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Política

Cápsulas de una historia que marcó a los neuquinos en estos 122 años


La amenaza del río

Hoy el río Limay es una postal de la ciudad que se disfruta en cada estación pero sobretodo en verano. Sin embargo, durante gran parte de la historia de Neuquén, el Limay era una amenaza real y periódica. Antes de que las represas regularan su caudal, las crecidas llegaban a lo que hoy es la Avenida Mosconi, y por eso la Ruta 22 pasaba al norte de las vías del ferrocarril, en lo que hoy son las calles Independencia y San Martín, para mantenerse alejada del agua.

Los cuatro balnearios actuales llevan nombres que cuentan esa historia. Además del relacionado a Valentina Brun de Duclot, el que popularmente se conoce como “Gatica” se llama “Sandra Canale”, en homenaje a la primera mujer guardavidas de Neuquén, profesora de educación física que protegió vidas en ese mismo lugar durante años. El “Gustavo Fahler” también lleva el nombre de un vecino ligado al cuidado del río. Y el más antiguo de todos, el municipal “Albino Cotro”, inaugurado el 5 de febrero de 1961, recuerda al empleado municipal que más conocía los recovecos: participó del trazado de calles, del tendido de agua y, por supuesto, de las obras para contener las inundaciones.

Los mástiles que derribaron

La Plaza de las Banderas, al final de la Avenida Argentina, en lo más alto de la barda norte, es hoy uno de los íconos de la ciudad. En tres mástiles, el más alto de la Patagonia con 49,6 metros, ondean las banderas argentina, provincial y de la ciudad. Pero eso no fue siempre así. La plaza fue inaugurada el 11 de junio de 1979 por el gobierno de facto, con la presencia del presidente de la Junta Militar, Jorge Rafael Videla, en homenaje al centenario de la Campaña del Desierto.

En ese entonces tenía 32 mástiles que representaban los regimientos y fortines que avanzaron sobre los territorios mapuches y tehuelches. En 2004, cuando la ciudad cumplió cien años, se remodeló el lugar. De los 32 mástiles quedaron tres, junto a una fuente, una roca porfírica para simbolizar los Andes y una confluencia de agua que evoca a los ríos.

Cruzar el río a nado

Hay un monolito en el barrio Sapere, muy cerca del puente ferroviario, que casi nadie mira al pasar. Se dice que ahí, el 11 de junio de 1879, el teniente Ignacio Hamilton Fotheringham se arrojó a las aguas del río Neuquén para encontrar un paso. Era invierno, la temperatura rozaba los diez grados bajo cero, y el río venía crecido y torrentoso.

Lo acompañaban un sargento y un soldado. Los tres cruzaron a caballo, pero la correntada los derribó de sus monturas y los arrastró aguas abajo. Salieron empapados y helados en la costa de lo que hoy es Neuquén capital. Fotheringham subió una pequeña elevación que ese mismo día fue bautizada “Sierra Roca”, en honor al general que comandaba la expedición. El ministro de Guerra ordenó que el vado quedara para siempre con el nombre del teniente que se animó a cruzarlo.

El avión en la rotonda

Quien llega al aeropuerto de Neuquén pasa frente a una rotonda donde se exhibe la silueta de un avión de combate. El aeropuerto lleva el nombre de Juan Domingo Perón, pero el modelo del avión exhibido reproduce el tipo de aparato que el 16 de junio de 1955 bombardeó la Plaza de Mayo en Buenos Aires, dejando cientos de muertos civiles. Ese episodio fue el ensayo de lo que semanas después sería la Revolución Libertadora, justamente, el golpe que derrocó a Perón. El contraste entre el nombre del aeropuerto y el símbolo en la rotonda de acceso concentra décadas de grieta política argentina en un solo cruce de calles.

La aeronave, una Gloster Meteor, cazabombardero que Gran Bretaña vendió a la Argentina a fines de los años ‘40, fue el primer modelo de jet de combate fabricado en 1944. Sobre este ejemplar específicamente, desde hace años existe una controversia sobre su posible participación en aquel evento de 1955: Juan Monzón, administrativo del aeropuerto, sostuvo que el avión llegó desde un desguace, fue restaurado y recibió una matrícula errónea, por lo que no fue el ejemplar que participó del ataque, aunque pertenece al mismo modelo. En cambio, la exsenadora y entonces diputada provincial Nanci Parrilli afirmó que esa aeronave sí participó de la masacre, en la que murieron 308 personas.

La mujer que nunca llegó

El barrio Valentina, uno de los más extensos de la ciudad, y el balneario sobre el río Limay, inaugurado en 2014, llevan el nombre de Valentina Brun de Duclot, primera propietaria registrada de esas tierras en el siglo XIX. Su marido, el agrimensor Jorge Duclot, había obtenido 2.316 hectáreas en la zona de la Confluencia, probablemente como pago por sus trabajos de mensura al Estado nacional en los años posteriores a la Campaña del Desierto.

Tras la muerte de Duclot, Valentina heredó la propiedad y gestionó desde Buenos Aires los derechos sobre el sistema de riego. En 1911 vendió los lotes a José Fava, un empresario que vio el potencial agrícola de esas tierras y comenzó el loteo que dio origen a la colonia.

Valentina Brun de Duclot nunca pisó Neuquén. Compró, heredó y vendió desde lejos, como era habitual entre los terratenientes de la época que obtuvieron campos patagónicos en los remates que siguieron a la Campaña del Desierto. Pero su nombre quedó grabado en el mapa de la ciudad, mientras que los peones rurales que trabajaron esa tierra durante décadas no tienen ni una plaza a su nombre.

Edificio por partes

El actual edificio municipal de Neuquén, situado en la esquina de Roca y Avenida Argentina, comenzó a ocuparse en 1972, aunque su habilitación fue progresiva. Ese año fue el turno del cuarto piso; en 1977, de la planta baja; en 1980, del centro de cómputos del primer subsuelo; y en 1981, las oficinas del primer piso. El segundo y el tercer piso quedaron cerrados y en obra durante un período prolongado.

La particular secuencia respondió a una cláusula del contrato celebrado con la empresa constructora. El pago se efectuaría una vez concluida la edificación hasta el cuarto piso. Para poder cobrar, la firma decidió levantar primero la planta baja y el primer piso, prolongar las columnas hacia los niveles superiores y completar luego la estructura. De ese modo, los pisos segundo y tercero quedaron transitoriamente sin terminar, mientras el resto del edificio comenzaba a utilizarse.

La elección de esa esquina fue el resultado de un proceso iniciado varias décadas antes, en 1944. Hasta entonces, la administración municipal había funcionado en casas particulares y locales alquilados.

Los bustos que cayeron

Tras el golpe de 1930 que derrocó a Hipólito Yrigoyen, se dice que fue retirado el busto del expresidente que se encontraba en el edificio municipal. En 1955, tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón, un grupo de vecinos derribó con un tractor el busto de Eva Perón ubicado frente a la Catedral, en la entonces avenida homónima que luego recuperó el nombre de Avenida Argentina.

El monumento a la primera dama fue reemplazado por un bajorrelieve, en 1973, por iniciativa de sectores del peronismo neuquino, pero con el tiempo sufrió ataques y hasta que fue restaurado en 2021.

La ciudad también tuvo durante décadas un busto del general Roca en el segundo piso del antiguo Palacio Municipal, acompañado por un cuadro referido a la Conquista. Pero ambos elementos fueron retirados en diciembre de 2019, en una revisión de los símbolos públicos y de una política vinculada con el reconocimiento de los derechos del pueblo mapuche. Todo esto muestra cómo los monumentos funcionaron como expresiones visibles de las disputas políticas y de la memoria oficial de cada época, dentro del espacio público.

Ciudad sin iglesia

La Capilla que no incluyeron en el diseño original de la ciudad, pero que igual se construyó. Foto: Revista MásNeuquén.

Hay ciudades fundadas alrededor de una plaza y una iglesia. Neuquén no. Cuando el gobernador Carlos Bouquet Roldán trazó el plano de la nueva capital en 1904, no reservó ningún terreno para una parroquia católica. Los historiadores que investigaron la masonería local señalan que tanto él como Joaquín V. González y el propio Eduardo Talero, quien diseñó el trazado urbano, pertenecían a esas logias. Su visión era laica, racionalista, iluminista. El trazado en diagonales que aún hoy define el centro de la ciudad replica el diseño de otras ciudades de origen similar, como La Plata.

Cuando la iglesia finalmente se construyó, en 1907, lo hizo sobre la Av. Argentina y no frente a ninguna plaza central. Una dama de la sociedad local donó el terreno para la capilla “Nuestra Señora de los Dolores”. Y casi al mismo tiempo, del otro lado del boulevard, en diagonal, los masones inauguraron la Biblioteca Rivadavia, actual Biblioteca Juan Bautista Alberdi.

La advocación de “Nuestra Señora de los Dolores” se vinculó directamente con el nombre de la esposa del terrateniente Casimiro Gómez, no como homenaje, pero sí en referencia a su identidad.

La primera mujer

En septiembre de 2020, durante una obra en una vivienda de la calle Lanín al 700 del barrio Villa Florencia, apareció un esqueleto. La Fiscalía de Homicidios intervino primero, pero rápidamente fue convocada la Dirección Provincial de Patrimonio Cultural. Era un entierro antiguo, por la posición del cuerpo, apoyado sobre el costado derecho con piernas flexionadas en posición genuflexa, y los objetos que lo acompañaban: fragmentos de huesos de guanaco o puma y valvas de almeja de río.

Cuatro años después, una universidad alemana confirmó que esa mujer había muerto alrededor de 1644, integrante de un grupo nómade que habitaba la confluencia de los ríos cuando no había nada más que médanos, agua y viento, 260 años antes de que Bouquet Roldán llegara. No tiene nombre, ni monumento, ni calle. Es, sin embargo, la primera neuquina de la que se tiene registro.

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