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Borges: el lenguaje ante el Misterio

Borges nació en una casa donde la palabra se respiraba como una sustancia sagrada. Desde niño entendió que el lenguaje era un jardín infinito de combinaciones y trampas. Su madre le enseñó la Biblia en inglés; su padre, los filósofos; la biblioteca familiar le dio un universo que ya era metáfora de todos los universos. Desde entonces comprendió que la palabra podía abrir mundos y, al mismo tiempo, encerrarlos. Ese descubrimiento marcaría toda su obra. Para Borges, el lenguaje es destino; una creación humana que intenta reproducir la creación divina, sabiendo que nunca lo logrará. La metáfora bíblica lo fascina porque revela sin explicar. El Antiguo Testamento le ofrece imágenes que son, a la vez, cosmogonías y acertijos. “Y dijo Dios: sea la luz, y la luz se hizo.” (Génesis 1:3). Esa frase contiene el sueño de toda literatura: una palabra que engendra la realidad. Borges ve en esa escena el origen del escritor, el eco primordial de quien intenta inventar lo que nombra. Pero también percibe el reverso, toda creación verbal acarrea una pérdida. Nombrar es limitar en cada palabra fija, en cada concepto, lo que debería permanecer móvil. En su ensayo El idioma analítico de John Wilkins (Otras inquisiciones, Buenos Aires, Sur, 1952), Borges imagina una clasificación absurda de los animales y concluye que todo lenguaje es así, un orden arbitrario sobre lo inabarcable. Escribe allí:
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“He registrado las arbitrariedades de Wilkins, del desconocido (o apócrifo) enciclopedista chino y del Instituto Bibliográfico de Bruselas; notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. “El mundo —escribe David Hume— es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto” (Dialogues Concerning Natural Religion, V, 1779). Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico, unificador, que tiene esa ambiciosa palabra. Si lo hay, falta conjeturar su propósito; falta conjeturar las palabras, las definiciones, las etimologías, las sinonimias, del secreto diccionario de Dios.” “La imposibilidad de penetrar el esquema divino del universo no puede, sin embargo, disuadimos de planear esquemas humanos, aunque nos conste que éstos son provisorios. El idioma analítico de Wilkins no es el menos admirable de esos esquemas.” El lenguaje organiza el caos, construye un cosmos ilusorio con límites también ilusorios. Y al mismo tiempo traiciona ese orden inventado; el lenguaje es un cosmos más, como la geometría o las matemáticas, que son todo exactitud mientras creamos en dos postulados indemostrables, en los límites imprescindibles para la razón, el cero, la nada y el infinito, la totalidad. Todo el cosmos, el orden que nos permite sobrevivir, es un invento de la razón, la realidad sigue siendo caos. Averroes intentó someter la revelación a la claridad del concepto, Borges celebra la oscuridad que rodea al sentido. No ve en ella un defecto, sino una condición. La claridad total sería un desierto, sin misterio la mente se apaga. Por eso en sus cuentos el conocimiento absoluto suele presentarse como castigo. El personaje que ve el Aleph, ese punto que contiene todos los puntos del universo, termina abrumado por el exceso de verdad. Saberlo todo equivale a no saber nada. La Biblia había prevenido esa tentación: ver el rostro de Dios es morir (“No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá.” Éxodo 33:20,23). Borges reescribe esa advertencia en clave moderna. El hombre que pretende la omnisciencia termina prisionero del infinito. El lenguaje, entonces, no puede ser instrumento de posesión; solo de aproximación. Borges lo usa como quien toca un muro invisible buscando una rendija. Su escritura se nutre de alusiones que multiplican el sentido en lugar de fijarlo; es posible intuir, pero no es posible entender. Cada metáfora funciona como un espejo que refleja otro espejo: el lector se pierde, y en esa pérdida encuentra un lugar que la razón no sabría formular. Nunca sabremos si es verdad. Esa actitud tiene una raíz espiritual que Borges no disimula. En muchos textos vuelve a la idea cabalística del Nombre secreto de Dios. Si existiera una palabra capaz de contener la esencia del universo, pronunciarla equivaldría a convertirnos en iguales a Dios, como pretendió Adán cuando comió el fruto del célebre árbol. Y como quisimos nosotros cuando en Babel quisimos llegar al Cielo. La imposibilidad de esa palabra absoluta pesa sobre el lenguaje humano: toda palabra es aproximación a una presencia que nunca se deja fijar. La Biblia lo expresó mediante la prohibición del Nombre ya referida; Borges lo traduce en una poética del infinito parcial. El hombre escribe sabiendo que la perfección lo anularía, pero la búsqueda de esa perfección es la vida desde Adán y desde Caín, el que mata al espíritu. Caín y Abel habitan en un solo Hombre, sin Nombre. Caín es la razón, el intelecto capaz de construir ciudades, es el inventor de la agricultura y los metales y de la domesticación de los animales. Caín es el constructor de la civilización, de las murallas, los límites que protegen el orden. Abel es el espíritu de ese mismo Hombre, es un soplo, “spirito” en latín, pneuma en griego, ruasch en hebreo. Es el soplo con que Yahvé le dio vida a Adán. Cuando Caín mata a Abel se produce el quiebre de la armonía entre Razón y Espíritu. El Espíritu ha sido anulado por la Razón, hemos eliminado el misterio del Ser y nos hemos sometido a la mera existencia. ¿Somos meros cainitas? En Babel el concepto se hizo representación, el entendimiento requiere aproximar el reflejo a la verdad en una obra de traducción que siempre será imperfecta. En este punto Borges intenta apartarse de Averroes. El filósofo cordobés confía en la traducción perfecta: cree que la razón puede trasladar el símbolo al concepto sin pérdida. Borges cree que traducir es siempre traicionar, pero que esa traición es fecunda si el sentido no se escapa; no hay literatura, si todo se entiende el mundo se acaba. Por eso celebra Babel no como castigo, sino como milagro, la imperfección del reflejo nos protege de la uniformidad. La incomprensión parcial es una forma de gracia. Es lo que nos quedó después de la Expulsión. *Coleccionista de arte y presidente de la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes