzaba, los turistas que habían ingresado al parque para realizar sus caminatas miraban hacia las vías y saludaban. Y yo, desde mi ventanilla, sentía que estaba dentro de una película de época.
El paisaje de Tierra del Fuego desde la ventanilla
El tren continuaba su marcha hacia la Estación Parque Nacional. A través de las ventanas aparecían bosques, montañas, ríos y una inmensidad que resulta difícil de explicar con palabras.
Era imposible no pensar en quienes, más de un siglo atrás, atravesaban ese mismo territorio en circunstancias completamente diferentes.
La experiencia también generaba un contraste. Por un lado, estaba el paisaje, con toda su belleza y su silencio. Por el otro, la historia de los presos que fueron trasladados hasta este rincón del país y sometidos a duras condiciones de trabajo.
Esa combinación es, quizás, una de las características que hacen diferente al Tren del Fin del Mundo.
No se trata solamente de viajar en un tren. Es también recorrer una parte de la historia de Ushuaia mientras el paisaje de Tierra del Fuego aparece detrás de cada ventana.
El Fin del Mundo que se sintió como un comienzo
Cuando finalmente llegamos a la Estación Parque Nacional, el recorrido había terminado.
Pero para mí, de alguna manera, recién comenzaba otra parte del viaje.
El Tren del Fin del Mundo fue una cita obligada para conocer la historia y la identidad de Ushuaia. Me permitió acercarme a un pasado que muchas veces parece lejano, pero que permanece presente en las vías, en los árboles y en cada rincón del paisaje.
Durante el trayecto sentí que el frío, la historia y la inmensidad de la Patagonia profunda se mezclaban.
Mirar por las ventanas de los vagones produjo en mí un impacto que despertó todos los sentidos.
Imaginé a los presos trabajando bajo la nieve, en un lugar donde el invierno no da tregua. Pensé en aquellos hombres atravesando un territorio inhóspito, muy lejos de todo aquello que conocían.
Y entendí que viajar también puede ser una forma de mirar el pasado.
Sin lugar a dudas, para mí, el Fin del Mundo se sintió como el principio de algo único.
Un viaje que quedó entre mis recuerdos de la Patagonia y que, mucho tiempo después, todavía puedo volver a recorrer con la imaginación.
Porque hay lugares que uno visita.
Y hay otros que, de alguna manera, se quedan para siempre con uno. El Tren del Fin del Mundo fue uno de ellos.
Un viaje que se mide en recuerdos
Hay viajes que se cuentan en kilómetros y otros que se miden en recuerdos.
El Tren del Fin del Mundo pertenece a esos viajes que dejan una huella. Quizás porque no solo atraviesa un paisaje, sino también una historia.
Desde aquella ventanilla, Ushuaia parecía contarme su pasado en silencio.
Y mientras el tren avanzaba por las vías más australes del planeta, entendí que algunas aventuras no necesitan llevarnos lejos para transformarnos.
A veces alcanza con subir a un tren, mirar por la ventana y dejar que la Patagonia haga el resto.
Espero que les haya gustado esta edición de El Diario de Vanesa, y ¡será hasta la próxima!