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“Es una comedia que no te deja pensar ni parar”

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El 24 de abril, el Teatro Apolo levanta el telón para recibir Berlín Berlín, la comedia francesa de Patrick Haudecoeur y Gérald Sibleyras que llega a la Argentina precedida por un aval contundente: el Premio Molière 2022 a Mejor Comedia, el máximo reconocimiento del teatro en Francia. Ambientada en el Berlín dividido de la Guerra Fría, la obra despliega un dispositivo escénico de alta precisión donde el vodevil, el humor físico y la lógica del enredo funcionan como engranajes de una maquinaria sin pausa. Bajo la dirección de Corina Fiorillo y con un elenco encabezado por Pablo Rago, Fernanda Metilli, Maxi de la Cruz y Juan Pablo Geretto, esta versión local apuesta a una adaptación que acelera los tiempos, intensifica la fisicalidad y traduce el ADN del teatro europeo a una clave más directa, donde la risa no es un efecto sino una consecuencia inevitable del ritmo. Un mecanismo de precisión: ritmo, vértigo y juego. Hay algo que aparece en todas las voces del elenco: la idea de una maquinaria en movimiento constante. Berlín Berlín no se detiene. “Es un vodevil con un ritmo que no para, que no te deja pensar”, sintetiza Juan Pablo Geretto, quien encontró en el proyecto un impulso inmediato. “Cuando vi el elenco y supe que dirigía Corina, no necesité pensarlo mucho. Esta obra pide jugar”, agrega, marcando una clave central del proceso: la confianza en el equipo como motor creativo. Ese “jugar” no es improvisación sin rumbo, sino una forma de precisión colectiva. Maxi de la Cruz habla de un “grupo hermoso”, construido en el ensayo como espacio de descubrimiento: “Es una mezcla de aprendizaje y de aporte. Vamos conociendo no solo nuestros personajes, sino cómo se entrelazan entre ellos”. En esa dinámica, el humor no es solo texto, sino cuerpo, timing y reacción. La risa aparece primero entre ellos, como prueba de funcionamiento. Fernanda Metilli define el tono con claridad: “Es una comedia de puertas y confusión, con ritmo y vértigo, y personajes muy marcados”. La fórmula remite a la tradición del vodevil, pero aquí se acelera hasta volverse casi coreográfica. Pablo Rago lo confirma desde la práctica: “La obra es muy dinámica, tiene una velocidad increíble. Corre, corre y corre”. En ese desplazamiento constante, el espectador queda atrapado en una sucesión de situaciones que no dan respiro. Pero el ritmo no es solo velocidad: es también una construcción precisa de pausas. De la Cruz señala que la adaptación local trabajó especialmente ese equilibrio, ajustando tiempos para una “sincrasia” más directa, donde el humor aparece en ráfagas y también en suspensiones breves que potencian el efecto. La comedia, así, se vuelve un mecanismo afinado donde cada actor ocupa un lugar exacto.

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Personajes al borde del desastre. Si la estructura es vertiginosa, los personajes son su combustible. Cada uno habita el caos desde una lógica propia, y es en esa fricción donde surge el humor. Geretto define a Hans como “un doble agente que no termina de saber para qué lado juega”, alguien que “está siempre al borde del desastre y sobrevive de milagro”. Esa inestabilidad permanente se traduce en una fisicalidad intensa, donde el cuerpo reacciona antes que la razón. En el centro del conflicto, Emma –el personaje de Metilli– encarna el deseo de fuga. “Es una mujer que quiere vivir en un país libre y decide escaparse al otro lado del Muro”, explica. Extrovertida, segura y seductora, su determinación arrastra al resto hacia una cadena de situaciones cada vez más desbordadas. La comedia, en ese sentido, se construye sobre una tensión política que nunca se vuelve solemne, sino que se transforma en motor de acción. Maxi de la Cruz, como Ludwig, se mueve en otra clave: “Es un personaje ingenuo, medio tontín, que intenta poner paz pero siempre llega tarde”. Su arco crece a medida que los problemas se acumulan, generando una progresión cómica que se apoya en el error constante. “Va corriendo todo el tiempo de atrás”, dice, señalando esa imposibilidad de controlar el caos. Rago, por su parte, interpreta a Werner, el oficial de la policía secreta cuya casa se convierte en el epicentro del enredo. “Empieza a mostrar una cara que al principio no aparece”, adelanta, en una transformación que suma capas al juego de identidades. La obra, así, se puebla de personajes que parecen una cosa y terminan siendo otra, reforzando el mecanismo de sorpresa. En todos los casos, hay una coincidencia: la comedia no se apoya solo en el texto, sino en la interacción. “Nos cuesta hacer una pasada sin reírnos”, reconoce Rago. Esa dificultad es también una señal de potencia: si el elenco se desarma, el público probablemente lo hará aún más. El teatro como refugio y experiencia colectiva. Más allá de la técnica, aparece una dimensión que atraviesa todas las declaraciones: la necesidad del teatro como espacio compartido. “La gente necesita reírse”, dice Metilli, y en esa afirmación se condensa una lectura del presente. Ir al teatro, en este contexto, es aceptar un pacto: creer por unas horas en una ficción que ofrece alivio y conexión. Geretto lo plantea en términos físicos: “La gente necesita mover el diafragma”. La risa, entonces, no es solo intelectual, sino corporal. Berlín Berlín propone esa experiencia directa, casi inmediata, donde el espectador se ve arrastrado por la energía de la escena. De la Cruz suma otra capa: el disfrute interno del proceso como garantía del resultado. “Nos divertimos mucho”, repite, como si esa fuera la clave. La comedia, en su forma más efectiva, se construye desde ese placer compartido que luego se transmite a la platea. En paralelo, la producción aparece como un soporte decisivo. La escenografía –descripta como impactante– y los cambios escénicos acompañan el ritmo, generando un entorno que potencia el juego actoral. No se trata solo de actuaciones, sino de una experiencia integral donde cada elemento suma a la velocidad y al efecto. Rago, finalmente, sintetiza el espíritu del proyecto: un elenco dispuesto a asumir el riesgo físico y el desborde. “Somos unos payasos”, dice, sin ironía, como quien reconoce en esa entrega una forma de precisión. Porque en Berlín Berlín, el caos no es improvisado: es una coreografía del error, un sistema donde cada tropiezo está cuidadosamente construido para hacer reír. En ese cruce entre rigor y juego, la obra encuentra su identidad. Y quizás también su promesa: durante el tiempo que dura la función, no pensar, no frenar, dejarse llevar. Reír, simplemente.

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