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Actualidad

Un corazón lúdico y festivo



Entre la “poética del chasco”, a juicio de Léonidas Lamborghini (en 1995), y la “grandeza del miniaturismo social”, en la visión de Juan José Becerra (en 2014), cuyos textos –cada uno a su manera– celebran El despertador y el sordo, reeditado con la nueva edición del libro a treinta años de publicación, no dejan hoy de revelar, aunque por omisión, una zona intermedia de la obra de Fernando Molle (1968) ocupada enteramente por una lógica del sinsentido. O, mejor dicho, por la falta de significado de lo real mismo. Como si entre lo uno y lo otro (la significación respecto de lo real y viceversa) hubiera una desconexión o asimetría, algún tipo de discontinuidad o equívoco, “algo” –quizá un malentendido, un desperfecto, una avería de origen desconocido– que impide la conciliación o reconciliación del evento (manifiesto, evidente, familiar) y su realidad de hecho. En cierto sentido, como quien dice, esa fractura se sintetiza en la metáfora, disparatada y cruel, del despertador y el sordo, que no supone no querer escuchar (la necia sordera) sino la duda acerca de si el despertador –dilema concreto– realmente suena o funciona. Los poemas de Molle responden a esta pregunta con un (no siempre risueño o chistoso) encogimiento de hombros. La máquina de lo real, el despertador, no cabe ninguna duda, funciona –y lo hace fluidamente, incluso a toda marcha–, pero a pesar de todo (las instituciones, la regularidad de los días, la historia, las mercancías, los proyectos, los bancos, la bandejita de los aviones, etc.) su funcionamiento es sospechoso de disfuncionamiento. De esto, sin embargo, solo se puede afirmar, como ensaya Lamborghini, que es un “chasco” o, por su lado Becerra, que agranda la miniatura social. No se equivocan desde el punto de vista de que las cosas reales deberían funcionar –en grande o en pequeño–, solo que Molle expone, en una vorágine de imágenes y escenas desbocadas, que funcionan noles volens y que la única solución, si es un problema ese suceder imprevisible (podría no serlo), sin ley (o una muy rara), consiste en apagar el despertador del sordo. En la página 41 lo dice en letras mayúsculas tres veces consecutivas y, luego, al parecer, se trataría de tirar los dados de nuevo.

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De cualquier manera, en estos poemas escritos en el fin de siglo bulle, en el corazón de su ejercicio lúdico y festivo, una herida o (al menos) un escozor no del todo afín a ese universo de significado inaudito, errático o simplemente ausente. Se dibuja a través de ello –de esa mezcolanza del acontecer–, no un malestar con relación al hundimiento del principio de lo real sino ante la asimetría que origina, una especie de “caída” en la facticidad (en lo cual, por otro lado, Molle se regocija), en lo inmediato. Precisamente el poema “La caída” da cierto lábil atisbo al respecto. Este dice así: “Apunta hacia abajo/ el dedo de Dios Padre:/ dos ángeles caídos, invisibles, contra el suelo./ Roberto el encargado/ limpiando la vereda/un domingo, sin saberlo, los baldea”. El despertador y el sordo Autor: Fernando Molle Género: poesía Otras obras del autor: La revoltija; Del libro; Borrado para siempre; Los contrarios Editorial: Barnacle, $ 30.000

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