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Los argentinos y el colegio secundario que no se puede terminar



Una profesora francesa acaba de publicar un libro que incomoda: la escuela ya no transmite el dominio de la lengua. Las frases se derrumban antes de llegar al punto. La sintaxis se deshilacha. El vocabulario se redujo a unos pocos bloques. El colapso lingüístico, concluye Madeleine de Jessey en L’École des illettrés (“La escuela de los iletrados”), ya no tiene código postal: toca a los colegios de la periferia y a los liceos del centro, a las familias humildes y a las acomodadas. Francia lo descubrió con escándalo. Argentina lo viene viviendo en silencio desde hace décadas. En 1997, Argentina era el segundo país de América Latina en comprensión lectora. Para 2019 había descendido al décimo lugar. Las pruebas PISA 2025 la ubican en el octavo lugar entre los latinoamericanos: el 60% de los estudiantes de secundaria se ubica por debajo del nivel mínimo en lectura. Estos son los que llegaron. Los que siguieron en el sistema. Los que tienen el expediente con notas aprobadas.

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Hay otro número que vale la pena revisitar con ojos nuevos: más de 12 millones de personas mayores de 25 años no terminaron la escuela secundaria en Argentina, según el Censo 2022, una cifra que hoy solo puede haber crecido. Casi la mitad de los varones y más del 40% de las mujeres en ese rango etario. En 1997, Argentina era el segundo país de América Latina en comprensión lectora. Para 2019 había descendido al décimo lugar; las pruebas PISA 2025 la ubican en el octavo lugar entre los latinoamericanos” La lectura habitual apunta a causas conocidas: trabajo, tareas de cuidado, distancia a los centros educativos, falta de propuestas flexibles. Todas esas razones son reales. Pero hay una que casi nunca se menciona, porque es la más incómoda. Según datos de Argentinos por la Educación, el 50% de los jóvenes no logra completar sus estudios secundarios en tiempo y forma. Uno de cada dos. ¿Y si muchos de esos 12 millones no pudieron terminar la secundaria porque el sistema no les enseñó a leer? La causalidad convencional dice: abandonaron la escuela y por eso quedaron en situación de analfabetismo funcional. Esa lectura permite una salida cómoda: el problema está afuera, en la pobreza, en el mercado laboral, en la estructura familiar. La causalidad invertida es más difícil de procesar: son analfabetos funcionales y por eso no pudieron terminar la escuela. El secundario incompleto es el síntoma. La primaria que no enseñó a leer es la enfermedad. El analfabeto funcional no es quien no sabe descifrar palabras. Es quien, sabiendo leer frases sencillas, no puede operar con ellas. Puede leer una consigna pero no entenderla. Puede firmar un contrato pero no comprender lo que está firmando. Puede aprobar con lo justo mientras el sistema lo empuja hacia adelante, y llegar al secundario sin las herramientas para sostenerlo. El Censo 2022 registra solo el 1,9% de analfabetismo absoluto. El país es estadísticamente libre de analfabetismo. Esa cifra es real y es, a la vez, una trampa: mide quiénes no saben leer ni escribir en absoluto, no quiénes leen sin comprender, escriben sin argumentar, o transitan doce años de escolaridad sin desarrollar la capacidad de sostener un razonamiento escrito. El analfabetismo funcional no aparece en el Censo. El sistema certifica trayectorias que en realidad no ocurrieron. El Censo 2022 registra solo el 1,9% de analfabetismo absoluto; mide quiénes no saben leer ni escribir en absoluto, no quiénes leen sin comprender, escriben sin argumentar” Las consecuencias van mucho más allá del mercado laboral. Quien no puede leer un texto de mediana complejidad tampoco puede evaluar un programa de gobierno, interpretar una resolución judicial o detectar la diferencia entre información y propaganda. No puede leer un convenio colectivo antes de firmarlo, ni una ley que lo afecta, ni los términos y condiciones de nada. La crisis de comprensión lectora no es solo un problema pedagógico. Es un problema democrático. El analfabetismo funcional es la grieta; quien no lee con comprensión a los seis años no desarrolla vocabulario, no internaliza estructuras para pensar” Una ciudadanía que no lee no puede ejercer soberanía. Y un sistema que certifica egresados sin garantizar esa competencia no está formando ciudadanos: está produciendo una apariencia de ciudadanía con diploma incluido. En la era de la inteligencia artificial, esa apariencia se vuelve más cara todavía: quien no puede leer no puede evaluar lo que la máquina produce. Los programas de terminalidad secundaria para adultos existen en casi todas las provincias y algunos funcionan. Pero tienen un límite que ningún formato flexible puede sortear: si quien vuelve a intentarlo no consolidó las competencias lectoras en los primeros años, no alcanza con una plataforma virtual o un horario nocturno. Hacen falta propuestas que trabajen esa base, que no den por supuesto lo que el sistema nunca entregó. De Jessey lo dice con precisión para el caso francés: simplemente hemos aprendido a maquillar el problema como “expresión personal” o “creatividad”. El sistema no fracasa. Produce. Produce egresados con certificación y sin competencia. Y produce, más atrás en la cadena, adultos que no pueden terminar porque el sistema tampoco les dio las herramientas para empezar. El problema no es la lectura. O no es solo la lectura. La lectura es donde se ve la grieta. El analfabetismo funcional es la grieta. Quien no lee con comprensión a los seis años no desarrolla vocabulario, no internaliza estructuras para pensar en secuencias largas, no aprende a sostener un argumento. El déficit se ramifica en silencio durante años, hasta que el sistema ya no puede ocultarlo, y entonces lo llama abandono. Francia se escandalizó con un libro. Nosotros tenemos los datos hace años. Lo que nos falta no es información. Es la voluntad y el interés de leer lo que ya está escrito. *Dra. en Ciencias Físicas, Ministra de Ciencia y Tecnología de San Luis y Rectora de la Universidad de La Punta (2015-2023), Pres. Fundación Naos

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