Política
Reynaldo Sietecase en la Feria del Libro: “Me di cuenta de que tenía muchas de las cosas que no me gustan de mi padre”

Reynaldo Sietecase lleva más de cuatro décadas escribiendo. Periodista, poeta y narrador -no necesariamente en ese orden cronológico-, construyó una obra que cruza géneros, pero todos responen a una misma obsesión: contar. Y aún así, “Cabrón”, su último libro, editado por Alfaguara, es una “rareza” en medio de su enorme producción.
Sietecase decidió narrar a su propio padre -que se llamaba como él, a través de los objetos que dejó, de los recuerdos familiares que fue reconstruyendo, y de todo aquello que la memoria había borrado. Es sobre su padre, claro, pero es también un libro sobre la herencia y la inmigración, sobre las diferencias, la reconciliación.
Sietecase, uno de los invitados a la Feria Internacional del Libro de Neuquén estará justamente hoy, a las 19, en el Auditorio Marcelo Berbel, junto a Eugenia Zicavo, hablando de este libro tan personal. Periodista a fin de cuentas, si sus planes se cumplen y como esta es su primera visita a la provincia, aprovechará además para ir a conocer Añelo, el corazón de Vaca Muerta.
“Creo que si tengo alguna misión en este mundo es contar”, dice Sietecase. Y lo repite. Él cuenta, siempre, y en muchos formatos. Como periodista, desde que descubrió que se puede vivir de escribir; como conductor de “La inmensa minoría”, donde cada mañana analiza la actualidad desde Radio con vos; como el poeta que publica con paciencia; como el narrador que encontró en la “novela criminal” una forma de mirar y entender la sociedad. Y ahora, como el escritor que se encontró con los restos materiales de una vida familiar, como un arquéologo de su padre. “En mí conviven la bella y la bestia: literatura y periodismo»
-¿Cómo se cruzaron el periodismo y la literatura en tu vida?-Soy escritor desde mucho antes de soñar con ser periodista. La gente no lo sabe tanto eso. Tengo ocho libros de poesía publicados y me tomo mi tiempo para escribirlos. Para todo me tomo mi tiempo: escribo un libro cada cuatro años, más o menos. El periodismo apareció mucho después. Antes, trabajé en una imprenta, en un banco, pero siempre hice literatura, estuve en grupos literarios en Rosario. Después descubrí que el periodismo podía permitirme vivir de escribir.Lo supo en 1989, cuando ganó una beca en el diario Clarín. “Dije: chau, soy periodista. En ese momento descubrí que una persona podía escribir una nota y volver a su casa”.
La escena pertenece a un periodismo que ya no existe. Sietecase atravesó la transformación de las redacciones, la precarización del oficio, el desembarco de las nuevas tecnologías y la expansión de las redes. Después de aquella beca volvió a Rosario, trabajó en radio y en Rosario/12, hizo televisión y, en 1998, se mudó a Buenos Aires convocado por Jorge Lanata para participar de la revista Veintiuno.
“Yo tenía muy mitificado Página/12, como lector, no solamente como periodista. Entonces meoregunté ¿me voy a perder un medio gráfico con Lanata, con Zloto (Marcelo Zlotowiazda, el periodista que falleció hace? Me dije que me tenía que ir. Dejé mis tres trabajos en Rosario para ir a Buenos Aires”. La mudanza tuvo otra consecuencia. Al quedar solo, lejos de su familia, encontró tiempo para terminar una novela, alentado por Tomás Eloy Martínez. Esa novela fue “Un crimen argentino”, publicada en 2002, que abrió una segunda etapa de su obra.
-En tus novelas aparece mucho el policial, aunque preferís llamarlo novela criminal.-Sí. Porque los policías están en las novelas, pero en las novelas norteamericanas y europeas muchas veces son los que resuelven los crímenes. En Sudamérica, en general, los policías son parte del problema. No son quienes resuelven los crímenes, sino muchas veces quienes contribuyen a la impunidad. Por eso me gusta más llamarles novelas criminales.
Sietecase suele explicar esa diferencia como una cuestión de mirada: mientras buena parte del policial clásico trabaja sobre quién cometió un crimen y quién lo resuelve, la novela criminal latinoamericana pregunta qué pasó y, muchas veces, por qué aquello que pasó no se resuelve. “Suelo decir que si querés conocer una ciudad, tenés que leer un policial escrito en esa ciudad, porque te cuenta cómo es la policía, cómo son las relaciones de poder, cómo son las clases sociales, cómo es el poder judicial.”
Ese recorrido por el género llega hasta “La Rey”, su novela anterior, donde, dice, los personajes no pueden dividirse cómodamente entre buenos y malos. “Es más compleja la construcción porque es más compleja la realidad de este continente. La novela negra es una especie de reflejo de la realidad”.
Además de “Un crimen argentino” y “La Rey” (finalista del prestigioso Premio Dashiell Hammett de la Semana Negra de Gijón 2026), Sietecase es autor de las novelas “A cuántos hay que matar” y “No pidas nada”, que se inscriben en el género del policial y la novela negra; del libro de relatos “Pendejos”; de la investigación periodística “Kamikazes”; del ensayo fotográfico “Desnudos de vidriera”, y de ocho libros de poemas, muchos de los cuales fueron reunidos en las antologías “Nadie es de nadie” y “Lengua sucia”. Pero “Cabrón” rompe con esa tradición. Es, tal como se los llama, autoficción.
-¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?-Hice una maestría en Escritura Creativa hace dos años porque hacía tiempo que trataba de darle más espacio a la literatura en esa pelea interna que tengo entre periodismo y literatura. Como el periodismo es la base de mi sustento, la literatura quedaba un poco perdida. Ahora puedo acotar un poco el periodismo y darle más lugar a la literatura.
La maestría que dirige María Negroni en la UNTREF le propuso una tesis creativa. Sietecase pensaba escribir un policial. Hasta que un ejercicio cambió el rumbo. “Escribí sobre mi padre, sobre la guitarra de mi padre. Me acuerdo de la escena, la escribí y me quedé conforme. Pero me di cuenta de que no me acordaba de la voz de mi padre”.
El descubrimiento lo golpeó mientras viajaba en subte. Su padre había muerto en 2004 y se dio cuenta de que ya no podía recordar su voz. Entonces, se acordó que tenía viejos casetes de su trabajo en televisión y decidió digitalizarlos. Encontró allí una grabación en la que su padre compraba una cámara.
“Le escuché la voz. Y mientras el vendedor le mostraba la cámara, aparecían sus anteojos, que los tengo yo, la pulsera, el anillo de oro. Empecé a darme cuenta de que todos esos objetos los tenía. Empecé a buscarlos, para mirarlos. De pronto sentí como si esos objetos empezaran a hablar, como si tuvieran cosas para decir y yo tuviera cosas para decir sobre ellos”.La tesis terminó llamándose “Arqueología de mi padre”. Después siguió escribiendo. Su editora, Magalí Etchebarne, leyó el material y le dijo que allí había un libro.
-¿Qué te impulsó a seguir hurgando?-Entré en un proceso muy profundo. Por suerte estaba en análisis, que me ayudó mucho, porque escribir sobre los padres es escribir sobre uno mismo. Es escribir sobre la propia paternidad. Se mueven muchas cosas.
Entre esas cosas apareció una herencia incómoda.“Siempre pensé que tenía las cosas buenas de mi padre. Y me di cuenta, más claramente con el libro, de que tengo muchas de las cosas que no me gustan de mi padre. Y bueno, ¿qué hacés con eso? Me hizo revisar muchas cosas. Me dieron ganas de pedirle perdón a mucha gente”.
También lo llevó a pensar en sus propios hijos. “Soy riguroso, hincha, controlador. Un montón de cosas que no tenía tan claras”.La investigación sobre el padre terminó convirtiéndose también en una investigación sobre una familia y, de algún modo, sobre una generación argentina.
-El libro empieza con los objetos, pero después aparecen las personas que tu padre dejó. ¿Qué encontraste al reconstruir esa red familiar?-Pensé que tenían que estar las personas que dejó. Eso me permitió hablar de su mujer. Mi madre murió cuando yo tenía 17 años, y mi padre se volvió a casar. Yo nunca había hablado en profundidad con ella. De hecho, ella fue la que le puso “Cabrón” al libro.También están su hermana, su abuela y una tía que aparece como uno de los personajes más entrañables del libro. Pero hay otra presencia fundamental: el padre de su padre.
Sietecase viajó con su padre a Sicilia buscando, en principio, una suerte reconciliación a destiempo entre su padre y aquel hombre que lo había abandonado de pequeño. Pensaba, Sietecase hijo, que conocer las raíces podía cambiarle la mirada. Pero no sucedió.
“Él no se reconcilió con su padre. Siguió teniendo la misma mirada. Pero el que se reconcilió con el padre fui yo. Para mí, ese viaje fue muy importante. Compartimos un viaje, incluso una noche compartimos la cama en una pensión en Italia. Fue un viaje muy de secos, como decía él”.
El nombre es otra de las herencias que “Cabrón” pone bajo la lupa. Reynaldo Sietecase no solo comparte apellido con su padre: comparte exactamente su nombre. Durante años esa coincidencia produjo confusiones, pero también funcionó como una marca de filiación de la que tuvo que diferenciarse.
-El libro vuelve sobre ese nombre, sobre esa identidad compartida.-Sí. Sobre todo cuando empecé con la poesía. Tengo una trilogía de libros de poemas eróticos y era divertido que alguien preguntara si eso lo había escrito él. Después, cuando empecé con el periodismo, mi padre no coincidía mucho con mi pensamiento. Pero creo que fue una pequeña venganza mí por haberme puesto su mismo nombre.
Su padre había querido que estudiara Ciencias Económicas. Sietecase cursó y aprobó unas 60 materias, pero nunca ejerció. “Él quería que yo pudiera vivir. Le preocupaba que yo no pudiera vivir de escribir. Él había sufrido mucho, la había paso realmente mal. Entonces quería que trabajara en un banco, en una empresa. Y me veía desde los 16 o 17 años escribiendo en revistas literarias. Imaginate”.
Con el tiempo, sin embargo, hubo algo parecido al orgullo.“Creo que hizo una proeza: venir de una familia de tanto desamor y haber podido construir una familia. Y tuve la suerte de reencontrarme con él. Me di cuenta de que no lo iba a cambiar, que él no me iba a cambiar a mí y que podíamos compartir un espacio común de debate y discusión”.